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Textos antiprohibicionistas

Tiempos tormentosos

Foto de Mariano Antolín Rato

Novelista y traductor

Mariano Antolín Rato
Mariano Antolín Rato

Circulaba la historia, o leyenda, de que uno de los fundadores de Sillicon Valley fue un tipo que, viajando en ácido, vio las cosas muy claras y decidió crear la empresa más creativa, de mayor éxito y con beneficios récord del mundo. Su nombre era Myron Stolaroff, se dedicaba a la informática y contribuyó a que esa zona del norte de California conocida como Valle del Silicio esté ocupada hoy por potentados que se dedican a fabricar chips de computadora de última generación. Sin embargo, la combinación de excesiva riqueza, desmesurada ambición y un sentido de la invulnerabilidad propio de los jóvenes ha hecho que quienes lo habitan durante las horas de trabajo consuman peligrosas drogas. Son las víctimas del éxito de las empresas puntocom de las que tanto se habla últimamente. Al menos en Estados Unidos.

Según un periódico teóricamente no demasiado conservador, como el Herald Tribune, al que pertenecen algunas de las frases grandilocuentes de más arriba, se ha producido otra oleada en el consumo de droga. La compara con la de Haight-Ashbury —los hippies— de la década de los sesenta; la de Wall Street —los yuppies— de la de los ochenta. Y ahora el nuevo centro representativo del consumo de drogas tiene su sede en los centros de alta tecnología del norte de California —donde curran los bobos—. Hay mucho dinero en juego, muchas horas de trabajo, mucha presión. Anfetas para trabajar, coca para divertirse, y heroína fumada para tranquilizarse, escribe más o menos un intrépido reportero del periódico Los Ángeles Times.

A continuación, el sujeto va y nos larga lo siguiente: “El vodka fluía sin freno en el piso 15 del edificio. Sonaba música hip hop. Dos mujeres que colaboran en la revolución digital se meten furtivamente en el cuarto de baño. Una de ellas se arregla la pintura de los labios mientras que la otra saca un tubito de su bolso. Vacía una pequeña cantidad de polvo blanco en el dorso de la mano y lo inhala rápidamente. Le pasa el tubito a la otra chica. Entran más mujeres en el cuarto de baño. Ninguna pregunta a la pareja lo que está haciendo. A nadie le parece importar”.

“Todo el mundo tiene coca —declaró un ejecutivo de una empresa puntocom—. Es igual que pedir un Martini. Carece de importancia”. Luego, el periodista añade testimonios de la psicóloga clínica de un centro de rehabilitación sobre el hecho de que el 40 % de sus pacientes pertenecen al mundo de la tecnología. Datos de que la policía de San Mateo, entre 1995-2000, ha confiscado un 678 % más de anfetas. Y pone de titular: “El boom de la adicción de los tecnólogos”. Bueno, pues, ¿no podría sustituirse cocaína y anfeta por marihuana y hachís, y colar el artículo tal como si pasara hace treinta años o más? Claro que sí. El discurso de la Prohibición parece que ha fabricado una plantilla en la que los periodistas sólo tienen que cambiar el nombre de la droga de moda, la que según ellos crea una nueva generación de drogadictos. Y todo con pretensiones de objetividad e inclusión de datos supuestamente científicos que lo confirman.

Luego, ya sólo se necesitan corresponsales en la capital del Imperio que difundan la noticia. Los periódicos independientes, y los que no llevan eso de subtítulo y, a lo mejor, son de tarde, la reproducen. Apoyan la información artículos de expertos —españoles en este caso— que hacen consideraciones sobre las consecuencias sociales, psicológicas y con respecto a la seguridad ciudadana que tiene la nueva drogadicción. Tampoco suele faltar un especialista en música, literatura, arte, consumo y diversiones varias, que corrobore la influencia de la droga en artes, letras y ropas; usos y costumbres.

Resultado: jueces que ganaron las oposiciones gracias a las anfetas condenan y encarcelan a los pobres tipos de la calle que se drogan y representan un grave peligro público. Y lo tiempos siguen tormentosos, como en aquella famosa canción de jazz: “Stormy Weather”.

Mariano Antolín Rato, en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 44, , p. 40.