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Textos antiprohibicionistas

El mal

Foto de Mariano Antolín Rato

Novelista y traductor

Mariano Antolín Rato
Mariano Antolín Rato

Es mejor tomárselo a risa, en serio; y además, qué remedio queda, ¿no? Es lo que hay y será mejor que te guste —ya nos lo decían de pequeñitos—, así que… Aunque, ¿gustar, lo que se dice gustar? Pues no.

La verdad es que siguen peor que nunca. Los que cobran por perseguir el llamado mundo de la droga —a ti y a mí, sin ir más lejos— se empeñan en que todo el que tenga dos dedos de frente los considere una forma más del mal hecho ser humano. Nadie se puede creer ya a estas alturas de la historia de la Prohibición que actúan por ignorancia, porque no saben bien de qué van las cosas, porque son unos mandados.

Las informaciones, la larga experiencia aseguran lo contrario a lo que dicen y que motiva sus desmanes. Quien hace que no se entera, demuestra que es incapaz de imaginar que existe otra realidad aparte de la creada por sus propios esfuerzos para ascender o mantenerse en el puesto que ocupa. Y, además, ignora conscientemente que los delirantes argumentos que le sirven de apoyo sólo son fruto del conservadurismo ambiente y de supuestos argumentos científicos que todo el mundo reconoce como falsos.

Claro que siempre cuesta creerse que alguien sea tan malo como uno piensa, pero los hechos demuestran que actúan de mala fe, no por desconocimiento. La realidad no tiene nada que ver con cómo nos la presentan los responsables de planes de —más bien, contra— la droga. Incluyen el cannabis entre los estupefacientes peligrosos, cuando está demostrado que no es adictivo y que las famosas grandes redes del narcotráfico surgen precisamente de la Prohibición.

Esas grandes redes tienen sus víctimas. Y los jueces, dando por una vez muestras de cordura, al parecer van a rebajar las penas a los traficantes de poca monta —sobre todo de cocaína—, unos meros peones del juego de millones que mueven gobiernos y bancos —que en la práctica son lo mismo—. También hay una propuesta de que se facilite caballo a los yonquis para que no se sientan tan mal, cuando eso es lo que sensatamente se hacía antes de que las industrias farmacéuticas, en este caso llamadas Organización Mundial de la Salud (OMS), decidieran que se ganaba más con sucedáneos tipo metadona.

Sin embargo, la locura sigue desatada con respecto al hachís, a la marihuana. Ninguno de los que ordenan y mandan afirma tenerlo claro —por ejemplo, su uso médico—, pero de momento a perseguirla. Llegan a añorarse, como le ocurría al personaje que interpretaba Burroughs en Drugstore Cowboy, que echaba de menos la época en que los médicos recetaban opio como si tal cosa, aquellos lejanos tiempos en que el Desfile de la Victoria franquista traía a los legionarios a Madrid. Entonces, enfrente de donde estaban acuartelados, se reunían unos cuantos chavales balas perdidas, perdularios —términos de los padres de aquellos malditos años— para comprar el contenido del trombón de su banda de música que traían lleno de grifa. Y los legías trapicheaban como si nada.

Naturalmente que se trataba de unos tiempos siniestros, pero todavía no se había desatado la cruzada que seguimos padeciendo. La policía pasaba por alto ese tipo de cosas porque pertenecían a tipos lumpen, arrastrados, del escalafón más inferior, a los que podían fastidiar por otros motivos. Desde que los hijos de los policías y los hijos de los que pagaban a los policías empezaron a darle al canuto, la situación cambió. El enemigo estaba en casa, el problema afectaba a los mismos fundamentos de la sociedad.

Y lo que hacía el enemigo era distinguir que el coloque de una hierba resultaba mucho más aireado y luminoso que el de un hachís, que llevaba a espacios aterciopelados, íntimos, discontinuos. O comprobar que el cannabis, consumido adecuadamente, supone un paso previo para avanzar en el camino del saber —como escribía recientemente un maestro zen—. Admitir eso, haría peligrar los puestos de trabajo de quienes, apoyándose en una mentira, deciden erigirse como el mal.

Mariano Antolín Rato, en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 42, , p. 30.