Una visita fantasma
Cuando se publicó en España la primera autobiografía de Timothy Leary, la sociedad española todavía pugnaba seriamente por sacudirse de encima el lastre de la dictadura franquista. Muchos lectores del libro nos sorprendimos entonces al saber que el Sumo Sacerdote del ácido había hecho escala en Madrid, en septiembre de 1970, tras su huida de los EE. UU. y antes de recalar en Argelia, donde permanecería un tiempo bajo la protección del propio gobierno argelino y de los Black Panthers, brazo armado del autoproclamado black-power. Así narraba el episodio el propio Leary:
»Compré una guía Michelin de Madrid, le comuniqué a ella las buenas noticias por teléfono, y cogí un coche hasta el motel.
El avión salía para Madrid a las 5.30 h. […]
[…]
A las cinco me acerco al mostrador de la TWA, pido un asiento junto a la ventanilla en el vuelo a España […]
[…]
Nos despertamos al salir el sol cuando el avión empezaba a descender sobre Madrid. Fue un momento de foto de álbum para recordar, el tocar el suelo de Europa. Era una llegada a casa. Trazando de nuevo la línea de la semilla de nuestros antepasados. América es un experimento genético por parte de Europa, Asia y África. Estábamos orgullosos de sentirnos libres, y de la nueva experiencia.
Pasamos la aduana tranquilamente y cogimos un taxi hasta el Ritz, en donde no había habitación. Congresos, tours en masa y una armada de visitantes japoneses abarrotaban los hoteles. Después de tres horas de frivolidad, y sudando, decidimos irnos a otra parte.
Durante muchos años los amigos nos habían hablado de un profesor español de derecho proveniente de una de las mejores familias de España, quien había mostrado gran interés en encontrarnos. Mario. Mario. ¿Cuál es su apellido? Nos sentamos en un café tratando de recordarlo. Ella se acordó. Mario Villanuova.
Había hileras de Villanuovas en el listín de teléfonos. Dos eran doctores. A la primera llamada descolgaron.
—Dr. Villanuova, mi nombre es Dr. McMillan. De la Clínica Menninger. Soy un amigo de Timothy.
—El que es amigo suyo es amigo mío.
—Tenemos un mensaje suyo para Ud.
Mario insistió en que fuéramos a su casa enseguida. En el taxi nos pusimos de acuerdo en que ella iría para comprobar el ambiente. Si Mario era fiable ella se podía identificar.
Mario vivía en una mansión rodeada por una verja de hierro y formales jardines. Ella abandonó el taxi y yo esperé con las maletas en el restaurante de la esquina. Al cabo de cinco minutos apareció ella con Mario en un explosivo recibimiento de entusiasmo. Él me dio un abrazo.
—Su estudio es un templo hindú —dijo ella—, con posters de San Francisco e incienso. Miré en sus ojos y le dije quiénes éramos.
Mario tenía cincuenta años, joven, saltando por allí de alegría. Su esposa Cristina era una morena andaluza, llamativa y afectuosa. Eran gente aristocrática, encantados con la aventura de tenernos escondidos. Unos amigos americanos les habían enviado unos recortes de nuestras escapadas.
Nos llevaron a una lujosa habitación. Después de un pequeño descanso llegó el momento de disfrutar de una sauna. Mario y Cristina nos llevaron a un pequeño, reservado y elegante restaurante. Antes que anocheciera éramos ya viejos amigos.
Mario y Cristina estaban aburridos de la sociedad madrileña. Querían que nos quedáramos con ellos en España. Poseían una casa de campo en donde podríamos vivir completamente aislados. Podría arreglarnos pasaportes sudamericanos con sus conexiones de izquierda. Era una situación intrigante (Leary, 1978).
