—Te invito a comer, Oisinoid, donde tú digas y cuanto tú quieras. No voy a reparar en gastos.
—Me dejas de piedra, oh tacañísimo Kalíkatres. ¿A qué viene tanta y tan insólita generosidad? Estás radiante.
—Pues sí, angelito. Efectivamente, lo estoy. Tu intuición astral no te engaña.
—Dime entonces, sin perder una décima de segundo, a qué se debe ese derroche de optimismo en tiempos tan sórdidos y oscuros como los que nos rodean.
—Dicho y hecho. Escucha el parte, Oisinoid. Ayer leí en un periódico italiano la noticia más importante de las tres últimas décadas. El titular, literalmente, decía: “La derecha se rinde. Sí a la legalización de las drogas”. Y luego, en el fuste de la información se explicaba que la revista estadounidense National Review, órgano del ala ultraliberal del partido republicano, acaba de publicar un artículo en el que, por fin, se pide la inmediata legalización de todas las sustancias psicoactivas (llamémoslas así. El subrayado es mío) para, de este modo, atajar decisiva y definitivamente los brutales índices de criminalidad que nos tienen acorralados y acogotados. Parece ser, y ojalá no se echen atrás en el último momento, que esa revolucionaria y valentísima propuesta formará parte, si el ceporro de Bob Dole no lo impide, del programa electoral del partido republicano. Felicitémonos, Oisinoid. La paz está a punto de estallar.
—¿La paz dices, oh guerrerísimo Kalíkatres? ¿He oído bien? ¿Estás hablando en serio o se trata de una de tus habituales exageraciones?
—No se juega con las cosas del vivir y del sobrevivir, angelito. Pocas veces en mi larga y asendereada existencia he hablado con tanta seriedad, propiedad y contención. Me decepcionas, querube. Creía que los habitantes del macrocosmos estabais mejor informados. ¿No sabes que en el contencioso del narcotráfico han muerto ya más personas que en la última guerra mundial?
—¡Presumido! ¡Faltón! Tú si que me decepcionas. ¡Dudar de tu ángel de la guarda! Mi jefe te va a poner los testículos en remojo. No sólo conozco perfectamente el dato que manejas, sino que también estoy al tanto de que los narcotraficantes constituyen nada menos que la séptima potencia del mundo en lo que a la economía se refiere. Puedo asegurarte que el Altísimo está francamente preocupado por el problema y que es, en lo tocante al uso o inclusive abuso de las drogas, tan antiprohibicionista como tú, como Antonio Escohotado, como Marco Pannella, como Milton Friedman, como The Economist, como Gabriel García Márquez y como todos los individuos sensatos que aún quedan en el mundo.
—Muy bien, Oisinoid. La verdad, que algún día nos hará libres, habla elocuentemente por tu boca. Y, a ese respecto, te comunico (de ahí mi euforia) que he coincidido en la COPE con Alberto Ruiz-Gallardón, abanderado hasta hace poco de la postura prohibicionista a rajatabla, y he tenido la sorpresa de comprobar que también él, como los republicanos de Yanquilandia, ha cambiado o está a punto de cambiar de opinión.
—¡No me digas!
—Sí te digo. Lo han escuchado de sus propios labios estas orejitas que algún día devorará la tierra. El bueno de Alberto, con eso, no hace sino demostrar lo que ya sabíamos casi todos: que es uno de los políticos más abiertos, más liberales, más flexibles y más inteligentes de este país asilvestrado. La sociedad se mueve, Oisinoid, y pronto serán legión quienes apoyen desde las alturas lo mismo que desde la noche de los tiempos, y desde las bajuras, venimos proponiendo los partidarios de la urgente legalización de los mal llamados estupefacientes. Que vuelva de una vez por todas al territorio del libre albedrío lo que nunca debió salir de tan personalísimo, y privadísimo, ámbito. ¿Comprendes ahora, angelote, el por qué de mi alegría, de mi optimismo y de la invitación a comer que tan dicharacheramente te he formulado?
—Lo comprendo y humildemente me trago mi insolencia. Eres el más grande.
—Después de tu jefe, Oisinoid.
—¿Y qué crees, oh lucidísimo Kalíkatres, que va a pasar ahora?
—Confiemos en que los políticos, los politicastros y los politilocuelos de la Unión Europea sean consecuentes. Muchos de ellos, tanto desde la derecha como desde la izquierda, han declarado en público que las drogas podrían y deberían legalizarse siempre y cuando se tratase de una decisión global, adoptada unánime y simultáneamente por todos los países con presencia y peso en el tan cacareado nuevo orden mundial. Pues bien: esa condición, si los republicanos mantienen su palabra y derrotan al besugo Clinton en las cercanas elecciones presidenciales de Estados Unidos, es ya un hecho. A ver qué nos dicen ahora los señores diputados. Quedemos a la escucha, Oisinoid, y toquemos madera, mucha madera. Yo ya no me fío de nadie.
—¿Dónde va a ser el festín?
—Te propongo que nos vayamos a Amsterdam. Los holandeses, adelantándose al resto del mundo, han legalizado las drogas. Y no ha sucedido nada malo.
—Creo que en los restaurantes dan unos postres de hachís que están para chuparse los dedos.
—¡Que el aeropuerto de Barajas sea con nosotros, Oisinoid!
—¡En marcha, patrón! Y los dos hacen mutis por el foro con un canuto entre los labios.