En la primera parte de este trabajo, publicada en el número 11 de ULISES, tuvimos la oportunidad de analizar el papel desempeñado por los medios de comunicación en general y la prensa de masas en particular en la activación del interés profano por el ácido lisérgico y en la consecuente diseminación de la sustancia al margen de usos clínicos.
Sobre todo, insistimos en el cambio radical registrado en poco tiempo en el discurso de los medios, coincidiendo precisamente con esa difusión del ácido en la calle, a la que ellos, sin duda, tanto habían contribuido… y seguirían contribuyendo.
Las evidencias en este sentido son abrumadoras. Por ejemplo, a finales de la década de los 50 una revista juvenil editada por el Centro Interno de Acción Católica de Nuestra Señora de las Escuelas Pías divulgaba entre sus lectores los secretos de “La droga que cambia la personalidad”, sin que su uso mereciera ningún tipo de reprobación moral, y el periódico La Vanguardia celebraba los logros conseguidos por el doctor Rojo, de la Universidad de Granada, en la psicoterapia de grupo, al aumentar la empatía en pacientes “sometidos previamente a LSD 25”. El propio Antonio Escohotado ha afirmado en más de una ocasión que en 1964 todavía “no había en España la menor alarma” ante este asunto.
Sin embargo, apenas dos años más tarde la histeria antipsiquedélica se desató de repente en la prensa y hasta en la televisión. Y la misma sustancia que pocos años antes el diario La Vanguardia —por citar un medio poco sospechoso— había calificado como “prodigiosa droga de la memoria” en el verano de 1966 le merecía otras consideraciones bien distintas, como “problema para la humanidad”, “peligro latente”, etcétera.
Curiosamente, al mismo tiempo que la sustancia era vetada por parte de las autoridades, recibía el mismo tratamiento mediático que cualquier estrella del rock o artista de cine. De hecho, a partir de 1966, la LSD ocupó portadas enteras, generó grandes titulares y fue objeto de extensos reportajes en toda la prensa de referencia. De tal manera, puede decirse que a finales de la década de los 60 la psiquedelia era un fenómeno absorbido ya por la esponja mediática, que lo había convertido en algo popular y hasta banal.
Intentamos explicar cómo ese cambio había estado motivado por el giro de 180 grados dado por la psiquiatría oficial, que al percibir que había perdido por completo el control del fármaco, trocó su ilusión inicial ante el abanico de posibilidades abierto por la sustancia por la condena sin paliativos de su empleo. Y también cómo su ilegalización en EE. UU. y la primera aprehensión en territorio español de varias dosis de ácido a una pareja extranjera en Ibiza precipitaron su prohibición —junto con la mescalina y la psilocibina—, durante el llamado Verano del Amor, también en España.
Por último, expusimos datos de la propia Dirección General de Seguridad para poner el tela de juicio la proporcionalidad del alarmismo creado y llegar a la conclusión de que los índices del consumo real de la sustancia no justificaban para nada la histeria desatada. De hecho, puede decirse que a finales de los 60 en España sólo había cuatro focos psiquedélicos de cierta entidad: uno en Cataluña, vinculado a las veladas gastronómico-literarias celebradas por la autoproclamada Confraria de Bevedors de Vi de Girona; otro en Madrid, surgido a partir del interés demostrado por el filósofo Antonio Escohotado y el escritor Mariano Antolín Rato; un tercero en Sevilla, en torno a la escena musical desarrollada en torno al grupo Smash; y por último otro más en Ibiza-Formentera, asociado a la presencia de una colonia internacional de beatniks y hippies.
Tras la prohibición de la sustancia, la prensa de masas se volcó en destacar los supuestos peligros de la LSD: graves alteraciones psíquicas, alucinaciones persistentes, desintegración de la personalidad, manía persecutoria, tendencias suicidas, daños irreversibles en los cromosomas, lesiones cerebrales irreparables, comportamientos antisociales y particularmente violentos, conductas sexuales voluptuosas y desenfrenadas, efectos teratógenos y malformaciones congénitas. Por último, los medios también la consideraban como una droga de paso hacia el consumo de otras sustancias más peligrosas, como la heroína, al tiempo que mostraban su preocupación ante la posibilidad de que, dado lo infinitesimal de sus dosis, pudiera ser ingerida involuntariamente por las personas e incluso llegará accidentalmente a manos de niños.