Pero no existía ningún profesor de Derecho llamado Mario Villanuova. ¿Quién había pues dispensado protección al famoso fugitivo? Era evidente que Leary había pretendido camuflar la auténtica personalidad de su anfitrión. Algunos indicios permitían suponer que podía tratarse de Antonio Escohotado, en cambio, otros datos contradecían esta hipótesis. Finalmente, fue el propio Escohotado quien negó cualquier relación con los hechos descritos. Todas las pesquisas e indagaciones emprendidas para contrastar la información ofrecida por Leary resultaron infructuosas. No sin cierta aprensión, y con no pocas reservas, tuvimos que dar por bueno el testimonio de Leary, hasta que se publicó en España su segunda autobiografía, sin duda mucho más completa y fiable que la anterior. En esta nueva aproximación a los hechos que habían jalonado su vida, Leary describe con todo lujo de detalles su detención y posterior condena en el Condado de Orange (California) a una pena de diez años por posesión de marihuana, su período de internamiento en la Colonia de Hombres de California Oeste, en San Luis Obispo, y su fuga de aquel centro penitenciario de “mínima seguridad” gracias al apoyo prestado por varios activistas de los Weathermen Underground y Rosemary Sarah Woodruff, su tercera mujer, con la que se había casado en 1967, tras divorciarse de Nena von Schelbrugge. Valiéndose de un pasaporte falso, efectivamente Leary tomó en Washington un vuelo de la TWA hacia Europa, pero su destino no fue Madrid, sino la capital de Francia. El mismo episodio ya descrito en la primera autobiografía, en realidad, se había desarrollado en otro escenario y en esta nueva versión se desvelaba la auténtica personalidad de su misterioso benefactor:
»Topamos con el auténtico problema irresoluble. París estaba llena de turistas japoneses y no había una sola habitación de hotel libre. ¿Cómo se llamaba el psiquiatra francés ese que me había escrito largas cartas en las que me invitaba a visitarlo? Un nombre sefardí. Ben… Ben… Hojeé la sección de Medecins, Psychiatrique, de la guía telefónica. Pierre Bensoussan. Fuimos en taxi a un bistrot que hacía esquina con la consulta de Bensoussan. Marqué el número hecho un manojo de nervios y le dije al doctor que me llamaba Ken Kesey y era amigo de Timothy Leary. ¿Podía pasarme a verlo? Parecía encantado. Buen principio.
—Vale —dijo Rosemary—, iré a echarle un ojo. Si parece escamado, le diré que Timothy Leary está en Londres y que llega mañana a París. Entonces vuelvo aquí disparada y cogemos el primer avión a Argel.
Regresó a los quince minutos con una sonrisa de oreja a oreja.
—Es perfecto. Su despacho es un santuario psicodélico, con la foto del Dalai Lama en la pared. Es un gran fan. Insiste en que nos quedemos con él.
Durante siglos París ha sido refugio de fugitivos políticos y literarios. Pierre Bensoussan honró esa tradición. Nos llevó de celebración a un buen restaurante, donde nos achispamos y escuchamos sus fascinantes anécdotas sobre Gurdjieff, otro exiliado. Pierre esperaba que nos quedáramos y nos relacionáramos con el mundillo intelectual. Puesto que éramos clandestinos y utilizábamos pasaporte falso, nos mantendría escondidos en su casa de campo, cercana a la frontera suiza. Era alto funcionario del organismo encargado de las drogas de la ONU y por tanto estaba en conocimiento de información confidencial. Si se enteraba de que la cosa se nos iba a poner fea, podíamos plantarnos de un salto en Suiza en cuestión de media hora (Leary, 2003).
Bien pensado, es perfectamente comprensible que en sus confesiones iniciales —publicadas originalmente en 1973— Leary hubiera evitado a toda costa comprometer a su protector francés, en un momento en que la histeria contra el ácido lisérgico y su mayor propagandista todavía se encontraba en el momento más álgido. De hecho, en su primera autobiografía Leary ni siquiera citaba a su tercera mujer por su nombre, sino que se refería Rosemary Sarah Woodruff llamándola simplemente “ella”.
Llama la atención, sin embargo, que Leary decidiera sustituir París por Madrid y que se inventara un supuesto anfitrión español, casado con una “morena andaluza, llamativa y afectuosa”, en su deseo de mantener al Dr. Bensoussan en el anonimato. ¿Por qué no imaginó Leary su llegada a Europa en Estocolmo, Copenhague o directamente en Ginebra? ¿Por qué no atribuir a sus benefactores otra nacionalidad distinta de la española? En este sentido, nos inclinamos a pensar que si Timothy Leary se decantó por situar el escenario de su llegada a Europa en España fue por el imborrable recuerdo que conservaba de una visita que había realizado anteriormente, a finales de la década de los 50, también en circunstancias personales muy difíciles.
Torremolinos 50’s
Leary había contraido matrimonio por primera vez en 1944 con Marianne, quien aquejada de una fuerte depresión acabó quitándose la vida en 1955. Tras el suicidio de ésta, Leary dejó su puesto como director de Investigación Psicológica en el Hospital de la fundación Kaiser y tomó un barco en compañía de sus dos hijos de corta edad —Susan y Jack— con destino a Europa. Durante aquel “exilio europeo autoimpuesto”, él y sus hijos iban a vivir de “una magra beca de investigación y del cobro de las pólizas de seguros”. Rememorando aquel primer periplo europeo, Leary cuenta en su segunda autobiografía que la mayor parte del tiempo “leía filosofía y pensaba”, y sólo menciona de pasada su estancia en Florencia. Pero gracias a su libro High Priest (1968) —sin traducción hasta la fecha en castellano— sabemos que entre 1958 y 1959 permaneció durante unos meses en España, concretamente en Torremolinos, donde tendría lugar un episodio que se revelaría crucial en su vida.
