Todos los expertos en la materia coinciden en señalar que el comienzo de la etnobotánica moderna tiene nombre propio: Louis Lewin (1850-1929). Este insigne farmacólogo y toxicólogo alemán de origen judío cursó estudios de Medicina en la Universidad de Berlín, alcanzando el grado de doctor en 1876. Pasó los dos años siguientes en Munich, donde trabajó en el laboratorio de Carl von Voit y Max von Pettenkofer, pioneros en la fundamentación de la nutrición sobre bases científicas, antes de regresar a Berlín para ocupar plaza de profesor auxiliar en el instituto farmacológico universitario, puesto al que renunció en 1881. Ese mismo año ingresó en la Facultad de Medicina como privatdozent, hasta que en 1897 fue nombrado profesor numerario.
A lo largo de su carrera, Lewin escribió más de doscientas publicaciones sobre temas de su especialidad, incluyendo una docena de libros, entre los que destaca el titulado originalmente Phantastica. Die Betäubenden und Erregenden Genussmittel. Für Ärzte und Nichtärzte (1924). Con anterioridad a la publicación de esta obra, los libros que versaban sobre el empleo de drogas eran trabajos básicamente de antropología, más centrados en describir los usos de las sustancias psicoactivas, que en investigar y explicar la naturaleza psicológica de sus efectos. Lewin estaba muy interesado por ambos aspectos, y Phantastica se configuró como un monumental tratado farmacológico, que ofrecía información detallada sobre las principales sustancias psicoactivas conocidas en la época y proponía una primera clasificación funcional de estas drogas en base a cinco grupos: euphorica (euforizantes, agentes anodinos del espíritu), phantastica (sustancias visionarias, agentes de ilusión sensorial), inebriantia (embriagantes), hypnotica (hipnóticos) y excitantia (estimulantes, excitantes). Es más, si exceptuamos el fallo de incluir la cocaína dentro del tipo euphorica ―junto al opio y derivados― y no dentro del grupo excitantia ―junto al café, té, nuez de cola, etcétera―, dicha clasificación sigue siendo perfectamente válida.
Pero quien espere encontrar en Phantastica exclusivamente una obra científica de referencia, desprovista de un discurso ideológico, puede verse sorprendido. El filósofo e historiador de las drogas Antonio Escohotado ha puesto en evidencia la “actitud de resonancias clericales” exhibida por Lewin ―y el químico Emil Erlenmeyer― al cargar la farmacología de “ética y religión”, especialmente cuando hablaba de las sustancias agrupadas bajo el epígrafe euphorica. Y ciertamente el eminente toxicólogo alemán no tiene inconveniente en posicionarse moralmente, mostrándose como un enemigo acérrimo del uso extra médico de los opiáceos y la cocaína. Desde una perspectiva actual quizá pueda chocar que la primera autoridad farmacológica de la época, sin renunciar al espíritu científico, se dedicara a demonizar determinadas sustancias, mostrándose preocupado no sólo por el cuerpo, sino también por “el alma” de sus consumidores. Para comprender esta actitud hay que situar tanto al autor como a la obra en su contexto. En este sentido, conviene recordar que Phantastica aparece en un momento crucial, que coincide con la construcción de la toxicomanía como enfermedad ―no sólo física sino también mental― y la asignación de un nuevo rol asumido por el estamento terapéutico, en función del cual el médico, sin dejar de ser un profesional de la salud capacitado con determinados recursos técnicos, pasaba a actuar como psicoterapeuta moral y, a la vez, agente de control social.
Por otra parte, Lewin no mide con el mismo rasero al alcohol que a la cocaína y los opiáceos, pues aprecia un factor subjetivo en el uso de las bebidas alcohólicas que ni siquiera se plantea en el caso de las sustancias consideradas euphorica. Naturalmente, el farmacólogo alemán no era el único en razonar de este modo. Sin ir más lejos, aquí en España, un coetáneo suyo, el catedrático de Higiene y Bacteriología de las Universidades de Sevilla y Barcelona, doctor Antonio Salvat Navarro, era capaz de defender públicamente los “deleites” del alcohol, frente a la “austeridad y fosca antipatía a los placeres” de quienes se declaran abstemios. El doctor Salvat Navarro reconocía la existencia en el ser humano de “imaginación, fantasía, pasión, aladas ninfas del espíritu, siempre dispuestas a quemarse las puntas de sus alas en las antorchas lúcidas de la belleza y del placer”, pero como miembro de la Asociación contra la Toxicomanía era incapaz de admitir esa misma conducta de riesgo en relación con las drogas consideradas eufóricas. A pesar de describir el alcoholismo con un cuadro muy sombrío, en realidad, la actitud de Lewin, Salvat Navarro y otros muchos con respecto al alcohol venía a resumir la mezcla de pasmo y rechazo suscitada en Europa por la iniciativa puritana en EE. UU., que había cristalizado con la aprobación y entrada en vigor en 1919 de la denominada Ley Seca.
Al contrario de lo que le ocurría con el opio y derivados y la cocaína, Lewin se confiesa completamente fascinado por los efectos de las sustancias incluidas dentro del grupo que daba título al libro, en especial de los alcaloides del peyote. La fascinación de Lewin por esas drogas capaces de transportar a sus usuarios a una “esfera de percepción más elevada” caló en otros especialistas y propició que se extendiera el interés por su investigación. Sin embargo, la influencia de su obra trascendió del marco estrictamente científico. Aunque es cosa sabida, no está de más recordar en este sentido que la versión inglesa de Phantastica, publicada en Londres en 1931, captó la atención de Aldous Huxley, despertando un entusiasmo por los psicofármacos que le llevó a realizar su famoso ensayo con mescalina, inmortalizado en The Doors of Perception (1954). Y nadie ignora que este libro constituyó un importante estímulo para la diseminación de las drogas visionarias fuera del laboratorio y su uso profano durante la década de los 60.
Con todo, si hay un aspecto del pensamiento de Lewin que quizá pueda sorprender más a quienes tengan la fortuna de acceder por primera vez a su obra es su declarado antiprohibicionismo. Efectivamente, el toxicólogo alemán se muestra muy crítico a la hora de valorar la eficacia de la incipiente carrera prohibicionista que habían emprendido todos los países occidentales azuzados por la presión de EE. UU. Si bien al hablar del opio y derivados y de la cocaína su discurso traslucirá una sensación de escepticismo, cuando se refiere al alcohol y al alcoholismo se declarará abiertamente contrario a la política prohibicionista estadounidense.
Como bibliotecario, no me puedo resistir a dar por concluidas estas palabras preliminares sin antes apuntar un dato de carácter bibliófilo, que desde luego invita a la reflexión. Apenas unos meses después de que apareciera el tratado de Lewin vio la luz pública la obra Mein kampf (Mi lucha), de Hitler. El catecismo nacionalsocialista fue traducido al castellano y publicado en España por la editorial Araluce un año antes del estallido de la guerra civil, es decir, cuando se cumplía una década de su aparición en Alemania. Por el contrario, han tenido que pasar casi noventa años para que Phantastica goce de la misma fortuna. Gracias a Amargord Ediciones podemos por fin deleitarnos con la lectura en castellano de una obra clásica e imprescindible para todos aquellos que se sienten atraídos por la farmacognosia.
Louis Lewin: Phantastica. Drogas narcóticas y estimulantes, Madrid, Amargord Ediciones, 2009, pp. 9-12.