Según cuenta el químico suizo Albert Hofmann en su libro LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo, sus alegrías y satisfacciones por la paternidad de tan increíble sustancia psicoactiva se vieron empañadas, después de más de diez años de investigación científica y aplicación médica no turbada, por la “poderosa ola de toxicomanía que comenzó a extenderse hacia fines de la década [de los 40] en el mundo occidental y sobre todo en los EE. UU.”. A pesar de sus características farmacológicas, que tanto la alejan del concepto “toxicomanía”, la dietilamida del ácido lisérgico no se vio libre del embate de aquel tsunami.
Inicialmente el salto de la LSD-25 desde el terreno de la medicina en general y la psiquiatría en particular a la escena de las drogas estuvo propiciado por extensos reportajes sobre experimentos sensacionales realizados en universidades y clínicas psiquiátricas que no se publicaron en revistas especializadas, sino en “diarios y revistas de difusión general”, y “con grandes titulares”. En este sentido, Hofmann cita el caso del periodista Sidney Katz, quien se prestó como cobaya para un experimento realizado en el Hospital de Saskatchewan (Canadá) bajo la supervisión de dos renombrados psiquiatras. Luego narró su experiencia con “fantasiosa minuciosidad” para el popular semanario de noticias Mac Lean’s Canada National Magazine, donde se publicó el 1 de octubre de 1953, con fotos a todo color, junto a otros artículos de actualidad, política canadiense y demás temas de interés general, bajo el título de “Mis doce horas de loco”. El padre del ácido también refiere el caso de Wilfried Zeller, un pintor que ingirió unas pocas gotas de LSD en la clínica psiquiátrica de la Universidad de Viena y escribió una crónica personal que apareció el 21 de marzo del año siguiente en Quick —una muy difundida revista alemana— con el titular “Un audaz experimento científico”.
Justo por aquellos años algunos psiquiatras españoles comenzaban a interesarse por la poderosa sustancia visionaria. Concretamente, el profesor Ramón Sarró Burbano, titular de la cátedra de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Barcelona, tomó parte en un coloquio sobre la LSD, presidido por el escritor Aldous Huxley, en el marco del Congreso Americano de Psiquiatría, celebrado en Atlantic City en 1955. A su regreso de EE. UU. animó y encabezó a un grupo de psiquiatras catalanes en un intento, según sus propias palabras, de “explorar a fondo la acción del medicamento, tanto desde su punto de vista fenomenológico como psicodinámico y terapéutico”. No existía ningún inconveniente para llevar a cabo un estudio de estas características. La droga venía fabricándose como especialidad farmacéutica por la casa Sandoz de Basilea desde 1947 bajo el nombre comercial de Delysid (LSD 25), en grageas de 0,025 mg —25 gammas o microgramos— y ampollas bebibles de 1 cc, equivalente a 0,1 mg —100 gammas o microgramos—, y el propio laboratorio la facilitaba a todos los profesionales que deseaban experimentar con ella. En pocos meses, el equipo del doctor Sarró llevó a cabo “42 observaciones —utilizando dosis entre 100 y 160 gammas o microgramos de LSD— en 30 sujetos”, escogidos entre “muchos estudiantes de Psicología” y varios médicos que se “presentaron voluntarios”, así como entre pacientes de la Clínica Universitaria de Barcelona y de los Servicios Psiquiátricos de la provincia de Tarragona.
Interesado por los resultados de esos experimentos, el doctor M. Dalmau-Ciria mantuvo un diálogo con el profesor Sarró, quien llegó a manifestarle la sospecha de que la sustancia fuera “susceptible de exaltar las facultades creadoras”, y a expresarle la posibilidad de que “personas dotadas de capacidad artística e imaginativa” pudieran beneficiarse del empleo de LSD, al margen de usos terapéuticos. Casi con toda seguridad, podemos afirmar que fue la primera llamada pública al uso profano de LSD registrada en España, y curiosamente quien la lanzaba era uno de sus más reputados psiquiatras. Tal invitación venía avalada por el hecho de que el doctor Sarró considerara la autoexperimentación con LSD como una “magnífica vivencia” para cualquier especialista en psicología y psiquiatría, mientras insistía en el “valor insustituible de la experiencia”, a la que calificaba de “rito iniciático del futuro psiquiatra”. Asimismo, el profesor Sarró minimizaba el peligro del ácido, al no considerarlo “apto para producir toxicomanía” en “sujetos normales”. La única diferencia con los dos casos anteriores, apuntados por Hofmann, es que la entrevista realizada por el doctor M. Dalmau-Ciria se publicó no en un periódico de masas, sino en la revista especializada Medicina Clínica (26 de marzo de 1956).
