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Entrevistas como entrevistado

‘Interzona’: Entrevista con Juan Carlos Usó

Foto de Juan Carlos Usó

Sociólogo, historiador y responsable de Mundo Antiprohibicionista

por DDAA

Juan Carlos Usó no necesita presentación. Es el autor de un libro esencial para comprender el fenómeno de las drogas en España Drogas y cultura de masas: España 1855-1995 (Madrid, Taurus, 1996), ampliado en Spanish trip: la aventura psiquedélica en España (Barcelona, La Liebre de Marzo, 2001), y de decenas de artículos donde, siguiendo la estela de los libros citados, el rigor documental se conjuga con un sentido del humor imprescindible a la hora de tratar estos asuntos. Llevábamos mucho tiempo intentando pillarle por banda y a la tercera va la vencida. Más en su web, Mundo Antiprohibicionista.

Interzona
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Te manifiestas abiertamente antiprohibicionista. ¿Cuál crees que es la genealogía del prohibicionismo, lo que lo motiva desde su inicio? ¿Crees que se puede hablar de una conspiración prohibicionista tras la que se esconden intereses económicos o mecanismos de control social? ¿Se trata simplemente de cuestiones morales? ¿O quizás estamos más bien ante una simple sarta de despropósitos que hasta el momento ningún gobernante ha sido capaz de reconducir?

Ante todo, hay que tener en cuenta que la prohibición no es fruto de un decreto, sino el resultado final de todo un proceso. La primera medida de control o restricción que se adoptó al respecto, en 1918, fue la exigencia de receta médica obligatoria para acceder a aquellos fármacos que hoy se conceptúan como drogas peligrosas. Lo que se pretendía, en definitiva, era limitar su consumo a usos considerados socialmente decentes. En este sentido, se trata de una cuestión estrictamente moral y, por tanto, un mecanismo de control social. De hecho, los delitos contra la salud pública ya estaban definidos mucho antes en el Código penal de 1870 y, en ningún caso, figuraba entre ellos la venta de drogas, que se realizaba en farmacias.

Las campañas de prevención orientadas a la abstinencia no están funcionando de acuerdo con los propósitos formulados en origen. Según los últimos informes elaborados por la propia Administración, parece que se incrementa el número de usuarios de todo tipo de drogas, a excepción del número de usuarios de heroína, que tiende a estabilizarse. Parece que nunca como ahora en el mercado se ha encontrado tal cantidad de sustancias y a precios tan competitivos ¿Cómo interpretas estos datos?

Si por un lado pensamos que la comunidad internacional, cuando adoptó la Convención Única de 1961, sobre estupefacientes, que hoy por hoy sigue siendo la piedra angular de la legislación sobre drogas, se marcó un plazo de veinticinco años para limitar su uso a fines médicos y científicos, y ya han transcurrido más de cuarenta, y por otro nos fijamos en el panorama actual, fácilmente podemos llegar a la conclusión de que nos encontramos frente al reflejo o la prueba evidente del fracaso más absoluto de ese régimen de prohibición. En realidad, la prohibición sólo existe sobre el papel, ya que en la práctica hace tiempo que ha sido revocada por la vía de los hechos consumados.

En la actual situación, ¿qué importancia otorgas a los programas de reducción de riesgos que se llevan a cabo en espacios de ocio? ¿Un mal menor? ¿Un bien necesario? ¿Qué futuro tendrían este tipo de iniciativas en una sociedad donde estuvieran reguladas las drogas?

Cuando el objetivo final de la prohibición —conseguir un mundo sin drogas— se reveló como una meta inalcanzable, comenzó a hablarse de prevención. Pero, qué es la prevención, sino el término políticamente correcto que ha encontrado el prohibicionismo para presentarse con un rostro más amable, humanitario y altruista. Finalmente, y visto el fracaso de la prevención, han comenzado a desarrollarse las denominadas políticas de reducción de riesgos y daños, o sea, parches para que el remedio no acabe de fulminar a todos los remediados. Hoy por hoy se configuran como algo imprescindible, pero al mismo tiempo insuficientes. Sería bueno seguir profundizando en estas nuevas estrategias desde la idea de su constante superación. O sea, una política de reducción de riesgos y daños no puede limitarse únicamente a una serie de medidas técnicas (reparto de jeringuillas, análisis de sustancias, etc.), sino que debe asumir ciertos cambios en los planteamientos de fondo de la cuestión.

Los medios de comunicación son determinantes en la configuración del imaginario colectivo sobre la cuestión de las drogas. ¿Cómo valoras su labor? ¿Hay alguna diferencia entre los reportajes del diario “Pueblo” y lo que se publica ahora? ¿Cómo debería abordarse el tratamiento de este tema en los medios?

