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Textos antiprohibicionistas

La erradicación del opio

Foto de Antonin Artaud

Poeta, ensayista, dramaturgo, actor y escenógrafo

CRÓNICAS. Seguridad General.

Antonin Artaud
Antonin Artaud

Tengo la intención nada disimulada de zanjar esta cuestión a fin de que se nos deje en paz de una puñetera vez por todas con los llamados peligros de la droga.

Mi punto de vista es claramente antisocial.

Sólo existe una razón para atacar al opio. No es otra que la del peligro que su uso pueda causar al conjunto de la sociedad.

Pero este peligro es falso.

Hemos nacido corruptos en cuerpo y alma, estamos congénitamente inadaptados; suprimid el opio, pero no suprimiréis la necesidad del crimen, los cánceres del cuerpo y el alma, la tendencia a la desesperación, el cretinismo naciente, la viruela hereditaria, la friabilidad de los instintos.

No impediréis que existan almas destinadas al veneno, ya sea el veneno de la morfina, el veneno de la lectura, el veneno del aislamiento, el veneno del onanismo, el veneno de los coitos repetidos, el veneno de la debilidad arraigada en el alma, el veneno del alcohol, el veneno del tabaco, el veneno de la anti-sociabilidad. Hay almas incurables y perdidas para el resto de la sociedad.

Quitadles un modo de locura, e inventarán otros diez mil. Crearán medios mucho más sutiles, más furiosos, medios absolutamente desesperados. La naturaleza misma es antisocial en esencia, no es más que una impostura de poderes a través de la cual el cuerpo social organizado reacciona para hacer frente a la inclinación natural de la humanidad.

Dejemos perderse a los perdidos, tenemos cosas mejores en las que ocupar el tiempo que en intentar una regeneración imposible y por añadidura inútil, odiosa y dañina.

En tanto que no vayamos a ser capaces de eliminar ninguna de las causas de la desesperación humana, tampoco tendremos derecho a eliminar los medios con los que el hombre trata de desembarazarse de esa desesperación.

Porque primero habría que llegar a suprimir este impulso natural y oculto, esta inclinación acuciante del hombre que trata de hallar un medio, que le procura la idea de buscar un medio para escapar de sus males.

Además, los perdidos están perdidos por naturaleza y ninguna idea de regeneración moral tiene nada que hacer, existe un determinismo innato, existe una incurabilidad indiscutible del suicidio, del crimen, de la idiocia, de la locura, existe una promiscuidad invencible en el hombre, existe una friabilidad del carácter, una castración del espíritu.

La afasia existe, el tabes dorsal existe1, así como la meningitis sifilítica, el robo, la usurpación. El infierno está ya en este mundo y pertenece a los hombres que se han evadido, criaturas desgraciadas del averno, evadidos destinados a recomenzar eternamente su evasión. Y basta, por ahora.

El hombre es miserable, el alma es débil, existen hombres que siempre se perderán. Poco importan los medios utilizados para esa pérdida: nada tiene ello que ver con la sociedad.

Hemos demostrado de sobra, por cierto, que ésta nada puede, pierde el tiempo, así que es mejor que deje de obstinarse en empecinarse en tal estupidez.

Que además es odiosa.

Aquellos que osan contemplar la verdad cara a cara saben, por supuesto, cuáles fueron los resultados de la supresión del alcohol en los Estados Unidos:

Una superproducción de locura: cerveza en el reino del éter, alcohol cargado de cocaína vendido clandestinamente, una borrachera multiplicada, una especie de cogorza general. En suma, la ley del fruto prohibido.

Lo mismo sucede con el opio.

La prohibición que multiplica la curiosidad por la droga no ha servido hasta el momento más que a los próceres de la medicina, el periodismo, la literatura.

Existen gentes que han construido excrementicias e industriosas chácharas sobre su pretendida indignación contra la inofensiva e ínfima secta de los damnificados de la droga (inofensiva porque es ínfima y porque siempre es una excepción), esta minoría de damnificados del espíritu, del alma, de la enfermedad.