Los ensayos de Sarró no fueron los únicos realizados en España. De hecho, según revelaron los periodistas Alvin H. Dubin y José Purcalla Muñoz, la sustancia fue experimentada en “casi todas las facultades de Medicina del país” entre los años 1955 y 1957. Las publicaciones posteriores de los doctores Ruiz Ogara, Martí Tusquets, González Monclús, Rof Carballo, González Morado, Rojo Sierra, Martí Granell, Seva Díaz, Rojas Ballesteros y López Ibor constituyen una buena prueba de ello.
“La ciencia intenta descifrar los arcanos del pensamiento. Drogas que modifican la personalidad humana” era el titular que encabezaba un curioso artículo firmado por Aldo Ray que ocupó casi por entero la octava página —y última— del diario Los Sitios correspondiente al miércoles 13 de marzo de 1957. En la cabecera, con letras de gran tamaño, también se anunciaban “interesantísimas impresiones de un hombre tratado con LSD-25”. Hasta la fecha no hemos encontrado una referencia anterior a la sustancia en ningún otro medio de masas en el estado español.
Desde luego, el diario Los Sitios no respondía para nada a las características de una publicación especializada. Fundado a principios de 1943, con la rotativa incautada tras la guerra civil al periódico L’Autonomista, propiedad de la familia Rahola, era el órgano de prensa de Falange Española Tradicionalista y de las JONS y la única publicación periódica diaria de la provincia de Girona. Por tanto, el periódico se centraba en noticias de ámbito local y de las comarcas gerundenses, aunque su Redacción también incluía información de carácter nacional e internacional y esporádicamente deslizaba artículos de divulgación científica como el mencionado.
Aldo Ray comenzaba su exposición lamentando el retraso de la psiquiatría, la neurología y la psicología con respecto a los avances experimentados por la física nuclear, al tiempo que reconocía las dificultades a las que se enfrentaba la ciencia para revelar los secretos del cerebro. No obstante, deslumbrado por los últimos logros de la farmacología —difusión de la clorpromazina en 1952 y descripción de las propiedades de la reserpina al año siguiente— y de la bioquímica —descubrimientos relacionados con la enteramina y la serotonina entre 1938 y 1953—, destacaba el interés existente dentro de la comunidad científica por las drogas capaces de “modificar la personalidad humana y desvelar el enigma del pensamiento”. En este sentido, el periodista informaba a los lectores de la existencia de “drogas que actúan sobre la masa cerebral, que reducen la tensión emotiva y terminan con estados de alucinación o de agitación, logrando importantes modificaciones”, y de otras sustancias psicoactivas que obran justo a la inversa: “originan perturbaciones, las cuales, una vez estudiadas, se curan a su vez”.
El autor del artículo compartía la sospecha de la existencia de “auténticos mediadores químicos” en el cerebro. En concreto, se refería a la serotonina, que ya se consideraba como “el agente que asegura la existencia y la función del pensamiento” y cuya circulación normal parecía estar en estrecho contacto con la actividad mental. Y a fin de probar esta hipótesis, mencionaba el experimento con dietilamida del ácido lisérgico al que se había sometido Richard Heron Ward en Bristol (Inglaterra), bajo la supervisión de la doctora Hutton.
Ninguneado sistemáticamente, hasta caer en el olvido, Richard Heron Ward (1910-1969) era un polifacético hombre de letras —novelista, ensayista, poeta, dramaturgo— y pacifista británico, que en 1941 había fundado la compañía teatral Adelphi Players, con la intención de llevar a la práctica su idea de un nuevo modo de abordar el hecho teatral —denominado por él “Theater of persons”— y embarcarse en numerosas giras por entornos rurales para llevar el teatro a todos los rincones de Inglaterra. Ignoramos qué motivos le indujeron a experimentar con ácido, pero lo cierto es que “durante seis meses se le trató a petición propia con la droga conocida por LSD 25”, y a lo largo de las sesiones tuteladas por la doctora Hutton fue “sometido a experiencias de perfección sublimada, que fijaban fotográficamente en su memoria mínimos detalles del paisaje y del ambiente que lo rodeaba”.