Con tal de no quedar al margen, el cine español supo explotar el filón de funestos vaticinios aireados por la prensa. Así, entre vaporosas escenas de colocón, descompensados encuentros sexuales, colores saturados y doblajes de plástico, películas como El último “viaje” (1974), de José Antonio de la Loma, y Juventud drogada (1977), de José Truchado, vinieron a subrayar, con su correspondiente carga de moralina, el corto itinerario que supuestamente existía entre darle una calada a un porro, acceder a una experiencia psiquedélica y tener un síndrome de abstinencia en toda regla.
Pese al cuadro tan siniestro dibujado en torno a la dietilamida del ácido lisérgico, algunos periodistas se iniciaron en su empleo con el fin de poder ofrecer relatos de primera mano. Los casos más llamativos en España estuvieron protagonizados por Tico Medina, cuyo reportaje “Viaje al LSD”, publicado en el diario Pueblo, le valió un premio a la popularidad en 1968, y Ángel Montoto, quien exprimió al máximo su experiencia lisérgica publicando el mismo reportaje en dos revistas distintas con apenas dos años de diferencia. El trabajo que la Gaceta Ilustrada tituló “Yo, doce horas drogado” (1976) también apareció en Interviú bajo el título “Un viaje a la locura” (1978), siguiendo un estilo muy parecido al que ya había utilizado en 1953 el periodista Sydney Katz (ver ULISES, n.º 11).
Todo indica que, a pesar de las admoniciones de la prensa y de la creciente represión policial, durante la segunda mitad de los 70 se registró en España una intensa actividad psiquedélica. Al menos, eso se deduce del incremento anual de decomisos: 1.616 dosis o unidades en 1976, 2.367 en 1977, 4.332 en 1978, 10.124 en 1979…
Especialmente interesante en ese contexto transicional fue la coyuntural alianza ácrata-psiquedélica que se produjo en Barcelona y su área de influencia inmediata, donde resurgió con fuerza un pujante movimiento libertario que aspiraba a renovar el viejo anarcosindicalismo desde los ateneos de los barrios, atrayendo a personas de distintas generaciones con el denominador común del espíritu crítico. De algún modo, la psiquedelia entroncó con el surrealismo, el sentido del humor y el lógica libertaria, impregnando muchas facetas de su labor cultural, lúdica y social. A título anecdótico, podemos destacar que esta conexión ácrata-psiquedélica tuvo su máximo exponente en la fundación de la Editorial Zafo, que, entre otras publicaciones alternativas, lanzó al mercado la primera “revista psiquedélica” aparecida en el Estado español: Globo (1979-1980). Sin embargo, como la editorial se había financiado con el botín obtenido por una célula libertaria en el atraco a un furgón blindado, la andadura de la revista se vio truncada cuando la policía detuvo a los integrantes del comando autónomo que la habían financiado.
Durante los años 70 se formaron colectivos específicamente psiquedélicos, como el autoproclamado Tercer Frente de Liberación Universal, que difundió “El Manifiesto de la Soledad”, y el Col·lectiu per l’Alliberament Psiquedèlic, que editó un fanzine —una especie de réplica pobretona de Globo— titulado Al Cim (Revista psiquedèlica del País Valencià i d’on sigui necessari). Además, revistas como Ajoblanco, Ozono, Star, El Viejo Topo, Bazaar, etcétera, comenzaron a ofrecer puntos de vista sobre la experiencia psiquedélica radicalmente distintos al discurso institucional establecido por los mass media. En este sentido, puede decirse que las nuevas publicaciones alternativas y contraculturales y la prensa de masas sólo tuvieron durante esos años un punto de convergencia: su obsesión por la pureza y la posible adulteración del ácido que corría por la calle.
Las manifestaciones culturales de la psiquedelia abarcaban todos los campos: pintura, poesía, literatura, cómic… Sin embargo, entre finales de los 70 y principios de los 80 todo se torció de repente.
A principios de 1979 el escritor Mariano Antolín Rato, destacado por la crítica como el máximo exponente del “realismo psiquedélico”, concluía una extensa reconsideración sobre el uso de LSD, publicada en la revista El Viejo Topo, con las siguientes palabras:
»En estos últimos años […] la cultura psiquedélica se ha vuelto especialmente underground, clandestina. Sigue funcionando como siempre funcionó antes de la eclosión pública de su consumo en los años sesenta. Desplazado del papel estelar por otras drogas más a la moda (los opiáceos), el LSD no ha pasado a formar parte de los productos de consumo masivo: lo que sí ha ocurrido con el cannabis y derivados. Se utiliza con más cuidado, una vez que se ha conocido lo relativamente imprevisible de sus efectos.