Salvo honrosas excepciones, la cobertura que ofrecen los medios de comunicación apenas ha variado desde los años 20. Muchas veces, protestamos ante el denominado pensamiento único, pero en realidad de lo que nos estamos quejando es del enfoque único. El año pasado, sin ir más lejos, el fallecimiento accidental de dos jóvenes mayores de edad —atribuido a sendas sobredosis de pastillas— en una fiesta techno multitudinaria celebrada en Málaga, provocó un fragor mediático francamente ensordecedor. Sin embargo, difícilmente nos encontraremos un lunes con un titular diciendo que centenares de miles de jóvenes consumidores de éxtasis y análogos han estado divirtiéndose en multitud de discotecas y raves durante el fin de semana sin que se registrara ningún suceso luctuoso. El sensacionalismo informativo, en torno al cual gira actualmente el negocio mediático, cuando no trata de la cosa rosa, únicamente se preocupa de excitar la aprensión, fomentar brotes de falsa conciencia y favorecer el resentimiento entre las personas… y las drogas constituyen un tema muy sensacional.

Teniendo en cuenta la escasa permeabilidad de los medios de comunicación convencionales a discursos heterodoxos sobre drogas, ¿Cómo valoras el papel de Internet?, ¿Crees que sirve para algo a la hora de promover cambios?, ¿La usas en tu trabajo?, ¿Qué te llevó a poner parte de tu obra en tu página web?

Internet, hoy por hoy, me parece una herramienta de trabajo y un medio de comunicación imprescindible. Ha conseguido introducir nuevos enfoques en el tratamiento de las drogas… y que los medios de comunicación convencionales se hagan eco de ello. Por lo que respecta a Mundo Antiprohibicionista, al principio mi compañera Mª José y yo nos planteamos su creación como una especie de reto y, a la vez divertimento. Pensé que podía ser una vía válida para dar salida a muchas fuentes que había ido acumulando durante más de diez años de investigación y, de este modo, contribuir a ilustrar la historia de la prohibición y sus repercusiones sociales. Poco a poco, he ido ampliando la web con la idea de enriquecer esos discursos heterodoxos sobre drogas.

¿Qué piensas de la gente que oscila entre el prohibicionismo y el antiprohibicionismo? Estoy hablando de personalidades como los jueces Ventura Pérez Mariño y Garzón o Isaías Pérez Saldaña (Consejero de asuntos sociales de la junta de Andalucía), que lo mismo firman un manifiesto a favor de la normalización (los dos primeros) o proponen la apertura de coffee shops (el último), como se apuntan al Partido contra la Droga o hacen declaraciones sobre lo terrible que es esta “lacra”. ¿Se te ocurre alguna explicación para este comportamiento esquizoide?

Todavía hay casos más evidentes, como el de Maradona y Julio Alberto, que disputaron partidos de fútbol “contra la droga” siendo inveterados consumidores de cocaína, o el de muchas de las estrellas del rock que han actuado en conciertos organizados con el mismo fin. No soy psicólogo, ni psiquiatra, pero parece que hay gente que es educada en la idea de “nadar y guardar la ropa” o, mejor dicho, de “poner una vela a Dios y otra al diablo”. ¿Qué le vamos a hacer? Me cuesta más entender a aquellas personas que consumen —o han consumido— drogas, pero no se muestran favorables a su normalización, o aquellas otras que son capaces de declarar públicamente que no tienen nada que objetar a que cualquier persona mayor de edad consuma lo que le apetezca, pero acto seguido manifiestan sin pudor alguno su negativa más radical y absoluta a la legalización de las drogas… y conozco a unas cuantas. No sé, quizá no todos tengamos la misma capacidad de respuesta ante las contradicciones o disyuntivas que plantea la vida.

¿Cómo valoras la política de drogas del Partido Popular (PP)? Por un lado renunciaron a penalizar el consumo, abandonando su propuesta programática inicial, y han venido adoptando una actitud bastante más moderada que lo que cabría esperar, pero de un tiempo a esta parte parecen embarcados en una ofensiva en toda regla contra el antiprohibicionismo y los consumidores, llegando al extremo de pedir que se acallen las voces disidentes. ¿Crees que hay algún propósito detrás de todo esto o se trata tan sólo de palos de ciego?

Me da la impresión de que los partidos que se alternan en el poder no hacen sino contemporizar con el asunto, es decir, no hacen otra cosa que acomodarse al gusto o dictamen ajeno —en este caso de EE. UU.— por algún respeto o fin particular.