Uno de los primeros datos apuntados por el periodista era que, bajo los efectos del ácido, el rostro de Ward “se transformó primero en el de un niño y más tarde en el de un octogenario, según los pensamientos de cada instante”. A continuación pasaba a describir y comentar los efectos del primer viaje del paciente:
»Al tomar la primera píldora, no se sabía ya si su mente registraba el paso de dos horas o de veinte años. La acción duró ocho horas y sus reacciones fueron muy distintas. Primero se sintió como ebrio, como si el espíritu y el cuerpo se separasen. Pasado el primer letargo pudo pensar con absoluta claridad en varias cosas al mismo tiempo. A continuación penetró a la vez en el pasado más remoto y en el futuro inmediato mientras veía con exactitud en sueño y sentía los colores. Le hicieron escuchar por radio un concierto de Mozart y sintió separadamente cada instrumento al concentrarse sobre ellos. Hay que pensar lo que esto supone, si tenemos en cuenta que aun los más expertos en cuestiones musicales se fatigan al intentar identificar las notas individuales de más de cinco o seis instrumentos actuando conjuntamente en una orquesta. El oído del hombre sometido al experimento mejoró notabilísimamente y podía escuchar con nitidez todos los ruidos provenientes de estancias o lugares lejanos. Después comenzaron las alucinaciones, algunas de ellas terroríficas. Había entrado en una nueva fase. Bajo la influencia de la droga, Ward presenció una batalla celebrada durante la guerra de Troya y describió con exactitud los escudos, las espadas y todas las armas. Terminadas las alucinaciones, pudo dormir sin soñar y volvió a la normalidad.
El colaborador del diario gerundense se maravillaba ante la posibilidad de “entrar a conveniencia en el mundo del espacio, del tiempo, del sonido y del color”. Y lejos aún del tremendismo que caracterizaría las informaciones sobre el ácido pocos años después, no dudaba en asegurar que “esto parece una fantástica aventura y, sin embargo, responde a la realidad”.
La publicación de un libro narrando estas experiencias se había visto truncada por el reciente fallecimiento de la doctora Hutton, pero el periodista anunciaba que el propio psiconauta pensaba darlo próximamente a la imprenta bajo el título de Apuntes de un consumidor de drogas. Ciertamente, el libro vio la luz ese mismo año en Londres como A Drug-Taker’s Notes, y que sepamos no ha sido traducido al castellano.
Para finalizar su artículo, el periodista insistía en que se trataba de “drogas no para producir la evasión por el vicio, sino en ayuda de la ciencia”. Y en concreto del LSD afirmaba haberse demostrado que “libera la memoria de los pacientes de la «magia negra» de los días infantiles y facilita al médico los medios para penetrar en las causas de la neurosis”, dentro de “ese terreno tan delicado, donde residen los arcanos del pensamiento”.
No podemos asegurar que fuera el primero, ni tampoco el único artículo de estas características publicado en España durante esa época. Pero quién sabe si su lectura por parte de algún miembro de la autoproclamada Confraria de Bevedors de Vi de Girona resultó decisiva para que los Damià Escudé, Víctor Gomez Pin, Josep Florit, Ferran Lobo, Jordi Sobrequés y Rafael Arana incorporaran la dietilamida del ácido lisérgico a las veladas gastronómico-literarias, regadas con generoso acopio de buenos caldos, y amenizadas e influidas por lecturas de Baudelaire, Rimbaud y otros poetas malditos, para cuya celebración y disfrute habían decidido hermanarse. En cualquier caso, parece demasiada coincidencia que el primer colectivo psicodélico formado en el estado español surgiera precisamente en el entorno de Girona. Aparte de médicos y psicólogos, tampoco cuesta nada imaginar el interés que pudo despertar el artículo en cuestión entre músicos, directores de banda, musicólogos, melómanos y aficionados a la música, pintores, fotógrafos y simples curiosos gerundenses.
Al poco tiempo de la aparición de este artículo, la revista Life (en español) publicó el famoso artículo de Robert Gordon Wasson que dio a conocer en el mundo entero la existencia de un uso ritual en México asociado al consumo de hongos con alto contenido de psilocibina: “Culto de los hongos sagrados. En busca del hongo mágico”, como tercera parte de una serie que venía publicando bajo la cabecera de “Grandes aventuras”. Curiosamente, el reportaje en cuestión vio la luz en castellano el 3 de junio de 1957, justo una semana antes de que se publicara la versión original en lengua inglesa: “The discovery of mushrooms that cause strange visions. Seeking the magic mushroom. Great adventures (III)”. Aunque el célebre banquero-micólogo tomó la precaución de cambiar el nombre de María Sabina por el de Eva Méndez y silenciara intencionadamente el nombre de Huautla de Jiménez, su lugar de origen, donde tuvo lugar la iniciación de Wasson en los misterios fúngicos, no pudo evitar que aquel artículo sentara las bases para la posterior mitificación de la chamana y curandera mixteca, hasta llegar a convertirse en símbolo de la cultura psicodélica y en uno de los iconos del movimiento hippy. Sin embargo, dudamos mucho que el artículo de Robert G. Wasson alcanzara en España la misma repercusión que tuvo en el mundo anglosajón, quizá porque la revista Life (en español) tenía más difusión en la América de habla hispana que en España, donde sólo tenían acceso a ella algunos privilegiados, y porque la cuna de aquellos hongos silvestres “divinos”, de “cualidades alucinadoras” o “alucinantes”, quedaba al otro lado del Atlántico. Un viaje que en pleno régimen franquista también quedaba fuera de las posibilidades de la inmensa mayoría de los españoles.