A finales de la década de los 50, el pueblo malagueño que encontró Leary todavía no había sido pasto del turismo convencional en masa y el pequeño núcleo urbano compuesto por la calle San Miguel y adyacentes y las barriadas de El Calvario, El Bajondillo y La Carihuela aún conservaban su aspecto tradicional de pueblo andaluz de pescadores, pequeños agricultores y harineros. Sin embargo, si Leary se decidió por aquel enclave es porque Torremolinos ya gozaba entonces de cierta fama internacional —por el clima, los precios baratos, la tolerancia— como lugar de refugio para inadaptados de todo el continente: suecos temulentos, daneses colgados, alemanes quemados, ingleses desapegados… Leary se mostraba contundente al asegurar que la principal ocupación de esta colonia extranjera era drogarse y que su droga favorita era el alcohol, sin embargo olvidó mencionar entre aquella humanidad alcoholizada a algunos de sus compatriotas. En cambio, el escritor de novela negra William Peter McGivern, que recaló en Torremolinos por la misma época, destacaba la presencia de un “grupo de americanos, medios aventureros, medio borrachines, ruinas o casi, al final de su rollo tanto moral como físicamente”.
Lo cierto es que, antes de que la ciudad abierta de Tánger perdiera en 1956 el carácter internacional, consumándose su plena integración en Marruecos, no sólo Torremolinos sino la Costa del Sol entera se convirtió en alternativa como punto de retiro y recreo para los buscadores de esa curiosa mezcla de exotismo y cosmopolitismo que durante décadas habían confluido (encontrado refugio) en la legendaria ciudad norteafricana. Ya en 1954 la inauguración en Torremolinos de la espectacular sala de fiestas al aire libre El Mañana, que ocupaba más de 600 m2, con dos pistas de baile y un coqueto jardín de arbustos, magnolias y rosales, y donde los espectáculos más variados solían estar amenizados por varias orquestas, resultó un acontecimiento social por todo lo alto. Como suele ocurrir en estos casos, la influencia ejercida por aquella avanzadilla de aristócratas, aventureros excéntricos y demás personajes de esa especie de internacional de ilustres ociosos que viven permanentemente entregados a una bohemia dorada —y que no tardaría en ser bautizada genéricamente como jet-set— pronto comenzó a traspasar fronteras.
No es extraño pues que Leary acudiera a Torremolinos atraído por su incipiente aureola de lugar de privilegio para náufragos sociales, en su momento más chic y glamouroso, cuando el turismo internacional todavía no había acudido en tropel. En aquella época Leary, según confesión propia, se sentía deprimido y desorientado, tanto con respecto a su pasado como de cara a su futuro. Por una parte no acababa de superar la ausencia de su mujer, por otra tenía enteramente a su cargo a dos hijos de corta edad (por no mencionar el cachorro que había regalado a su hijo Jack). Cabe suponer que si se decidió por Torremolinos fue con el propósito de elevar su ánimo y tono vital.
Y ciertamente, en el pueblecito andaluz encontraría el revulsivo que andaba buscando, si bien éste no se presentó en la forma que habría deseado. En principio, los Leary se establecieron en una pequeña villa a las afueras del pueblo. Los niños iban a la escuela todas las mañanas, corriendo campo a través, mientras el padre permanecía en casa muriéndose de aburrimiento. Leary había llevado consigo un montón de baterías y tests psicológicos y se pasaba las horas evaluando —sin poder echar mano de una mala calculadora— interminables filas y columnas de items. Hora tras hora. Encima los datos demostraban con precisión descorazonadora que la psicoterapia no funcionaba. Aquella actividad tediosa y descorazonadora se le antojaba como una especie de yoga brutal. Cada operación laboriosa de cálculo probaba que la psicología era sólo un juego de la mente y que la psicoterapia no era sino una intromisión ardua, cara, ineficaz y carente de imaginación destinada a imponer la mente del psicoterapeuta sobre la del paciente. Cada indicador que sumaba o restaba lo propulsaba cada vez más y más lejos de la profesión que había elegido.
