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Entrevistas como entrevistado

ENTREVISTA A JUAN CARLOS USÓ

Foto de Juan Carlos Usó

Sociólogo, historiador y responsable de Mundo Antiprohibicionista

por PATRICIA GODES

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La revolución psiquedélica de los años 60 (s. XX) no fue televisada y menos aún en España a pesar de que, entre los últimos resabios de beatería y militarismo franquistas, también tuvieron lugar algunos escarceos lisérgicos. Ni la historia, ni la sociología se habían dignado hasta ahora [a] recoger las vivencias y los hallazgos del puñado de personas que, con mejores o peores intenciones, se atrevieron a viajar hacia la quinta dimensión desde nuestra dimensión carpetovetónica y mesetaria. Los tiempos cambian incluso en las aulas académicas y Spanish trip (La aventura psiquedélica en España), segundo libro de Juan Carlos Usó, joven doctor en ciencias sociales, redescubre para curiosos, morbosillos e intelectuales un momento histórico peculiar e irrepetible que, como él mismo demuestra, dejó en nuestra sociedad unas huellas más profundas de lo que las apariencias se empeñan en indicar. La abajo firmante, que milita fervientemente en las filas de los curiosos y morbosillos, quiso saber más e hizo llegar a Juan Carlos Usó el siguiente cuestionario. Aquí tienes sus respuestas.

Normalmente se considera que las drogas son una lacra de la sociedad. ¿Qué es lo que lleva a alguien del campo académico, como tú, a investigar este tema tan a fondo?

Referirse a las drogas como una “lacra” puede considerarse “normal” en tanto en cuanto es una expresión que goza de cierta fortuna en medios de comunicación y suele ser la favorita en boca de muchos políticos y próceres morales, pero que, en realidad, denota prejuicios. Y un historiador no puede ser víctima de ningún prejuicio. Por lo demás, creo que el tema es lo suficientemente importante e interesante no sólo para que merezca mi atención, sino también la de otros muchos investigadores, dedicados a distintas disciplinas académicas. En mi caso, pensé que la historia de las drogas en España estaba todavía por hacerse, y que podía construirla a partir de fuentes primarias (aquellas que vienen directamente de personas físicas o jurídicas determinadas sin el filtro de una u otra interpretación). Y, animado por Antonio Escohotado, decidí emprender esa investigación.

¿Puedes comentarnos, para los que no lo conocen, tu primer libro, Drogas y cultura de masas (España 1855-1995)?

Bueno, ese libro es fruto de la investigación a la que hacía referencia. Intenta plasmar la historia de las drogas en el Estado español desde 1855 (año de promulgación de la Ley de Sanidad) hasta 1995, ofreciendo un marco general que permita desmitificar ese complejo grupo de fenómenos interrelacionados que tradicionalmente se viene resumiendo con la expresión el “problema de la droga”. En definitiva, pretende ser una contribución, desde el campo de la historia, a situar en su justo término el origen y desarrollo de dicho “problema” en España".

Tu segundo libro se centra en un tema tan pop como la LSD y la cultura psiquedélica. ¿Cuál es tu relación con la cultura pop?

La misma que la de infinidad de personas que han vivido la mayor parte de su vida durante el s. XX. Y conste que ni siquiera me limito a las cuatro últimas décadas, o a la segunda mitad de la pasada centuria. Podemos entender la “cultura pop” de muchas maneras, pero invariablemente todas irán asociadas al concepto “consumo”. De hecho, creo que la “cultura pop” nace de la especial relación de amor/odio que se genera en la sociedad occidental ante el hecho del consumo como un fenómeno de masas. Umberto Eco, al referirse al pop art, ya evidenciaba su contradicción con respecto a la sociedad de consumo: crítica e ironía por un lado, aceptación y amor por el otro. En este sentido, creo que la “cultura pop”, en realidad, comienza a sentar sus bases durante los años 20 y 30.

Es cierto que la “cultura pop” no se consolida hasta los 60, y es en esos años cuando se nutre, sobre todo estéticamente, de la psiquedelia, justo cuando el uso de la LSD escapa del control de los clínicos y se extiende por la calle. Pero la experiencia psiquedélica, al margen de sus indudables influencias en la música, el arte y demás manifestaciones, es algo más que un simple elemento de la “cultura pop”. Los psiquedélicos, enteógenos, enteodélicos, adaptógenos, cosmodélicos… o llámalos como quieras, no son sustancias que actúen en el organismo al modo de las drogas heroicas tradicionales (heroína, cocaína, etc.), sino que obran efectos profundos sobre la mente, sobre el espíritu… de hecho, para muchos pueblos todavía no contaminados por misiones fundamentalistas, constituyen vehículos de ebriedad divina, de comunión con los dioses. Por no mencionar sus posibilidades a nivel terapéutico.