Entre las numerosas publicaciones que hicieron una “eficaz propaganda del LSD para legos”, Albert Hofmann también destaca el caso del semanario estadounidense Look Magazine, que el 1 de septiembre de 1959 publicó un amplio reportaje ilustrado de Laura Bergquist —con la colaboración de Suzy Parker, Kim Novak e Ingrid Bergman— titulado “La extraña historia detrás del nuevo Cary Grant”, donde el popular actor declaraba haber recibido LSD en el marco de un tratamiento psicoterapéutico seguido en una renombrada clínica de California, lo cual le había cambiado la vida. Inicialmente, el apuesto galán de Hollywood se interesó por la dietilamida del ácido lisérgico gracias a su tercera mujer, la también actriz Betsy Drake, quien había recurrido a una terapia con LSD para superar las secuelas del trauma que le había quedado tras sobrevivir al trágico hundimiento del trasatlántico de lujo Andrea Doria frente a las costas de Terranova. Después de su iniciación lisérgica, Cary Grant se convirtió en un convencido apologista de la sustancia. De hecho, el propio Timothy Leary llegó a decir de él que “era legendario entre los entusiastas del LSD por su elocuente promoción del producto”, hasta el punto de que “muchos estadounidenses se enteraron de la existencia del ácido por sus entrevistas en los medios de comunicación”. No nos consta que las primeras declaraciones de Cary Grant aparecidas en Look Magazine tuvieran repercusión inmediata en medios españoles, pero sin temor a engaño podemos certificar que durante los años 60 y 70, revistas como Triunfo y diarios como Mediterráneo o el ya citado Los Sitios se hicieron eco de las experiencias positivas del actor con LSD.
El 20 de febrero de 1963 el diario Los Sitios dio cuenta mediante una noticia breve en primera plana del fallecimiento en el suburbio londinense de Willesden de un médico llamado Samuel Leff, “tras haber estado en cama durante diez días”, después de haber realizado frecuentes autoensayos con un suministro privado de LSD. Como los experimentos estaban dirigidos “contra la locura”, el diario gerundense no tenía ningún inconveniente en calificar su fallecimiento de “heroico”. Y es que en octubre de ese mismo año Selecciones del Reader’s Digest —revista editada por una empresa estrechamente vinculada al Departamento de Estado de EE. UU.— todavía consideraba a la dietilamida del ácido lisérgico como una “medicina” capaz de abrir “nuevos horizontes en el estudio de las enfermedades mentales”. Sin embargo, la sustancia estaba a punto de abandonar el control exclusivo de médicos y farmacólogos para pasar a manos profanas.
Al igual que sucedió en EE. UU. y en el resto de países occidentales, su irrupción masiva en la calle estuvo precedida en España por lo que bien podría parecer una agresiva campaña de promoción orquestada en torno a un producto nuevo y fascinante, aunque no exento de peligros. Casi con toda seguridad, las primeras noticias sobre ese salto en la accesibilidad de la sustancia que se estaba produciendo en EE. UU. llegaron a España a través de un artículo publicado en el semanario de información general Triunfo, que en plena dictadura franquista pugnaba por ejercer un periodismo insobornable, de inequívoco talante progresista, en un esfuerzo encomiable por dirigirse a un público cada vez más amplio, transitando senderos culturales prácticamente vedados y permitiendo que sus páginas pudieran acoger las grandes corrientes del pensamiento occidental. Efectivamente, el 4 de enero de 1964 la revista Triunfo publicó un extenso reportaje de Robert P. Goldman titulado “LSD, un poderoso alucinógeno que puede conducir al suicidio”. El bello y sugestivo rostro de la modelo publicitaria estadounidense Kecia Nyman ocupaba por entero la fotografía de la portada, pero dicho artículo se destacaba en grandes titulares junto con otros dos reportajes: uno sobre Japón, dieciocho años después del lanzamiento de la bomba de Hiroshima, y otro sobre el bautizo de la infanta Elena de Borbón en el Palacio de la Zarzuela.