¡Ah, cuán bien atado tienen el cordón umbilical de la moral! No han pecado desde que les parió su madre, ¿verdad? Ellos son los apóstoles, los descendientes de los pastores, podemos tan sólo preguntarnos hacia dónde instigan con toda su indignación y sobre todo cuánto han manipulado para ello y, en todo caso, que es lo que esto les ha reportado.

Aunque, por otra parte, esta no es la cuestión.

En realidad, este furor contra los tóxicos y las leyes estúpidas que de él derivan:

  1. Es inoperante contra la necesidad del tóxico, la cual, asumida o no, es consustancial al alma, pudiendo inducirla a gestas resueltamente antisociales, incluso si el tóxico no existiera.

  2. Exalta la necesidad social del tóxico, convirtiéndola en vicio secreto.

  3. Oculta la verdadera enfermedad, pues he aquí la verdadera cuestión, el meollo vital, el punto peligroso:

Desgraciadamente para la medicina, la enfermedad existe.

Todas las leyes, restricciones y campañas contra los estupefacientes nunca conducirán más que a despojar a todos los desposeídos, víctimas del dolor humano, que tienen imprescriptibles derechos sobre el estado social, del disolvente de sus males, un alimento más maravilloso para ellos que el pan, así como del medio, en definitiva, de recolocarse en la vida.

Mejor la peste que la morfina, aúlla la medicina oficial, mejor el infierno que la vida. No hay más que imbéciles del tipo de J. P. Liausu (quien, por supuesto, es un feto ignorante) pretendiendo que hay que dejar a los enfermos macerarse en su enfermedad.

Suicidaos, desesperados, y vosotros, torturados del cuerpo y del alma, perded toda esperanza. No hay ya para vosotros solaz alguno en este mundo.

El mundo se mantiene por vuestros osarios.

Y vosotros, locos lúcidos, tabéticos, cancerosos, meningíticos crónicos, sois incomprendidos.

Hay un aspecto en vosotros que ningún médico comprenderá jamás, y es este, para mí, el que os salva y os vuelve egregios, puros, maravillosos; estáis fuera de la vida, estáis por encima de la vida, padecéis males que el hombre ordinario no conoce, sobrepasáis el nivel normal y por eso los hombres os muestran animosidad, pues envenenáis su quietud, disolvéis su estabilidad.

Padecéis irreprimibles dolores cuya esencia se basa en ser inadaptable a ningún estado conocido, inefable. Sufrís dolores repetidos y fugitivos, dolores insolubles, dolores que sobrepasan el pensamiento, dolores que no están ni en el cuerpo ni en el alma, pero que pertenecen a ambos. Y yo, que participo de vuestro males, os pregunto: ¿Quién podría atreverse a dosificar nuestro calmante? ¿Qué alma como la nuestra, en nombre de qué clarividencia superior a la de los que compartimos la misma raíz del conocimiento y la claridad? Y encima a instancias nuestras, gracias a nuestra perseverancia en el sufrimiento. Nosotros, a quienes el dolor nos ha hecho viajar a través del alma en busca de un lugar de calma en el que agazaparnos buscando estabilidad en el mal, tal como otros lo hacen en el bien.

No somos locos, sino médicos maravillosos conocedores de la dosis del alma, de la sensibilidad, el tuétano del pensamiento. Tienen que dejarnos en paz, tienen que dejar en paz a los enfermos, no pedimos nada a los hombres, no les pedimos más que ese alivio a nuestros males. Hemos evaluado bien nuestra vida, sabemos que ésta comporta restricciones frente a otras y sobre todo frente a nosotros mismos. Sabemos a qué clase de consentida deformación, a qué renuncia de nosotros mismos, a qué tipo de sutiles parálisis nos obliga nuestro mal todos los días. No vamos a suicidarnos enseguida.

Esperando que nos dejen en paz.


  1. Tabes: manifestación neurológica tardía de la sífilis (N. de la T.). ↩︎

Antonin Artaud, en La Revolución Surrealista, . Traducción del francés de María Padilla.