Defínete: discos favoritos, films favoritos e iconos pop favoritos.

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Siempre me ha fastidiado encontrarme con esta pregunta en las entrevistas que he leído. ¿Qué importancia tienen los gustos de la persona entrevistada? Bueno, puedo entenderlo en el caso de alguien que tenga seguidores, que tenga fans, no sé, admiradores, pero no es mi caso (ni creo que el de ningún historiador, aunque nunca se sabe). Dicho esto, por si alguien pudiera tener interés, en cuestión de música y cine soy bastante ecléctico, y por lo que respecta a los iconos, pues… la verdad es que ya no tengo edad de tener mi habitación decorada con pósters de Jimi Hendrix o cualquier otro (cosa que, por lo demás, nunca he hecho).

¿Qué otra droga, dejando de lado el alcohol, ha tenido tanto impacto social?

Supongo que te refieres a la influencia cultural y no a las consabidas calamidades… A mi juicio, el consumo de drogas es un fenómeno crucial en el desarrollo de las sociedades contemporáneas, desde mediados del s. XIX. La LSD, y demás sustancias visionarias (psilocibina, mescalina, etc.), desde luego, revolucionaron el acervo cultural y espiritual de Occidente. También en torno al cannabis ha surgido una cultura o, si prefieres, subcultura que se expresa en múltiples manifestaciones. Y en los últimos años la MDMA y análogos han tenido una gran influencia en muchos segmentos de población joven. Evaluar el impacto de otras drogas, como por ejemplo la cocaína o el alcohol, puede resultar más difícil, ya que sus efectos pueden camuflarse, e incluso confundirse, con lógicas convencionales.

Lo que sorprende en tu libro es descubrir que el impacto de la psiquedelia en la sociedad española sobrepasó los círculos modernos, progres y rockeros para filtrarse en los más convencionales. ¿Podemos pensar que tuvo alguna influencia? La experiencia lisérgica de Escolástico “Tico” Medina es alucinante —nunca mejor dicho—. Parece difícil creer que la mente y la conciencia de Tico hayan experimentado ningún proceso de expansión ni nada parecido…

Timothy Leary, el principal propagandista que ha tenido el ácido, consideraba que la experiencia con LSD era algo que cada uno se debía a sí mismo. Actualmente, ningún psiconauta medianamente experimentado suscribiría esa idea; sin embargo, durante los años 60 y 70, muchas personas llegaron a creer que iniciarse en los misterios lisérgicos era poco menos que un deber de conciencia. Si alguien acude a la hemeroteca y lee íntegramente el reportaje de Tico Medina, que se publicó fraccionado en el diario Pueblo los días 16-17 de enero de 1968, y no se limita a los párrafos que he reproducido en mi libro, prácticamente llegará a la conclusión de que su experiencia con ácido fue una especie de autoimposición. De todos modos, yo me enteré de la existencia de ese reportaje a través del mismo Tico Medina, quien con motivo del fallecimiento de Carlos Castaneda, en junio de 1998, escribió un artículo en el diario Levante rememorando aquel trance lisérgico, justo treinta años después. O sea que habría que preguntar al propio Tico Medina acerca del efecto que aquel episodio psiquedélico pudo tener en él.

Hablando en general, ¿qué huellas crees que dejó en la sociedad española la moda psiquedélica de las verbenas hippies, el Bony-Frío-Psycohiélico y las libretas de paramecios?

Creo que las modas pueden ser filtradas e interpretadas en cada lugar, de manera que no sólo contengan elementos originales, sino que finalmente también acaben reflejando el carácter de la sociedad que las ha importado. Así se explica que en el índice onomástico de mi libro, tras Leary (Timothy), aparezca Leblanc (Tony).

¿Crees que estas modas son negativas o positivas? ¿Afecta de algún modo a la sociedad convencional el saber que está teniendo lugar un fenómeno de este tipo?

En realidad, lo que entendemos por modas no son sino respuestas sociales a una periódica sensación de hastío que se produce ante lo usual. El grado en que una moda afecte a la sociedad convencional, o lo positiva o negativa que pueda devenir, creo que dependerá, en cada caso, de lo flexible que sean las estructuras de esa sociedad.