Una extraña enfermedad seguida de un cúmulo de desgracias
El mes de diciembre de 1958 se presentó lluvioso y desapacible, y el Mediterráneo mostró su cara más gris y fría. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina y en aquella casa de campo sin calefacción sintió como nunca el desamparo y la soledad. Conoció a una chica de Valencia que ejercía la prostitución y la invitó a casa, pero aquella relación circunstancial no podía sino ahondar en su crisis personal.
Hacia mediados de enero se mudó con los niños a un hotel que disponía de calefacción, pero el perrillo de su hijo, que estaba acostumbrado a vivir al aire libre en el campo, y la actitud distante de Leary disgustaron al propietario, de modo que los Leary —cachorro incluido— se tuvieron que trasladar de nuevo, esta vez a una vivienda excavada en la roca, al final de la calle San Miguel. En realidad, se trataba de una gruta con muros ondulantes, donde las camas siempre se encontraban húmedas.
Leary fue entonces presa de una extraña y aparatosa afección. El primer síntoma en manifestarse fue una insoportable picazón en el cuero cabelludo, que fue a más. Ese mismo día, hacia el anochecer, la cara comenzó a hinchársele y las mejillas se le poblaron de ampollas. Hizo venir a un médico danés que le dio una inyección y pastillas para dormir. Lejos de mejorar, a la mañana siguiente se despertó sin apenas poder abrir los ojos y con el rostro cubierto de pus seco. Vino un médico autóctono que le puso más inyecciones y le dio más píldoras para facilitar el sueño. Sus hijos lo contemplaban con ojos apesadumbrados y él se encontraba hecho polvo, roto. La cama estaba fría y húmeda, pero aun así consiguió dormir unas horas.
Al tercer día la afección se había extendido por todo el cuerpo. Grandes sarpullidos de ampollas habían colonizado la espalda, parte del abdomen y los costados del paciente. Ambos doctores, el danés y el español, se pusieron de acuerdo y volvieron a inyectarle con una gran aguja hipodérmica. Viendo que no mejoraba, por la tarde dejó a sus hijos al cuidado de una familia de Pennsylvania que estaba disfrutando de una estancia sabática y tomó un taxi hasta Málaga para consultar a un especialista, quien se quedó pasmado ante la visión que ofrecía y le administró otras dos inyecciones.
De regreso a Torremolinos, los médicos insistieron en que le convendría mudarse a un lugar más cálido y seco, y se trasladaron a un hotel en el que hubo que mantener oculto al perro, pues no se admitían animales. A pesar de la medicación recibida y del lugar más bonancible, por la noche la enfermedad se había extendido a las extremidades. Las muñecas y las manos se hallaban hinchadas y paralizadas. Los tobillos y los pies parecían balones. Como no podía andar ni mover los dedos, Leary permaneció sentado en la oscuridad durante algunas horas, a solas con sus miedos, con su extremo abatimiento, víctima de su postración, sintiendo el olor de su propia decadencia, el aroma de su propia desintegración.
En un momento dado, haciendo acopio de fuerzas intentó levantarse, pero cayó de bruces. Obligándose a encender la luz, tuvo que arrastrarse por el suelo hasta dar con el interruptor eléctrico. Pero las penurias de Leary parecían no tener límite. El cachorro de su hijo Jack también había enfermado y cuando consiguió encender la luz vio que un reguero de excrementos de color amarillento recorría de forma acusadora toda la habitación. Ni siquiera su deplorable estado iba a ser salvaguarda de desalojo si no era capaz de hacer desaparecer aquella evidencia antes de que se enterara el servicio. Así que reptó hasta el cuarto de baño y tiró con las pocas fuerzas que tenía del rollo de papel de váter. Durante la hora siguiente estuvo arrastrándose por el suelo, limpiando las heces del chucho.
Como los infortunios para Leary parecían no tener fin, cuando intentó deshacerse del papel sucio, pudo comprobar que el inodoro no funcionaba. Completamente desesperado, se acercó hasta la ventana del baño, que daba a la parte de atrás del hotel y lanzó por allí el montón de papel de váter. Pero entonces quiso el mal fario que algunos jirones de papel quedaran atrapados en unos cables, colgando como gallardetes de calle en fiestas, ondeando al viento, como abanderados proclamando aquella acción tan poco cívica. Sacando fuerzas de flaquezas, y valiéndose de un paraguas a modo de bastón, Leary salió tambaleando de su habitación y cruzó como pudo el vestíbulo del hotel, descendió un tramo de escaleras y atravesó el embarrado patio trasero. Cada paso le suponía una tortura y cayó al suelo unas cuantas veces, pero finalmente consiguió auparse sobre un cajón de cervezas y rebozarse con el papel de váter colgante, tal y como hubiera hecho un orate luchando a brazo partido contra unos buitres.