En una entrevista ponías en duda la sinceridad de Izquierda Unida (IU) —único partido que contempla la posibilidad de medidas normalizadoras— en su política sobre drogas por no haber ninguna diferencia a este nivel entre los ayuntamientos gobernados por este partido y los de otras formaciones políticas. ¿No crees que las iniciativas impulsadas por Madrazo en el Observatorio de Drogodependencias del Gobierno Vasco suponen un cambio?, ¿No crees que habría que actuar más a nivel local y autonómico en lugar de atacar al Plan Nacional sobre Drogas (PND)?, ¿Cuáles son aún las carencias de la izquierda en el tema drogas?

Nunca he dudado de las intenciones de IU, sino de su puesta en práctica, ya que en ninguno de los municipios donde ha gobernado me consta que haya introducido cambio alguno en la materia. Sin embargo, ahora, gracias a Javier Madrazo y Gemma Calvet se están produciendo cambios muy interesantes en la política de drogodependencias en Euskadi. Efectivamente, se puede actuar más a nivel autonómico y municipal. Desde el ámbito del municipio se pueden adoptar medidas alternativas, como por ejemplo dejar sin aplicación la Ley sobre Protección de la Seguridad Ciudadana (o ley Corcuera) en el término municipal, asumir desde los servicios municipales de Sanidad el análisis de sustancias y difundir los resultados (o sea, lo que ahora mismo están realizando ONGs como Energy Control y Ai Laket), etc. En cualquier caso, la autoproclamada izquierda debería dejar clara de una vez por todas su posición frente a la servidumbre exigida por EE. UU. en materia de drogas.

La propaganda antidroga usa consignas simplistas y manipula emociones. Tus libros o los de Escohotado profundizan en la historia de las drogas a lo largo de cientos de páginas y se dirigen al intelecto. ¿No es una batalla perdida de antemano en una sociedad cada vez más alérgica a la letra impresa? ¿Deberíamos usar sus tácticas o esperamos a que las mentalidades vayan cambiando poco a poco?

Me parece más urgente cambiar las leyes que las mentalidades. Muchos pensarán que las leyes son fruto de la mentalidad dominante, pero tengo serias dudas. En este sentido, vale la pena recordar aquella máxima de Montaigne que nos advierte de que “las leyes mantienen su crédito no porque sean justas, sino porque son leyes”. Algo tremendo, si además tenemos en cuenta aquella otra de Montesquieu que señala que “las leyes inútiles debilitan las necesarias”. Por lo demás, ¿cómo convencer a un hipocondríaco de que, en realidad, no padece enfermedad alguna?

Las farmacéuticas y las tabaqueras usan tácticas delictivas, mientras que las mafias del narcotráfico buscan desesperadamente la respetabilidad y van colocando a sus peones en el mismísimo centro del sistema político. ¿Crees que hay tanta diferencia como parece entre el mercado blanco y el mercado negro de drogas?, ¿Cómo evitar que se reproduzcan los errores cometidos en la comercialización de las drogas legales en una eventual legalización de las drogas ilícitas?

Siempre he pensado que no existen diferencias sustanciales entre ambos mercados. Para empezar, los dos se rigen por las leyes de la oferta y la demanda; si el primero se vale de propaganda directa, el segundo se sirve de publicidad indirecta… Además, en muchos casos, resulta prácticamente imposible establecer dónde termina uno y comienza el otro. Ahora mismo, eso puede observarse en el caso de la ketamina, pero antes ha ocurrido con todas las demás drogas: opio, morfina, cocaína, heroína, LSD… En su última novela, Lorenzo Silva pone en boca de uno de sus personajes —concretamente en la del sargento Bevilacqua, de la Guardia Civil— la siguiente reflexión: “Una organización de narcotraficantes no es más que una pandilla que se concierta para asumir como fin supremo el burdo pasatiempo de juntar dinero. En ese sentido, y si no fuera porque suele coincidir que a más ganancia, menos contemplaciones, no se diferencia mucho de un banco, una bolsa de valores o cualquier otra forma tolerada de articular el infatigable cálculo egoísta”. Otra cosa es que una eventual legalización pueda llevarse a la práctica de distintas formas. Si tomamos el cannabis como ejemplo, no sería lo mismo autorizar el cultivo con fines de autoabastecimiento a usuarios y asociaciones de consumidores, como venderlo en farmacias, en estancos, en herboristerías o en establecimientos específicos (al estilo del modelo holandés). Cualquiera de estas posibilidades presentaría ventajas y desventajas, y habría que optar por la más pragmática y eficaz. En cualquier caso, lo más sensato sería pensar en la fórmula más adecuada para la normalización de cada una de las sustancias prohibidas actualmente.

Juan Carlos Usó, .