El blanco es la suma de los siete colores del arco iris y el negro es su total ausencia; ni aquél es la pureza, aunque sí su insignia, ni este otro es la muerte o el pecado —y quizá ambas cosas al tiempo—, aunque sí su bandera. Entre el blanco que procede por acumulación y el negro que se nutre de ausencias metafísicas, vibra el tímido gris, que científicamente es algo muy parecido al espectro pasado por agua o al rayo de sol vestido de alivio de luto y que —por suerte para él— no es emblema de nada ni signo que represente actitud alguna.
Con ánimo paralelo pudiera decirse que entre la legalidad y el delito habita, como una sombra que se bandease desde el gris perla hasta el gris marengo, el limbo de la tolerancia, de aquello que, sin ley que lo respalde, pero también sin código penal que lo castigue y le ponga las peras a cuarto, toma carta de naturaleza en la costumbre sin que la afición (lo que en Europa se llama la opinión pública o el electorado) se rasgue las vestiduras ni se quede en los cueros vivos de la ira o del estupor. Repárese en que el llamar «casas de tolerancia» a determinadas expendedurías hoy desterradas por la ley, no es producto de la casualidad —incidencia que la formación del lenguaje no admite—, sino del instinto del pueblo para designar, con exactitud pasmosa, las más recónditas circunstancias de lo que quiere nombrar sin alarma de nadie, pero con muy precisos rigores para todos.
A mí me parece que a la marijuana debería despojársele de su leyenda de flor del mal, porque no tiene cuerpo para chaleco; si se prohibiese la zarzaparrilla, también aumentaría el número de sus partidarios. A lo mejor, dentro de algún tiempo la marijuana acaba vendiéndose en los estancos, con lo que tirios y troyanos apuntillaríamos no pocas de las preocupaciones administrativas, que no morales, que hoy nos atenazan. Y quede claro y conste para aviso de maliciosos lo que ni merecería la pena aclarar, esto es, que yo no fumo marijuana, sino labores de la Tabacalera, que son muy saludables: celtas para aclarar la voz y ducados para quedar galantemente con las señoras y señoritas con las que trato y que, por lo común, de niñas fueron monjas, que las otras —según los sociólogos y quizá por no estar tan bien educaditas— propenden a la fidelidad, exigen trato recíproco y organizan números de celos, lo que resulta muy latoso y comprometido, muy doméstico y contra natura. Confieso, sin el menor propósito de enmienda, porque no creo que la cosa sea para tanto, que en Marruecos fumé kif dos o tres veces y que lo dejé porque olía muy mal.
Del cáñamo indiano, la cannabis indica de los naturalistas, salen la marijuana, el kif, el hachís, la chara, la yamba, la ganja, el chang y quizá algún otro euforizante; los enumerados no son exactamente lo mismo, aunque sí estén hechos de la misma sustancia y, en el fondo, no se diferencien sino en el nombre —que varía según sus cunas geográficas— y en los métodos de obtención y sus efectos más o menos veloces, intensos o brillantes.
Según los sabios, la marijuana, que es la forma de «yerba» —como dicen quienes la fuman— más en boga entre los hijos de familia de los países occidentales, tiene muy escasa toxicidad y no produce suerte alguna de adicción fisiológica, aunque sí, quizá, una ligera adicción psicológica. Pienso que a su consumo contribuyen no poco los legisladores con sus torpes prohibiciones y sus gratuitas idealizaciones.
Yo creo que si el mozo que fuma marijuana no se siente maldito y perseguido, esto es, si se percata de que no representa el papel de héroe y paladín del pecado, se aburre y deja de fumarla cualquier tarde y como sin darse cuenta. Y si no la deja, ¡de tal día en un año!, que tampoco por eso se va a morir.
El argumento de que la marijuana es la antesala de las drogas duras —la cocaína, la morfina, el LSD, la heroína, etcétera— no es muy sólido, ya que las dos primeras drogas en las que cae y con las que quizá pueda iniciarse al novicio en su carrera viciosa, son el tabaco y el vino, que sí causan adicción y se venden con entera libertad. De otra parte, también son drogas duras las anfetaminas y los barbitúricos, que pese a todas las vigilancias, no son nada difíciles de conseguir.
Las leyes a la contra, quiero decir, las leyes «anti» y negadoras de ciertas libertades, no han resultado jamás demasiado eficaces y, a la corta o a la larga, fueron abandonándose por los mismos países que las promulgaron, ya que, con harta frecuencia, era peor el remedio que la enfermedad. Prohibir el pecado por decreto es muy ingenuo subterfugio, ¡y ojalá pudiera decirse lo contrario! En España, país donde el consumo de bebidas alcohólicas es libre, no hay más borrachos que en los países donde comprar una botella es un arco de iglesia. De otra parte, nótese que la veda de la prostitución no produjo su destierro, sino la presencia de un mal peor: la prostitución clandestina, con su dolorosa secuela de la falta de control policíaco y del recrudecimiento de las enfermedades venéreas.
No; prohibir por prohibir es más cómodo que eficaz y también más arbitrario que inteligente. Al legislador habría que pedirle que no idealizase las circunstancias de por sí vulgares y que no prohibiera sino lo prohibible. Y prohibible, bien mirado, no hay muchas más presunciones que las que atentan contra el derecho natural. El derecho administrativo debe tender al adecuado ordenamiento del procomún, pero jamás ha de llegar a convertirse en un corsé robustecedor de lo torcido y que hubiera podido enmendarse con una oportuna gimnasia intelectual y moral.
Hay jóvenes que fuman marijuana, es cierto, pero hay muchos más —y muchos más que antes— que no fuman ni tabaco. Sería curioso y quizá útil hacer la prueba de desnudar a la marijuana de su leyenda. Las energías y los cuartos que se gastan en la persecución de su consumo podrían dedicarse a colocar filtros en las chimeneas de las fábricas y en los tubos de escape de los automóviles; hay humos que nos intoxican sin pedirnos permiso, lo cual es más triste de lo necesario y más cruel de lo que fuera desear.