Pero la historia del movimiento psiquedélico (asunto sobre el que, hasta ahora, no había tenido tiempo de reflexionar, ni de hacer recapitulaciones) sigue. Aún no puede ser contada adecuadamente. Al menos como Historia. Lo que, a lo mejor, ni maldita la falta que hace.
Efectivamente, durante la década de los 80 y gran parte de los 90 el interés de los medios de comunicación de masas por la psiquedelia decreció notablemente en favor de otra sustancia que nada tenía que ver con la expansión de la conciencia, sino más bien con la esclavitud de la materia: la heroína. El alarmismo obró los mismos efectos que años atrás había producido con el ácido. La fascinación por el producto acabó generando un estímulo de la demanda y propiciando que el consumo de heroína se fuera extendiendo hasta llegar a ser identificado como uno de los problemas sociales más preocupantes del momento. Las publicaciones alternativas y contraculturales no fueron una excepción en este sentido, dejándose contagiar por el fragor mediático provocado por la repentina aparición del caballo. Y no sólo eso, sino que además contribuyeron a extender la idea de que su introducción obedecía a un plan maquiavélico orquestado por el Gobierno, los servicios secretos estadounidenses y ciertos poderes económicos en la sombra, con el fin de neutralizar el potencial de una juventud que hasta entonces se había mostrado decididamente partidaria de la revolución de la conciencia. A pesar de no existir evidencias verificables que la sustentaran, la teoría resultaba tan oportuna y sugestiva que acabaría calando hondo en el colectivo imaginario de los españoles, mientras contribuía a relegar a la cultura psiquedélica a un segundo plano de actualidad.
A principios de los 80 asistimos a los que parecían sus últimos coletazos. El escritor Ramón Buenaventura incluía la descripción de un viaje lisérgico en su novela Ejemplo de la dueña tornadiza (1981) y el 19 de octubre de ese mismo año los Grateful Dead pusieron fin a su gira europea con un concierto celebrado en el Palacio Municipal de Deportes de Montjuich (Barcelona), primero y único que daban en España. Fueron cuatro horas memorables de música en vivo y auténtico delirio, quizá la última gran flipada colectiva, pero una sola frase de la reseña aparecida en La Vanguardia dos días después venía a resumir perfectamente el espíritu del momento:
»Los Dead son los mismos [de los viejos tiempos], todavía, y esto es lo malo, porque nada es ya lo mismo.
Efectivamente, la cultura psiquedélica había quedado enterrada en lo más hondo del baúl de los recuerdos y el hippismo era rechazado sin paliativos en una escena dominada por la llamada nueva ola y el punk. Los seguidores del grupo Siniestro Total coreaban con énfasis la letra de la canción “Matar jipis en las Cies” (1982) y el libro Testimonio materno (1985), de la escritora Elena Soriano, que suponía un duro alegato antipsiquedélico, se convertía en un auténtico best-seller1. No es de extrañar que ante semejante panorama algunas personas se apresuraran a desmarcarse de su pasado, como la también escritora Rosa Montero, quien hasta entonces se las había dado de progre, y no tardó en declarar públicamente que, en realidad, había sido una “hippy fatal”.
Con todos los medios de comunicación volcados en la denominada movida madrileña, pocos eran los que se atrevían a reivindicar algo tan pasado de moda. Entre las escasas excepciones, cabe citar el caso de Buenas Vibraciones, extraña y multitudinaria banda integrada por Patacho, Iñaki Glutamato, Poch, Pepe Aura, Luis Jovellar, Fernando Caballero y Ulises Montero, entre otros músicos con un sentido heterodoxo del pop, que compusieron una enloquecida “zarzuela psicodélica”, con temas imaginativos, lúcidos y bañadas de humor —grabada y mezclada a finales de 1982 y principios de 1983—, cuyo título era todo un guiño de complicidad: Paris Le Trip. Aparte de proyectos tan arriesgados, sólo un intocable como el director de cine Pedro Almodóvar se atrevía incluir referencias abiertamente lisérgicas en su película Entre tinieblas (1983). De hecho, la aparición ese mismo año de un fanzine titulado Ansia de Color —por más que se autoproclamara “the Best Psychedelic Journal of the World”— era un claro exponente de los duros tiempos que corrían para la cultura psiquedélica.