Cuando estuvo de vuelta en su habitación habían pasado dos horas. Se encontraba extremadamente débil y tembloroso y se dejó caer en una silla para el resto de la noche, envuelto en lo que había sido su uniforme de camuflaje durante su aventura en el patio del hotel: un impermeable Burberry.
Había tocado fondo.
Un diagnóstico arriesgado o Las razones del alma
Al hilo de la sintomatología expuesta, podemos preguntarnos por la naturaleza de la extraña afección padecida por Leary durante su estancia en Torremolinos. No es fácil pronunciarse al respecto porque desconocemos el diagnóstico facultativo (si es que lo hubo) y del tratamiento prescrito, ni siquiera conocemos el nombre de la sustancia o sustancias que le inyectaron los distintos médicos que lo trataron. Lo único que sabemos es que tomó somníferos.
En principio, no parece que se tratara de una enfermedad contagiosa de persona a persona, por simple convivencia, porque sus hijos en ningún momento enfermaron. Y, a pesar del episodio fugaz con la prostituta, podríamos descartar cualquier enfermedad de transmisión sexual. Si bien el periodo de incubación hace atractiva esta hipótesis y la sífilis sería una buena candidata, es infrecuente su expresión sin chancro en el pene, algo que nuestro ilustre enfermo difícilmente hubiera dejado de constatar. Por lo demás, y habiendo transcurrido poco más de 15 días desde el contacto sexual, la aparición de lesiones cutáneas —en la sífilis son en las palmas de las manos y plantas de los pies—, así como recurrencias posteriores relacionadas con sistema nervioso, serían congruentes; pero que dicho diagnostico pasara desapercibido a tres médicos raya en lo increíble.
A pesar de la enfermedad sufrida por el cachorro del hijo, no resulta muy probable que el origen estuviera en un contagio de origen animal, pues el perro enfermó después de que lo hiciera Timothy Leary —aunque la enfermedad pudiera tener un periodo de latencia— y en ningún momento la dolencia canina afectó a Jack (al que ha de suponérsele una mayor proximidad al chucho). Tampoco es probable que en pleno invierno Leary fuera víctima de algún mosquito o cualquier otro parásito autóctono.
No sabemos qué comió Leary antes de sufrir el episodio descrito, ni qué manipuló, ni a qué pudo estar expuesto, pero lo más plausible sería pensar en un proceso agudo derivado de una infección de periodo de incubación corto, o en una intoxicación por un agente químico, o incluso en una reacción alérgica a alguna sustancia ambiental. Es posible que en su relato de los hechos Leary exagerara los síntomas y el ritmo con el que aparecieron y desaparecieron, pero en cualquier caso no hace falta un ojo clínico muy agudo para concluir que su enfermedad, fuera la que fuera, tuvo un origen psicosomático.
Sin ir más lejos, en el Diccionario de enfermedades y las causas mentales que las provocan (1992), Louise L. Hay establece las siguientes equivalencias sobre los síntomas manifestados por Leary:
»ALERGIA: “¿Alérgico a quién? Negación del propio poder”.
AMPOLLAS: “Resistencia. Falta de protección emocional”.
ABSCESOS: “Cólera relacionada con aquello que no se quiere soltar”.
COMEZÓN o PRURITO: “Culpa por el pasado. Remordimiento”.
DOLOR: “Culpa, deseo de castigo. No valgo”.
HINCHAZÓN: “Bloqueo del pensamiento. Ideas atascadas, dolorosas”.
INFLAMACIÓN: “Temor. Ira. Pensamientos inflamados”.
IRRITACIONES: “Rabia sin expresar que se instala”.
SARPULLIDO: “Irritación por los retrasos. Forma pueril de llamar la atención”.
PARÁLISIS: “Temor. Terror. Huida de una situación o de una persona. Resistencia”.
En este sentido, aunque ignoremos qué había ingerido Leary, o qué había tocado, o qué había inhalado, lo que sí conocemos es su estado de ánimo. Sabemos que estaba triste, solo y aburrido, que se pasaba los días codificando datos de interminables tests, mientras desconfiaba de la profesión que había decidido ejercer, sumido en una profunda depresión. El pasado lo remitía al doloroso suicidio de su mujer y el futuro se le presentaba incierto a más no poder. Además, el presente lo estaba viviendo lejos de su hogar, con dos hijos y un perro a su cargo… No es de extrañar que su cuerpo estallara en una sintomatología tan aparatosa, que la frustración acumulada se manifestara de aquella forma tan espectacular, especialmente en un ser cuya intuición y sensibilidad estaban destinadas a cambiar el acervo cultural y espiritual de Occidente en su conjunto. Ya lo decía Truman Capote: “A quien Dios le da un don, también le da un látigo, para que se flagele”.
