La primera vez que tuve en mis manos un número de la revista The High Times fue en casa de Antonio Escohotado. Es difícil que olvide aquel primer contacto físico con la mítica publicación cannábica estadounidense porque tuvo lugar durante un intenso fin de semana a principios de los 90, en que bajo efectos de la ketamina a punto estuvimos de dejar que se prendiera fuego la casa. Pero dejando de lado esta historia, que ahora mismo no viene a cuento, y retomando el hilo de la cuestión, recuerdo la emoción que me embargó al poder hojear aquel ejemplar de una revista que sabía venía publicándose ininterrumpidamente desde 1974 y con la que algunos empezamos a soñar antes de que muriera Franco.
Es cierto que en 1978 la revista Ajoblanco había dedicado un número monográfico a la marihuana. Y un año después apareció el Globo, que con la subcabecera de “revista psiquedélica” sacó hasta tres números, prolongando su corta andadura hasta el invierno de 1980. Hubo también una réplica pobretona —en plan fanzine— del Globo, que respondía al rimbombante y pretencioso nombre de Al Cim (Revista psiquedélica del País Valencià i d’on siga necessari), pero tampoco consiguió superar una efímera existencia que la llevara más allá del otoño de 1981. Poco después, la revista Sal Común, que durante algunos años consiguió funcionar como versión española de la conocida Rolling Stone, también dedicó parte de su contenido a la cultura cannábica en Estados Unidos. Muchos nos enteramos, gracias a aquella publicación, de que en algún lugar del norte de California se había celebrado el 4º Festival Anual de Cultivadores de Marihuana, en el que se habían expuesto hasta 20 muestras de hierba de la mejor calidad para que los mismos cultivadores, los expositores y los connaisseurs allí reunidos la examinaran y valoraran.
A principios de los 80, en un país recién salido de una larga dictadura pero en el que existía una antigua tradición cannábica estrechamente vinculada a las relaciones políticas, socio-económicas y culturales mantenidas históricamente con el vecino del sur, todo aquello de los concursos de marihuana sonaba un poco a chifladura yankee. Entonces los usuarios españoles no solían plantar marihuana, y algunos lo hacían más que nada en plan testimonial, ya que la proximidad de Marruecos permitía la existencia de un mercado negro de bien consolidado, con una oferta de hachís sostenida y muy ventajosa en relación calidad-precio en comparación con el resto de países europeos. Además, durante aquellos años de gran efervescencia, ni la sociedad española en general ni las autoridades gubernativas, ni por tanto las fuerzas del orden en particular, prestaban excesiva atención a un consumo que se encontraba bastante extendido entre la gente joven.
Este clima de tolerancia fue deteriorándose progresivamente hasta que en febrero de 1992 entró en vigor la Ley Orgánica sobre Protección de la Seguridad Ciudadana, más conocida como ley Corcuera. Bastaron unos meses de aplicación para que aquella norma, cuya promulgación se había justificado con los objetivos declarados de acabar con el tráfico callejero de drogas y el abandono de jeringuillas usadas en lugares públicos, no tardara en revelarse como un instrumento específico para acosar y sancionar a los consumidores de cannabis, con diferencia la sustancia ilícita más consumida en España.
Alentados por el ejemplo de la Asociación Ramón Santos de Estudios sobre el Cannabis (ARSEC) y la Associació Lliure Antiprohibicionista (ALA), ambas surgidas en Barcelona, la respuesta de muchos usuarios de cannabis fue recurrir al asociacionismo. De tal manera, en menos de cinco años florecieron agrupaciones similares en todo el territorio: Madrid, Bilbao, Málaga, Zaragoza, León, Valencia, Albacete, Sevilla, Vigo, Alicante, Valladolid, Las Palmas, Salamanca, Huelva… viviendo el momento de mayor empuje durante la primavera de 1997 con la creación de la Coordinadora Estatal de Organizaciones por la Normalización del Cannabis (CEONC) —ahora reconvertida en Federación de Asociaciones Cannábicas (Federación de Asociaciones Cannábicas (FAC))— y la puesta en marcha de la campaña “En marzo… ¡Me planto!”. Algunas de estas asociaciones contaron —y cuentan— con órganos de expresión propios (HUL, Cero Cero, CannaBIS…), pero era cuestión de tiempo que surgiera uno que se atreviera a asumir las inquietudes del conjunto de usuarios de cannabis, la mayoría de los cuales por lo demás no pertenecían a ninguna de las asociaciones existentes. La veterana revista Ajoblanco había sacado en 1995 otro número especial dedicado a la marihuana sin vocación de continuidad (aunque repitió la experiencia en 1998 y 1999), y por razones más que nada sentimentales no puedo dejar de mencionar en este sentido los intentos bizarros protagonizado por High España-Mundo High y la revista cannábica El Cogollo, que se extinguieron tras unos cuantos números.
Finalmente, en el verano de 1997 salió a la luz pública el primer número de Cáñamo, que desde un principio se presentó pública e inequívocamente como “la revista de la cultura del cannabis”. Sin embargo, en la editorial de su primer número ya mostró su intención clara de “dar voz a todo el movimiento antiprohibicionista”.
Para alguien que combina la faceta de asiduo lector con la de colaborador ocasional de la revista resulta complicado hacer balance de una trayectoria que abarca más de ocho años de vida y más de cien números, pues además de los mensuales habría que tener en cuenta seis números especiales: “Un siglo psicoactivo” (2000), “50 sustancias psicoactivas” (2001), “Psionautas ilustres” (2002), “Sexo y drogas” (2003), “Música y drogas” (2004) y “Guerra y drogas” (2005)… así como el número monográfico “LSD-Albert Hofmann” publicado conjuntamente con Ulises (Revista de viajes interiores), con motivo del 100 aniversario del descubridor del ácido lisérgico, por no mencionar la web canamo.net y el proyecto editorial que hasta la fecha ha cristalizado con la publicación de ocho libros.