Desde luego, Pau Riba, Jaume Sisa y otros ilustres supervivientes de los años gloriosos proseguían sus carreras sin renunciar a su pasado. Lo mismo puede decirse de varios artistas, como los pintores Mati Klarwein, Robert Venosa, Zush, Vicente Ameztoy, Esteban Sanz y David Martí, o el ceramista Jaume Mateu Muntaner, quienes seguían desarrollando creaciones de indudable inspiración visionaria. Pero tal y como en su día había pronosticado Antolín Rato, la cultura psiquedélica se había tornado clandestina, como era antes de su eclosión durante los años 60, prácticamente invisible. En parte, sobrevivía gracias a publicaciones de carácter underground, como el fanzine el titulado LSD Herald Tribune, u otro titulado Al Filo de la Cuchilla, que sugería rutas turístico-recreativas para “flipar” por la Barcelona preolímpica después de haber ingerido un buen ácido, e incluso otros como Dementia in Caveland, donde alguien firmaba sus colaboraciones con el seudónimo de El Cornezuelo de Centeno.
Pese a la impresión general, en círculos bastante restringidos seguía manteniéndose cierta curiosidad por el uso ritual de drogas visionarias y la expansión de la conciencia mediante las mismas, la cual se veía colmada con la publicación puntual de algunos artículos, entrevistas y libros sobre el tema. Pero su repercusión en los medios de comunicación de masas era escaso, y el poco interés que demostraban por la psiquedelia algunas medios, como las revistas Rambla Rock (octubre de 1988) y Primera Línea (agosto de 1988), se configuraba impregnado de nostalgia.
Tras una larga temporada en el purgatorio, en la década de los 90 —especialmente en su segunda mitad— la psiquedelia reverdeció con una fuerza inusitada. Visto ya desde cierta distancia, seduce la idea de apelar a una serie de junguianas sincronicidades, es decir, a una cadena de coincidencias significativas, para explicar este resurgimiento.
Premonitoriamente, la revista Ruta 66 (marzo de 1986) había publicado unas declaraciones de Julian Cope en las que músico británico proponía una revitalización del viejo espíritu psiquedélico partiendo de las bases:
»Cuando me refiero a la psicodelia no me refiero precisamente a toda esa basura sobre la paz y el amor que inundó la última mitad de los 60. Puedes olvidarte de nuevo y con toda tranquilidad de los hippies que siempre aborreciste.
[…]
Olvidemos a Timothy Leary y las historias de Tom Wolfe; cuando la LSD llegó al mundo, los intelectuales se dedicaron a teorizar sobre él, a racionalizarlo. El resto se dedicó a tomarlo y a alucinar. Es ese resto lo que nos interesa: los que hicieron la música. Pero no Grateful Dead, ni Quicksilver Messenger Service, ni The Moody Blues. Lo que nos interesa son los chicos, los adolescents que tomaban ácido […] e intentaban sacar los riffs de Van Morrison y los Rolling Stones, cuando realmente apareció algo nuevo.
A esta invitación a recomenzar prácticamente desde cero siguió la irrupción en el mercado negro de la MDMA o éxtasis, anunciada a bombo y platillo en algunos medios como la revista Primera Línea (diciembre de 1986) —que le dedicó su portada por entero— y el semanario Tiempo (enero de 1987). El fulgurante éxito de este psiquedélico de “potencia leve o media” —siguiendo la fenomenología propuesta por Escohotado—, especialmente consumido en contextos de baile, propició no sólo la difusión de otras drogas análogas sino también un redescubrimiento de sustancias de gran potencia, como el ácido lisérgico y la psilocibina. No es de extrañar pues que en poco tiempo el crítico musical Diego A. Manrique certificara el fenómeno desde la páginas de la revista Primera Línea: “Con la música house, vuelve el ácido” (enero de 1989).
Por otra parte, la aparición de la monumental Historia general de las drogas (1989), de Antonio Escohotado, a la que seguiría la publicación de la obra titulada sucesivamente El libro de los venenos (1990), Para una fenomenología de las drogas (1992) y Aprendiendo de las drogas. Usos y abusos, prejuicios y desafíos (1995), marcó un antes y un después en la relación de muchos españoles con las drogas, especialmente con los psiquedélicos. Con todo, la tarea de ilustración farmacológica autoimpuesta por el profesor Escohotado no se limitó a su producción bibliográfica, sino que alcanzó una gran proyección mediática, a través de sus numerosas intervenciones en programas-debate televisados. Además, gracias a Escohotado, la psiquedelia se convirtió en asunto académico de la mano de auténticos eruditos como Albert Hofmann, Alexander Shulgin y Jonathan Ott, que transmitieron sus conocimientos y experiencias en el marco de varios Cursos de Verano auspiciados por la Universidad Complutense y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
La invención del neologismo “enteógenos” para designar a las sustancias de excursión psíquica, evitando cualquier connotación negativa que pudieran arrastrar otros términos más comunes, como alucinógenos, psiquedélicos, drogas visionarias, etcétera, y su posterior difusión —asociada a contextos científicos, usos rituales, chamanismo y terapias alternativas— también jugó un papel muy importante en la recuperación de la cultura psiquedélica. La labor desarrollada por el antropólogo Josep Mª Fericgla, plasmada en los libros que conforman la colección Cogniciones2, de La Libre de Marzo, dedicada a los estados modificados de conciencia, y la aparición de nuevas publicaciones alternativas como las revistas Cáñamo y ULISES resultarían claves en este sentido.