Muchos no dudarían en calificar esta crisis personal como la antesala de lo que se conoce como una emergencia espiritual, y seguramente el mismo Leary sería el primero que se apuntaría a esta explicación. De hecho, según sus propias palabras, la mejoría de su afección no sobrevino hasta que, de regreso a su habitación —tras la proeza de hacer desaparecer el papel de váter acusador del tendido de cables en el patio del hotel—, sintió literalmente que se moría. En aquel momento, allí sentado, vestido con el impermeable Burberry, se entregó completamente… Dejándose ir… Abandonándose… Desistiendo de cualquier conato de resistencia…
Lentamente fue liberándose de todas las ataduras que hasta entonces lo habían tenido atenazado en vida: la carrera, las ambiciones profesionales, el hogar, la identidad personal, los remordimientos, los deseos… Notó una ligera opresión interna y, de repente, sintió una especie de chasquido y cómo todos los vínculos que lo convertían en un ser social desaparecían súbitamente. La angustia cesó y por primera vez se sintió como un varón de treinta y ocho años, con dos hijos, enteramente libre. Entonces pudo sentir un pálpito de vida, una sensación similar a la que producirían caudales de energía recorriendo su interior. Había superado con éxito las aristas más cortantes del desafío existencial al que se había visto enfrentado.
Con la llegada del amanecer, Leary empezó a mover las manos. La hinchazón de las extremidades había desaparecido. Entonces buscó papel y lápiz y escribió tres cartas. Una a sus jefes, comunicándoles que no tenía intención de reincorporarse al trabajo. La segunda a su agente de seguros, con el fin de agilizar el cobro de las pólizas pendientes. Y un tercer y largo manuscrito dirigido a un colega, en el que apuntaba ciertas revelaciones en torno a la nueva psicología, la naturaleza de la mente como artefacto limitador, las incontables posibilidades de la conciencia liberada de la mente y el efecto liberador del proceso de renacimiento que sólo llega a través de la muerte de la mente. Es como si el propio Leary hubiera entendido desde el primer momento que aquella ordalía a la que se había visto expuesto en Torremolinos, y a la cual no dudó en calificar de preludio abismal, no sería sino el primero de la larga cadena de trips de muerte-renacimiento que en poco tiempo iban a jalonar su vida. La lección final extraída por Leary de su experiencia quedó sintetizada en su famoso “Turn On, Tune In, Drop Out”, un llamamiento vagamente autoemancipador que invitaba a las personas a conectar, a sintonizar y a dejarse ir.
En primavera, una vez recuperado del doloroso proceso de mutación sufrido, Leary partió con sus hijos hacia Florencia, donde recibiría la histórica visita de Frank Barron en la que éste le habló del uso en México de “hongos mágicos” para inducir visiones y trances. Todo estaba preparado para que Leary regresara a EE. UU. e iniciara la intensa actividad psicodélica que, unida a su promesa de autoliberación, lo situaría a la cabeza de un movimiento contracultural que socavaría los cimientos del orden social establecido.
Y de Torremolinos… ¿qué?
En principio, la estancia de Leary en Torremolinos pasó prácticamente desapercibida y apenas tuvo influencia alguna sobre el devenir de la villa andaluza. Sin embargo, la fama y el particular despegue económico y urbanístico de aquel pueblecito typical-spanish era ya irreversible. El papel de la literatura en este sentido resultaría decisivo. Así, el citado autor estadounidense William Peter McGivern en su novela Seven lies South (1960) —traducida al castellano como Costa del Sol (1962)— nombraba Torremolinos con un nombre ficticio, aunque era fácilmente reconocible, pues mencionaba con su nombre la calle San Miguel, el bar Central, el hotel Pez Espada e incluso la loma de los Riscos.
También a principios de los 60 el novelista Juan Goytisolo convirtió Torremolinos en el escenario La isla (1961) —lógicamente en sentido metafórico, no geográfico—, en donde la protagonista principal de su novela, hastiada esposa de un diplomático, pasaba unas vacaciones en las que se enfrentaba a infidelidades matrimoniales, recuerdos de infancia y convencionalismos sociales. En esta obra, el mediano de los hermanos Goytisolo mostraba un profundo conocimiento no sólo de Torremolinos sino también de Málaga capital, sus lugares, costumbres, familias, dejando patente en todo momento la libertad de costumbres de los veraneantes de Torremolinos frente a la sociedad malagueña de la época. El escritor mencionaba las salas de fiesta El Mañana, El Remo, la discoteca Eldorado, los bares Central y Quitapenas, el hotel Pez Espada y el hostal Costa del Sol y también dedicaba una referencia a la visita del actor Raf Vallone a la localidad.