Otra cosa que queda patente en Spanish trip y que mucha gente no sabe es que la LSD tenía, en principio, una utilización psiquiátrica. ¿Puedes explicárnoslo con más detalle? ¿Por qué y cómo se dejó de usar? Me permito sospechar que el otro uso místico/lúdico tuvo su influencia negativa en médicos e investigadores.

Ciertamente, la dietilamida de ácido lisérgico (LSD) y otras sustancias similares fueron empleadas con profusión desde los años 30 hasta mediada la década de los 60, no sólo por psiquiatras, sino por psicólogos, farmacólogos y otros especialistas, en el terreno clínico y de la investigación científica. Si se dejó de usar, e incluso de reivindicar como fármaco, no fue porque tuvieran “malos viajes” en sus autoensayos, sino porque la sustancia escapó del control de sus manos.

¿Qué es lo que más te ha impresionado en todas tus investigaciones?

Bueno, en su día, me llamó poderosamente la atención el hecho de que entre 1955 y 1957 se hicieran ensayos con LSD en casi todas las facultades de Medicina españolas. También resultan curiosos los reportajes firmados por Ángel Montoto en 1976 y 1978, publicados en Gaceta Ilustrada e Interviú respectivamente, describiendo sendos “viajes” lisérgicos, propiciados por un psiquiatra, así en plan bastante sensacionalista. Por último, me sorprendí al enterarme de que en 1978 un Tribunal formado en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona otorgó la calificación de sobresaliente “cum laude” a una tesis doctoral centrada en la indicación y aplicación del ácido lisérgico en el tratamiento del tétanos (huelga decir que la tesis sigue inédita y la posible aplicación de LSD en el tratamiento del tétanos es, por tanto, desconocida entre la inmensa mayoría de los especialistas).

Cuéntanos dos o tres anécdotas que hayas encontrado que nos sirvan para entender más o menos lo que pasaba en España.

La aventura psiquedélica en España, como en cualquier otro lugar, está jalonada de anécdotas de todos los colores, pero te cuento una que me parece muy ilustrativa: a principios de los 70, cuando comenzaba su carrera literaria, el escritor Mariano Antolín Rato fue recluido en el psiquiátrico penitenciario de Carabanchel por fumar porros, en aplicación de la Ley de Peligrosidad Social. Durante los meses que duró su internamiento trabó cierta amistad con uno de los psiquiatras del centro, con quien compartía gustos literarios. Al terminar su encierro siguió frecuentando al referido psiquiatra, y gracias a él pudo tener acceso a dosis de Delysid (nombre comercial que dio la casa Sandoz a la LSD) e incluso compartir “viajes” con el propio clínico.

Otra cosa que no sabe la gente, y que no refiero en mi libro, es que uno de los jóvenes extranjeros expulsados por las autoridades gubernativas franquistas en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes (o de Peligrosidad Social) fue el cantante Rod Stewart.

Eras bastante pequeño en aquellos años, ¿de qué te acuerdas?, ¿han tenido alguna influencia en ti aquellos atisbos que pudiste tener?, ¿te hubiera gustado vivir aquellos años?, ¿por qué?

Verás, durante los 60 yo era bastante pequeño, pero ya no tanto en los 70. La muerte de Franco me pilló cuando hacía COU, y aquí, en España, hasta la muerte del dictador, pasaron cosas, pero bastante contenidas, por no decir directamente reprimidas. A partir de 1975 fue cuando se aceleraron los acontecimientos. Recuerdo el bienio que se extendió hasta la firma de los llamados Pactos de la Moncloa como algo excepcional. Hubo experiencias colectivas inolvidables, en los festivales de Canet, en las Jornadas Internacionales Libertarias del Parque Güell y el Salón Diana… verdaderamente irrepetibles.

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¿Cuáles son, para ti, las grandes aportaciones o los grandes logros de la revolución psiquedélica de los 60?