Por último, el redescubrimiento de algunos fármacos como la ketamina y el GHB y el interés generado por fuentes vegetales de gran poder visionario (hongos psilocibios, ayahuasca, peyote, cactus San Pedro, salvia divinorum, etcétera) harían el resto.
Algunos eventos multitudinarios e intergeneracionales como los Encuentros Psiquedélicos, celebrados en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) a principios de 1997, pusieron de manifiesto que, más allá de un simple afán desiderativo, el renovado interés por la psiquedelia se correspondía con una realidad cultural que pugnaba por abandonar una sensación de clandestinidad largamente incubada. La formación de nuevos colectivos como la Familia Ulises y la aparición de artistas plásticos como Ringo Julián y de grupos de pop-rock como Psiconautes y Sidonie eran claros exponentes de esa eclosión psiquedélica.
En realidad, la cultura psiquedélica abandonó las catacumbas donde había permanecido durante mucho tiempo y volvió a aflorar en la superficie. En toda España comenzaron a formarse bandas de rock con nombres tan evocadores como Long Spiral Dreamin’, Línia de Sortida Directa, Penélope Trip, Intronautas, El Viaje de Joy, Trips o directamente Ácido. La formación Blue Bus se daba a conocer con un tema titulado “Last Spiritual Dimension” y el grupo Los Brujos era considerado por la crítica especializada como uno de los más firmes puntales de la “escena psicodélica” española.
Igualmente en todo el Estado se abrían tiendas de ropa y complementos, bares de copas y otros establecimientos con nombres tan inequívocos como Psychedelia, LSD, The Psychedelic Shop, Flipe, Psicodelia, etcétera. En Madrid se daba a conocer un colectivo sáfico bajo numerosas etiquetas, todas ellas deudoras de las siglas mágicas: Lesbianas Se Desatan, Lesbianas Sudando Deseo, Lesbianas Sospechosas de Delirio, Lesbianas Sin Duda, Lesbianas Suscitando Desorden… La crítica literaria destacaba el “poder lisérgico” de los cuentos del escritor Jordi Sarsanedas y calificaba la obra Ciudad rayada (1998), de José Ángel Mañas, como “a medio camino entre la novela negra y el road-movie lisérgico”. En Valladolid se publicaba Líneas Sin Desperdicio, que se autodefinía como un “fanzine pucelano de curiosas concomitancias lisérgicas”, y en Valencia el fanzine La Chica de la Montaña, que se presentaba a sus lectores como un “lisérgico artefacto”.
Hasta algunos psiquiatras abogaban por la rehabilitación de la LSD y demás psiquedélicos en la práctica clínica. A parte de la inteligente defensa realizada por el Dr. José Mª Poveda en mil foros, incluida la televisión, entre los especialistas de la denominada Escuela Catalana de Psiquiatría, el Dr. González Monclús se limitaba a valorar positivamente el empleo terapéutico de mescalina, psilocibina y LSD-25, mientras el Dr. Seva Díaz iba más lejos, al reconocer que la dietilamida del ácido lisérgico fue apartada “sin razones suficientes” —decisión que calificaba de “perdida inestimable”— y al expresar su ilusión con respecto al futuro del psicofármaco:
»La esperanza de que vuelva, si es posible, a pertenecer al ámbito exclusivamente médico-terapéutico y, más específicamente, psiquiátrico.
