La más perniciosa estupidez del siglo XX —la prohibición por ley del consumo de drogas— está arrasando a la juventud de medio mundo, poniendo en peligro los derechos humanos, destrozando países enteros de América y corrompiendo un Estado detrás de otro. Y, todo, ¿por qué? Porque una enfermiza mentalidad puritana en Estados Unidos —los hijos de los quebrantabotellas— nos tiene a todos presa de la magmática bobería de que el Estado debe salvar al ciudadano por la fuerza de sus vicios.
Una planetaria campaña de agit-prop, basada en medias verdades, ciencia-ficción, embustes descarados y miedo a paletadas, ha hecho verdad sobre la Tierra la idiotez de que tomar droga una vez conduce inevitablemente a la muerte. Basados en esa premisa falsa, millones de ciudadanos desavisados del mundo tiemblan de terror ante la sola idea de que sus hijos o sus seres queridos tropiecen con una planta de marihuana o una hoja de coca. Y de ahí a la Policía deteniendo fumetas sólo hay un paso. El paso de la locura.
Hay gente informada que piensa que si no se hubiera prohibido la droga, aquí no tomarían droga más que los cuatro médicos y bohemios de siempre, los viejos jubilados de Marruecos o las tropas coloniales cada vez más escasas. El fenómeno de masas, la corrupción universal, las cárceles atestadas y los muertos a millones son resultado de la prohibición, no de la droga. Prohibir la droga abrió las puertas del infierno.
Ahora, 40 años después de iniciarse la locura, son muchas ya las voces que piden a gritos un cambio radical en la política antidroga. Y, aunque menos, también van apareciendo ya voces y ciudades que ponen en marcha políticas de abolición de la prohibición. En Italia, por ejemplo, aprobada en referéndum reciente la moderada «fórmula española» de despenalizar el consumo, aunque no el tráfico, el número de muertos por droga disminuyó de inmediato. Es un primer paso.
También la nueva Administración norteamericana parece dispuesta a plantearse la posibilidad de desmantelar la cruzada antidroga y el enorme aparato policial, probablemente corrompido, encargado de su puesta en práctica. Se diría así que poco a poco, con un retraso de millones de muertos, la humanidad empieza a recuperar la cordura.
Cuando ve usted en una calleja a un joven vuelto piltrafa, hampón y desgracia, ensimismado en su droga adulterada, camino de una muerte casi inevitable y de unos delitos tras otros antes de acabar la historia, uno siente la tentación de ayudarlo de la única manera posible: proporcionarle droga en buen estado y al bajísimo precio real que cuesta. Sólo la prohibición sube el precio hasta las nubes, facilita la adulteración y convierte a un pobre joven en potencial asesino y casi seguro cadáver.