La década de los 60 ha pasado a la historia por los grandes cambios culturales que tuvieron lugar en la sociedad postindustrial, y por un pujante afán de libertad individual. La psiquedelia, en este sentido, aportó un renovado interés por lo místico y un redescubrimiento de la espiritualidad en Occidente, propiciando el reencuentro de lo humano con la naturaleza. Muchas personas sólo han sabido o querido ver los efectos negativos (que también los hubo) de aquella pretendida revolución, pero no podemos olvidar que el descubrimiento masivo de los psiquedélicos por los jóvenes occidentales de los 60 se produjo en el seno de una sociedad que, desde hacía siglos, se había vuelto amnésica respecto a su uso. A propósito de esto, se me ocurre que, cuando Jack Kerouac preguntó a Carolyn Cassady: “¿Qué hicimos mal?”, la mujer de Neal Cassady le respondió: “No creo que hiciéramos nada mal, simplemente fuimos los primeros”. Podemos decir, pues, que aquella supuesta revolución brotó de la ilusión y de la promesa, aunque pecó de ignorancia y precipitación.

¿Cualquiera que se tomase un ácido de Laboratorios Sandoz se ponía a componer ‘Electric Ladyland’, así, de la noche a la mañana?

Para nada. Una cosa es que personas dotadas de capacidad artística e imaginativa puedan beneficiarse del empleo de LSD, tal y como ya destacara en 1956 el profesor Ramón Sarró Burbano, padre de la denominada Escuela Catalana de Psiquiatría; pero, de ahí a suponer que cualquier persona que tome ácido vaya a ser capaz de plasmar en clave de música, pintura o poesía los umbrales de comprensión y belleza que haya podido alcanzar durante su experiencia psiquedélica, media un abismo.

Tu libro tiene la virtud de la objetividad y la exhaustividad, quiero decir que me parece un trabajo ímprobo, pero, ¿por qué llevarlo a cabo?, ¿qué pretendes demostrar?, ¿a dónde quieres llegar?, ¿te basta con satisfacer la curiosidad o se trata de algo más?

Al principio te contaba un poco cómo y por qué me inicié en el estudio e investigación de la historia de las drogas en España. Una vez establecido el marco general, y estimulado tanto por algunas personas como por ciertos acontecimientos, decidí que la psiquedelia, asunto al que ya había dedicado algún capítulo en mi primer libro, merecía una atención especial. De todos modos, no sería del todo sincero si te dijera que mi interés obedece simplemente al deseo de satisfacer una curiosidad. A mi juicio debemos normalizar nuestra relación con todas las drogas actualmente prohibidas y, en este sentido, cualquier información, más que objetiva, yo diría fidedigna, resulta fundamental.

Cuando le pregunté a Julian Cope, «como experto en drogas, ¿qué consejo darías a un jovencito que se quiera iniciar?, me contestó: “Don’t do it”». ¿Qué opinas de esa tibieza en el último adalid de la psiquedelia?

De la misma manera que me parece muy arriesgado, sobre todo si pensamos en la gente joven, hacer propaganda incondicional en favor de la experiencia psiquedélica (tal y como hacía Timothy Leary), también me lo parece hacer publicidad incondicional en contra, así, sin más explicaciones. Insisto en lo que te decía antes: creo que la información honesta y libre de prejuicios resulta básica. A la pregunta que formulaste a Julian Cope, prefiero la respuesta del investigador y etnomicólogo Giorgio Samorini: “precaución dinámica”, o sea, una invitación a la experiencia con respeto, pero sin miedo.

¿Nos puedes dar una visión tuya del momento actual de la cultura de las drogas en España? Mi opinión es que, como la sociedad actual no ofrece esta vida de perros, la gente —ejecutivos, bakaladeros, despedidas de soltero, etc.— se droga por escapismo, lo cual es totalmente reaccionario. ¿Cómo lo ves tú?, ¿cómo y por qué han cambiado tanto las cosas?

No termino de compartir esa idea de que la gente mayormente “se droga por escapismo”. En realidad, la nómina de drogas (tanto legales como ilegales) es muy extensa, y los efectos de estas sustancias variadísimos. Por lo demás, “escapar” de una realidad, si esa realidad implica dolor, insomnio, stress, etc., no me parece éticamente punible. Modas aparte, creo que la gente que toma drogas actualmente lo hace básicamente por los mismos motivos que hace veinte, cuarenta u ochenta años: si está mal, para sentirse bien, y si ya está bien, para sentirse mejor. En principio, no encuentro nada censurable en esto.

¿Se te ocurre algo más? A mí sí, pero voy a dejar de darte la lata por ahora.

Nada de lata, para mí ha sido un placer. Se me ocurren más cosas, pero seguramente tienes razón y acabaríamos aburriendo a los lectores de Ulises.

Juan Carlos Usó, .