Los medios de comunicación, siempre ávidos de sensaciones novedosas, supieron no sólo hacerse eco de este renacimiento psiquedélico, sino que lo fueron fomentando al hilo de los acontecimientos. En este sentido, la televisión y la prensa de masas, tan sensibles a las efemérides, no dejaron pasar ni una sola oportunidad de rememorar el pasado psiquédelico con toda suerte de motivos, incluidas las necrológicas: en 1993 fue noticia el 50º aniversario del descubrimiento de la LSD; en 1994 el centenario el nacimiento de Aldous Huxley y el 25º aniversario de la celebración del mítico festival de Woodstock; en 1995 el 30º aniversario del la canción “Satisfaction” como n.º 1 en las listas discográficas, el fallecimiento de Jerry Garcia y el 25º aniversario de las muertes de Jimi Hendrix y Janis Joplin; en 1996 la defunción de Timothy Leary y el 25º aniversario de la de Jim Morrison; en 1997 el deceso de Allen Ginsberg y el 30º aniversario de la aparición del LP Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y de la culminación del llamado Summer of Love; en 1998 el óbito de Carlos Castaneda; en 1999 la muerte de Skip Spence y el 30º aniversario del festival de Woodstock y del estreno de la película Yellow Submarine…
La prensa escrita también se hizo eco y amplificó declaraciones favorables a la experiencia psiquedélica de personajes del mundo de la cultura y el espectáculo como el poeta Allen Ginsberg durante su visita a España, Joan Manuel Serrat, Fernando Sánchez Dragó, Olvido Gara “Alaska”, Nacho Canut, Enrique Bunbury, Pablo Carbonell… y hasta de la mismísima Lola Flores, quien refiriéndose a sus problemas con la Agencia Tributaria llegaría a manifestar:
»Lo mío [con Hacienda] sólo se puede entender si se ha tomado ácido.
Los hippies, tan denostados durante los 80 y gran parte de los 90, volvieron también a ser noticia de actualidad. Cualquier pretexto valía para que la prensa y la televisión les dedicaran su atención. Algunos medios hablaban incluso de “neo hippismo”, como un fenómeno a caballo entre la última tendencia de moda y un nuevo estilo de vida seguido por muchos jóvenes. La experiencia lisérgica, más o menos banalizada, también regresó a las pantallas de cine de la mano de directores como de Álex de la Iglesia y Francesc Bellmunt, a través de sus películas El día de la Bestia (1995) y Escenas de una orgía hippie en Formentera (1996). Por otra parte, la crítica cinematográfica aseguraba que la película Abre los ojos (1997), de Alejandro Amenábar, era como “comerse un trip” y, a propósito del estreno del thriller fantástico La celda (2000) en los cines españoles, decía que se trataba de una “lisérgica imaginación”, cuyo visionado estaba prácticamente reservado a “arriesgados frecuentadores de viajes ácidos y pesadillas de diseño”.
En televisión triunfaban series de dibujos animados como Beavis and Butthead y Los Simpson, que a juicio del teórico social Douglas Rushkoff representaban un “punto de vista psiquedélico del mundo”. Finalmente, en 1998 el crítico cultural estadounidense Mark Dery afirmaba sin ambages: “el LSD vuelve a estar de moda”. Ese mismo año, la revista Ajoblanco, que ha finales de los 70 había lamentado el silencio declarado en torno a la sustancia, se refería a la LSD como “la eficacia prohibida” y un año más tarde, confirmaba “el retorno de la psicodelia”, esta vez para quedarse definitivamente.
Obviamente, el desarrollo de Internet, el invento del siglo, resultaría definitivo a la hora de extender el interés y facilitar toda la información necesaria, tanto de los más veteranos como de las nuevas hornadas de psiconautas. No es exagerado afirmar que a finales de los 90 el resurgimiento de la psiquedelia —como género e imaginario— era ya un fenómeno global que los mass media no sólo no ignoraban, sino que en gran parte también habían contribuido a promover.
En lo que llevamos de siglo XXI algunos investigadores han considerado que la historia de la contracultura y del movimiento psiquedélico ya podía ser contada adecuadamente, lo cual ha dado lugar a la publicación de varios libros sobre el tema3. Tan interesantes como estos ensayos de carácter histórico, sociológico y literario son las biografías, crónicas y memorias personales que han ido publicando algunos supervivientes de los años gloriosos de la psiquedelia hispana4. La Liebre de Marzo ha proseguido con la labor editorial antes reseñada, potenciándola con nuevas colecciones, como la Biblioteca del Capitán Nemo, que incluye varios títulos de referencia para la cultura psiquedélica5. En esta misma línea psiconáutica habría que destacar algunas iniciativas puntuales como el número de la revista monográfica de ideas El idiota titulado “Visionarios: ebriedad, sustancias y plantas de poder: reflexión y creatividad” (2000) y la prolífica y entusiasta tarea emprendida por Amargord Ediciones6. Sin duda, la difusión de todas estas obras ha contribuido a extender cierta normalización de la cultura psiquedélica a la que los medios de comunicación no se han mostrado del todo refractarios.