¿Qué ha significado Cáñamo para la cultura del cannabis? ¿Ha hecho honor, en definitiva, a su subcabecera? Es evidente que su nacimiento supuso un punto de inflexión, pues no tardó en lograr una tirada y una difusión sin precedentes entre este tipo de publicaciones. Presente en kioscos y librerías convencionales, a partir del tercer número adquirió una periodicidad mensual, y desde entonces ha venido siendo objeto de una acogida favorable entre decenas de miles de lectores de varias generaciones. Puede decirse que ha jugado un papel fundamental para dotar de cierta cohesión al mundo cannábico y su concurso resultó decisivo para la propagación durante el año 2000 de la segunda campaña de la CEONC: la denuncia de la ley Corcuera, en cuya aplicación se vienen imponiendo casi cien mil multas anuales por tenencia o consumo en lugares públicos, en la mayoría de casos por cannabis. Pero más allá de su amplia propuesta de ilustración farmacológica —la revista no ha limitado su tratamiento informativo únicamente a los derivados del cáñamo— y de su compromiso incondicional con la causa antiprohibicionista, es evidente que su éxito ha estimulado el surgimiento de otras revistas con temática y público similares: Yerba, La María-Soft Secrets, Spannabis Magazine, El Mariguano… Además, recientemente ha alumbrado ediciones clonadas en otros países. Así, desde junio de 2004, y con una periodicidad trimestral, viene publicándose en Portugal la revista Cânhamo, y desde mayo de 2005 se publica bimestralmente otra versión en Chile. En sus primeros números ambas incluyeron artículos aparecidos inicialmente en la edición española, pero actualmente, una vez adquirida plena conciencia expositiva de su idiosincrasia, crean y se nutren de sus propios contenidos.
Durante todos estos años, paralelamente al transcurrir de la revista, el cannabis se ha mantenido como la droga ilícita más consumida en el Estado español, con niveles de prevalencia muy elevados en comparación con la mayoría de países europeos. La percepción social sobre los posibles riesgos del hachís y la marihuana se ha relajado notablemente y sus niveles de consumo se han incrementado tanto que, según datos de la Fundación de Ayuda a la Drogadicción (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD)), el 70 % de los jóvenes de 14 a 18 años ha probado estas sustancias en alguna ocasión.
Incapaces de realizar un ejercicio de autocrítica, reconociendo la ineficacia e inutilidad de la política gubernativa, basada fundamentalmente en la represión policial y la desinformación a la hora de enfrentarse al fenómeno, las autoridades no han tenido reparos en acusar a la revista. Así, en un estudio subvencionado por el Plan Nacional sobre Drogas (PND), y publicado por la revista Adicciones en el año 2000, se aseguraba que Cáñamo había adoptado una “clara vocación organizadora del movimiento pro cannabis” desde su misma aparición. La tesis principal del citado estudio, titulado “Estrategias y organización de la cultura pro-cannabis”, sostenía la existencia de una confabulación —de las asociaciones cannábicas, la revista Cáñamo y una serie de personalidades antiprohibicionistas— con el objetivo de crear una imagen positiva del cannabis, a fin de fomentar su consumo y aprovecharse del incremento de su uso para forzar la legalización de la planta y crear “nuevos espacios comerciales, profesionales y de poder”. Poco después, la revista de Proyecto Hombre publicó el estudio “La legitimación del cannabis en la sociedad española”, en el que se acusaba abiertamente a la supuesta conspiración cannábica de algo que, Código penal en mano, es un delito: “la dinámica de promoción del cannabis”. Con la coartada científica aportada por estos trabajos, en 2001 el delegado del Gobierno para el PND denunció la existencia de una “cultura pro-cannabis”, que respondía a “una verdadera estrategia”, y a finales de 2003 el entonces ministro de Interior llegó a amenazar con la adopción de medidas legislativas contra la “apología del cannabis”.
Ciertamente, el nuevo talante exhibido por el gobierno socialista ha atenuado en parte la ofensiva que venía registrándose contra Cáñamo y el sector de las grow shops como principales motores de un cambio social con respecto al cannabis, que a estas alturas parece difícil de frenar; pero el futuro de la cultura cannábica sigue siendo muy incierto. A finales del año pasado, preocupados por la disminución de la percepción de riesgos y la reducción de la alarma social ante el consumo de drogas, los medios de comunicación en su conjunto se comprometían ante S.M. la Reina, a “promover una información crítica que contribuya a la construcción de una opinión pública más libre y reflexiva y favorezca la articulación de una dinámica social capaz de afrontar los riesgos derivados de los consumos de drogas, especialmente entre los jóvenes”. Con independencia de la letra de la declaración suscrita, el espíritu que encierra la escenificación el sello de la alianza entre el Cuarto Poder y la Monarquía en su lucha contra las drogas no se le puede escapar a nadie. Y todavía más recientemente, una coordinadora antidroga gaditana ha denunciado “la apología y la incitación al consumo” que a su juicio supone la venta de ciertos complementos y parafernalia cannábica (llaveros, monederos, bolsos, etc. con la hoja de cannabis impresa) y ha exigido de las autoridades que “retiren estos productos”. Confiemos que Cáñamo y el resto de publicaciones sigan contribuyendo desde la tribuna de la prensa, y haciendo honor precisamente al principio invocado de promover información crítica, a reforzar el proceso normalizador del cannabis y cuestionar su cada día más tambaleante prohibición.