A título de curiosidad, podemos decir que ese mismo año Fernando Sánchez Dragó escribió la novela Eldorado, que no se publicó hasta 1984, y cuyo título hacía honor a la discoteca del mismo nombre que existía en la calle María Barabino de Torremolinos. En ella se rememoraba una intensa y fugaz historia de amor, con los impulsos y dudas propios de la juventud, cargada de citas y homenajes literarios, que se desarrollaba en los principales locales de Torremolinos: El Mañana, el bar Central, el hotel Pez Espada, El Oasis, La Roca, El Remo, el hostal Casa Escandinava, sin olvidar la calle San Miguel y por supuesto la discoteca que daba nombre a la obra. Curiosamente, el autor desvelaba el consumo de otras drogas distintas del alcohol en el Torremolinos de la época, pero todavía no había mención alguna al ácido lisérgico, pues su principal propagandista, Timothy Leary, en aquellos momentos todavía se encontraba en los albores de sus investigaciones con la sustancia.
El conocido autor estadounidense de novela negra Stephen Marlowe también ambientó su novela Jeopardy is my Job (1962) en la Costa del Sol, lo cual es otra buena muestra de la fama internacional que había adquirido Torremolinos y su área de influencia inmediata. Una fama que parecía no gustar a todo el mundo. Así, al año siguiente, el escritor malagueño José María Souviron escribió la que quizá sea la novela más reaccionaria que jamás se haya escrito sobre la localidad: Cristo en Torremolinos (1963). El protagonista era un médico gafe a quien se le morían todas las novias y acababa profesando en un convento. Era una obra que había nacido anticuada, en la que se citaban de pasada locales como El Mañana, Eldorado y el bar Pedro’s y en la que todas las referencias al hedonismo y a la libertad de costumbres en la Costa del Sol destilaban desprecio y repudio moral. No tan reaccionaria, pero igualmente conservadora, puede considerarse la novela Desnudo pudor (1964), de Manuel Halcón. La trama de esta obra giraba en torno al amor —en principio imposible— entre un joven aristócrata reconvertido en empresario del sector hotelero y la esposa de su socio y amigo. En la novela se trataba con cierto desprecio la libertad sexual imperante en la Costa del Sol, especialmente entre las mujeres extranjeras. Ambientada en una urbanización imaginaria, en sus páginas se nombraban la sala de fiestas El Remo, de Torremolinos, y el Marbella Club.
Daniel Sueiro publicó otra novela sobre Torremolinos, Solo de moto (1967), que años más tarde inspiraría la película El puente (1976), de Juan Antonio Bardem. Describía el viaje en motocicleta de un joven aprendiz de mecánico con destino —como anunciaba la publicidad del libro— “al paraíso kitsch de Torremolinos, aquél edén de suecas y cubalibres a gogó”. La localidad no aparecía en toda la novela, con lo que el renombrado pueblo costero andaluz pasaba a convertirse en una especie de meta ideal.
Pero no sólo la literatura se ocupó de promocionar directa o indirectamente la Costa del Sol en general y Torremolinos en particular. También el cine hizo notables contribuciones. En este sentido, merece destacarse la película Días de viejo color, de Pedro Olea (1967), quien hacía servir las vacaciones en Torremolinos de unos jóvenes madrileños como marco a una historia de amor con fin convencional. Sin embargo, la película reflejaba el ambiente de tolerancia de que disfrutaba la Costa del Sol al abordar temas aún tabú como las relaciones prematrimoniales, las drogas y la homosexualidad. Vistas ahora, resultan impagables las estampas del viejo Torremolinos: un jovencísimo Luis Eduardo Aute como cantautor en la plaza de la Gamba Alegre, la misa en la parroquia de San Miguel, escenas en las entonces flamantes urbanizaciones de La Nogalera y La Roca, la diversión en las playas, la delirante y psicodélica fiesta en un chalet con asistencia, entre otros conocidos personajes, de una alucinada Massiel y del travesti francés Coccinelle escuchando Carmen, de Bizet , a 45 revoluciones por minuto, etc.