Por lo que respecta al campo experimental, la farmacopea psiquedélica se ha visto enriquecida con la aparición y difusión de las llamadas ‘research chemicals’ o simplemente ‘RCs’. En su inmensa mayoría, se trata de feniletilaminas y triptaminas de efectos visionarios, no fiscalizadas internacionalmente y vendidas por proveedores que operan principalmente a través de Internet, y según el psicólogo Eduardo Hidalgo Downing son el resultado de “la discreta, elegante e ingeniosa fórmula que algunos han ideado para vender drogas sin decir que venden drogas”. La prensa de masas no ha ignorado este hecho y algunos medios se han apresurado etiquetarlas como “alucinógenos de laboratorio” y “drogas para gourmets” (La Vanguardia, 28.07.008), sin duda porque amplían la gama de experiencias psiquedélicas prácticamente a la carta: viajes largos, larguísimos, cortos, ultra-cortos, medios, intensos, sutiles…
Afortunadamente, para prevenir los malos viajes y otros peligros inherentes al uso, no sólo de psiquedélicos, sino de cualquier otra droga prohibida, y por tanto fuera de control, se han constituido con colectivos como Energy Control y Ai Laket!!, entregados por completo a prácticas de reducción de riesgos y daños (información, análisis de sustancias, asesoría jurídica, etcétera). En ocasiones, su actividad ha resultado incomprendida y ha sido tratada con auténtica animadversión en los medios de comunicación; pero gracias a su intervención, los psiconautas han podido ver ampliado notablemente —de un modo impensablemente hace apenas unos años— su margen de seguridad.
El Colectivo Interzona, formado por “profesionales relacionados con las sustancias psicotrópicas”, y la asociación Eleusis, que se define como un “espacio para la generación e intercambio de información sobre estados de conciencia”, también han aportado su granito de arena en este terreno tan controvertido de la reducción de riesgos y daños.
Con todo, el factor que a la larga más ha influido no sólo en esa normalización de la cultura psiquedélica que mencionábamos, sino también en suavizar la tensa relación que ha venido manteniendo con los mass media, ha sido la extraordinaria longevidad del descubridor del ácido lisérgico. De tal manera, cuando el químico Albert Hofmann cumplió un siglo de existencia, prácticamente todos los medios se hicieron eco del centenario. “El matusalén psicodélico” (El Periódico, 03.01.2006), “El bisabuelo lisérgico” (El País, 11.01.2006), “Un centenario lisérgico” (El Mundo, 12.01.2006), fueron algunos de los titulares que coparon los periódicos. Si en Basilea se celebró un simposio internacional bajo el título “LSD. Problem Child and Wonder Drug”, al que asistieron varios psiconautas españoles, en Barcelona tuvo lugar una jornada homenaje organizada por la Societat d’Etnopsicologia Aplicada i Estudis Cognitius (Sd’EA). Las revistas ULISES y Cáñamo unieron esfuerzos para sacar un número especial conjunto y hasta el Telediario de TVE1 aprovechó el centenario de Hofmann para elevar la psiquedelia a la categoría de noticia de ‘prime time’ con un tratamiento impecable, gracias al buen hacer del autor y editor J. Benito Fernández.
Finalmente, en la primavera de 2008, se volvería a repetir el mismo boom mediático con motivo del fallecimiento de Hofmann. Las principales cadenas de televisión recordaron la trayectoria de tan egregio personaje y los periódicos de mayor tirada le dedicaron extensos obituarios, dejándose sentir su pérdida hasta bastante tiempo después. Así, por ejemplo, el diario La Vanguardia, que en su día había publicado la correspondiente necrológica sobre “El místico psicotrópico” (01.05.2008), meses más tarde incluía un extenso artículo titulado “Puertas que se cierran y que se abren. Albert Hofmann, su descubrimiento del poder alucinógeno de la droga LSD marcó para siempre su vida” (20.08.2008).
Podemos concluir diciendo que a estas alturas la cultura psiquedélica parece totalmente consolidada y hasta cierto punto normalizada. Si no está del todo integrada y socialmente asimilada es porque sobre las sustancias más emblemáticas que la sustentan —LSD, psilocibina, mescalina, etcétera— todavía pesa una severa prohibición. En gran medida, esta normalización se debe al papel que desempeñan los medios de comunicación en general y la prensa de masas en particular, que sin mostrarse favorables a su uso profano, ni mucho menos, han abandonado el tremendismo y la histeria que caracterizó su discurso durante muchos años, y han adoptado un aire mucho más relajado. De todos depende que el asunto siga progresando adecuadamente…
Publicado por Planeta, entre diciembre de 1985 y junio de 1986 se agotaron cinco ediciones del libro. Ese mismo año todavía se publicarían al menos otras dos ediciones más. En 1990 Plaza & Janés sacó una edición de bolsillo y todavía en 1997 volvió a ser reeditado por Planeta. ↩︎
VV.AA.: Plantas, chamanismo y estados de consciencia, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1994; FERICGLA, Josep Maria: El hongo y la génesis de las culturas, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1994; GROF, Christina y Stanislav: La tormentosa búsqueda del ser. Una guía para el crecimiento personal a través de la emergencia espiritual, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1995; CAPDEVILA, Marc: MDMA o el éxtasis químico, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1995; OTT, Jonathan: Pharmakoteon. Drogas enteógenas, sus fuentes vegetales y su historia, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1996; HOFMANN, Albert: Mundo interior mundo exterior. Pensamientos perspectivas del descubridor del LSD, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1997; FERICGLA, Josep Maria: Al trasluz de a ayahuasca, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1997; YENSEN, Richard: Hacia una medicina psiquedélica. Reflexiones sobre el uso de enteógenos en psicoterapia, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1998; VV.AA.: Los enteógenos y la ciencia. Nuevas aportaciones científicas al estudio de las drogas, Barcelona, La Liebre de Marzo, 1999; SAMORINI, Giorgio: Los alucinógenos en el mito. Relatos sobre el origen de las plantas psicoactivas, Barcelona, La Liebre de Marzo, 2001 y HUXLEY, Aldous; WASSON, Robert G. y GRAVES, Robert: La experiencia del éxtasis 1955-1963, Barcelona, La Liebre de Marzo, 2003 y GROF, Stanislav: Psicoterapia con LSD. Potencial curativo de la medicina psiquedélica, Barcelona, La Liebre de Marzo, 2005. ↩︎
CERDÀ SUBIRATS, Joan y RODRÍGUEZ BRANCHAT, Rosa: La repressió franquista del moviment hippy a Formentera (1968-1970), Sant Jordi de ses Salines (Eivissa), Res Publica Edicions, 1999; GUILLAMON, Julià: La ciutat interrompuda. De la contracultura a la Barcelona postolímpica, Barcelona, La Magrana, 2001; CANO, Genís: Poètica de la contracultura, Barcelona, Servei de Publicacions i Edicions de la Universitat, 2003; CANO, Genís: A imatge de la contracultura, Barcelona, Servei de Publicacions i Edicions de la Universitat, 2005; GARCÍA LLORET, Pepe: Psicodelia, hippies y underground en España (1965-1980), Zaragoza, Zona de Obras, 2006 y LABRADOR MÉNDEZ, Germán: Letras arrebatadas: Poesía y química en la transición española, Madrid, Devenir, 2009. ↩︎
FERNÁNDEZ, J. Benito: El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero, Barcelona, Tusquets, 1999; MALVIDO, Pau: Nosotros los malditos, Barcelona, Anagrama, 2004; VV.AA.: Los años 70 vistos por Nazario y sus amigos, Castellón, Ellago Ediciones, 2004; FERNÁNDEZ, J. Benito: Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, Barcelona, Anagrama, 2005; ONLIYÚ: Memorias del underground barcelonés, Barcelona, Glénat, 2006; RIBAS, José: Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad, Barcelona, RBA, 2007; V.AA.: Star. La contracultura de los 70, Barcelona, Glénat, 2007 y GIMÉNEZ-FRONTÍN, José Luis: Los años contados, Barcelona, Bruguera, 2008. ↩︎
PIÑEIRO, Juanjo: Psiconautas. Exploradores de la conciencia, Barcelona, La Liebre de Marzo, 2000 y USÓ, Juan Carlos: Spanish trip La aventura psiquedélica en España, Barcelona, La Liebre de Marzo, 2001. ↩︎
COLECTIVO INTERZONA: Cannabis, Madrid, Amargord, 2005; CAUDEVILLA GÁLLIGO, Fernando: Éxtasis (MDMA), Madrid, Amargord, 2005; HIDALGO DOWNING, Eduardo: Ketamina, Madrid, Amargord, 2005; COLECTIVO INTERZONA: LSD, Madrid, Amargord, 2006; AGUIRRE, José Carlos: De la psicodelia a la cultura enteogénica, Madrid, Amargord, 2007; ALMENDRO, Manuel: Chamanismo. La vía de la mente nativa, Madrid, Amargord, 2007; VV.AA.: Cartografía de la experiencia enteogénica, Madrid, Amargord, 2007, etcétera. ↩︎