Hijos de Torremolinos
A principios de 1968, aquel año que conmocionó al mundo, el periodista José Luis Navas denunciaba desde las páginas del diario Pueblo la circulación de dosis de LSD entre “los jovenzuelos melenudos de todos los países, los invertidos, los golfos profesionales, las chicas de alterne, unas nacionales y chulaponas, otras, extranjeras, más dulces por rubias; unas, mayores en edad y en experiencia, otras casi niñas, aunque ya poco ingenuas”, que poblaban “los bares, los clubs, las boites y los cabarets” de la zona más concurrida de Torremolinos. Hacía dos años que los medios de comunicación de masas habían descubierto el ácido lisérgico, y Timothy Leary era conocido no sólo en la Costa del Sol sino en todo el mundo por su labor de proselitismo psicodélico. Pero mucho nos tememos que, dado el tiempo transcurrido desde la visita que culminó en su primer trip, nadie recordara que tan ilustre personaje había pasado una temporada en el pueblo hacía justo diez años.
La afición de los estadounidenses por visitar cual santuarios aquellos lugares descritos por sus glorias nacionales —seguramente el caso más flagrante sea el que podemos denominar “circuito Hemingway”— está más que probada. Así que, al quedar desvelada con la publicación de High Priest (1968) su efímera pero trascendental visita a Torremolinos, es seguro que muchos jóvenes acudieron en peregrinación, con lo que no tardó en convertirse en uno de los puntos neurálgicos en el itinerario de muchos hippies nómadas, en tránsito permanente entre la península y algunas ciudades marroquíes: Tánger, Marrakech, Taghazout, Xauen, Ketama, Esauira, Diabat…
Este es el ambiente que quiso reflejar el viajero y escritor neoyorkino James A. Michener cuando publicó su obra The Drifters (1971), cuyo título en su versión española no se tradujo como Los vagabundos sino como Hijos de Torremolinos (1971). A sus 64 años Michener consiguió un auténtico best-seller, vendiendo millones de ejemplares en todo el mundo con una historia en la que el azar reunía a seis jóvenes de distintas nacionalidades —dos chicos y una chica estadounidenses, un israelí, una inglesa y una noruega— en Torremolinos, como punto de partida para una serie de aventuras a través de España, Portugal, Mozambique y Marruecos. Los componentes del grupo rechazaban los valores y normas convencionales y se sentían empujados al mundo de los expatriados y vagabundos, de las drogas y de la música rock. Posteriormente se incorporaban al grupo un sexagenario y otro personaje en la cuarentena, lo cual daba pie a Michener a introducir algunos aspectos del choque entre representantes de tres generaciones. La novela describía un Torremolinos mítico, una especie de Babel contemporánea donde casi no se hablaba castellano, el lugar de preferencia no sólo de turistas convencionales, sino de jóvenes inconformistas y bohemios que buscaban un lugar idílico donde iniciar una nueva vida, con una libertad de costumbres tolerada por las autoridades locales. Según un artículo realizado por Joe Distler para el Club Taurino de Pamplona, el bar que constituía el eje de la novela estaba inspirado en un local que existió realmente, llamado Dirty Old Man y luego Bar de Harry, propiedad de Matt Carney y Harry Black. El libro describía el ambiente cosmopolita de la costa y lo variopinto de sus visitantes. Artistas de cine, príncipes y millonarios se encontraban con vividores, jóvenes desorientados, turistas anónimos, camareros y trabajadores de hotel en una narración que encerraba múltiples historias que se entrecruzaban para configurar una trama muy amena.
A esas alturas ya nadie podía negar que los consabidos tópicos —las suecas, la sangría, el latin lover, el flamenco y la paella— se habían adueñado del imaginario colectivo. Un boom turístico sin precedentes había proyectado la Costa del Sol hacia una edad de oro cuyos últimos vestigios todavía son bien visibles. Pero repasando la historia podemos observar cómo las primeras divisas comenzaron a llegar parejas a la modernidad, el cosmopolitismo, el espíritu de diversión y las ganas de vivir, que en realidad no tardaron en impregnar toda la costa levantina, desde el Cap de Creus hasta la Punta de Tarifa. En este sentido, no estaría de más que algún día honráramos tributo al turismo como un fenómeno social que excedió de lo meramente económico. Un fenómeno que irrumpió como una corriente de aire fresco en un país atenazado por la dictadura franquista, influyendo también en aspectos sociales, culturales, artísticos e incluso ideológicos, aunque para ello en apenas una década Torremolinos dejara de ser un puerto seguro para aquellos que —en palabras de Michener— deseaban “huir de la locura del mundo” y pasara convertirse justo en lo contrario: un “refugio totalmente loco”.
Bibliografía
LEARY, T.: Confesiones de un adicto a la esperanza. Barcelona: Producciones Editoriales, 1978.
LEARY, T.: Flashbacks. Historia personal y cultural de una época. Una autobiografía. Barcelona: Alpha Decay, 2003.