Para empezar, el artículo en cuestión denunciaba el “alarmante número de adictos repartidos por todo el mundo”, que se estaba registrando como consecuencia del empleo en “mayor o menor escala” de toda suerte de “tranquilizantes, barbitúricos, energizantes, anfetaminas, narcóticos y alucinógenos”. Su autor especulaba sobre los “sentimientos de angustia” producidos por las “contradicciones” derivadas de los “modos de vida” imperantes en la época como principal causa de este incremento del consumo de psicofármacos, y se refería a la LSD como “el más poderoso alucinógeno jamás descubierto”. Debido a las dificultades para conseguir la sustancia en el mercado negro, el periodista aseguraba que algunos aspirantes a psiconautas buscaban supuestos sucedáneos como “cola plástica”, cuyos efectos consideraba “similares a los de la codiciada LSD” o “nuez moscada en polvo”, que ingerido en “grandes cantidades” supuestamente era capaz de producir un “estado emocional despreocupado y soñador”. Asimismo, citaba al doctor Jonathan Cole, del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU., para asegurar que el ácido lisérgico había desencadenado casos de “violentas psicosis y suicidios”, y que sus efectos podían variar “del horror al éxtasis”.
En realidad, el único caso de suicidio relacionado con la ingesta de LSD del que se tenía noticia en aquellos momentos era el que había protagonizado a finales de 1953 el doctor Frank Olson, científico e investigador del Ejército estadounidense, especialista en armas biológicas y vinculado al conocido proyecto MK-Ultra. El doctor Sydney Gottlieb, jefe de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), científico y brujo a partes iguales y responsable del citado proyecto, tuvo la idea durante una reunión de trabajo para técnicos del Ejército y de la CIA celebrada en Maryland, de llevar a cabo un experimento sorpresa aliñando con ácido los cócteles que se tomaron todos los reunidos después de la cena. El doctor Olson, que nunca antes había tomado LSD, cayó en una profunda depresión y solicitó la baja. Tras ser examinado por un médico muy reputado, se decidió su ingreso en un sanatorio. Antes de que llegara a consumarse su internamiento, un abatido doctor Olson consiguió burlar la presencia del agente de la CIA que lo vigilaba y se lanzó por la ventana de la habitación que ocupaba eventualmente en el décimo piso del Statler Hilton de Nueva York. Cabe decir en este sentido que el gobierno estadounidense no reconocería oficialmente estos hechos hasta 1975.
Con el fin de enfatizar el daño que la LSD podía causar en el organismo, el periodista Robert P. Goldman relataba un “curioso experimento” realizado por el doctor Louis Joylon West a costa de un sufrido elefante, que murió tras haberle sido administrada mediante inyección una “dosis fuerte” de ácido lisérgico por el que fuera jefe del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Oklahoma durante los años 50 y principios de los 60. La descripción de la muerte del paquidermo publicada en Triunfo era breve pero contundente:
»Cinco minutos después de serle administrada la dosis, el elefante cayó pesadamente de costado. Temblaba fuertemente, las pupilas de sus ojos se dilataron de un modo extraordinario y se volvieron hacia la izquierda; era un espectáculo terrible. Pese a los esfuerzos realizados para salvar al animal, moría una hora y cuarenta minutos después de haberle sido inyectada la LSD…
La “dosis fuerte” que recibió el animal era en realidad una dosis masiva de 300.000 microgramos. Lo que no decía Goldman en su artículo era que el doctor West, también empleado de la CIA, estaba convencido de que las drogas visionarias eran agentes psicomiméticos e intentaba reproducir la enajenación habitual del celo que se apodera anualmente de los elefantes machos. Pero el animal no reveló ningún rasgo psicótico y, a diferencia de la truculenta descripción trazada por el periodista, otras fuentes más fiables aseguran que el elefante “se limitó a permanecer arrodillado, pasmado e inmóvil”. Los investigadores Martin A. Lee y Bruce Shlain, en su libro Sueños de ácido. Historia social del LSD: la CIA, los sesenta y todo lo demás, desvelan la causa real de la defunción del paquidermo: la muerte sobrevino después de que el doctor West, en un vano intento por reanimarle, administrara al animal una “combinación de narcóticos”. Y así es como un experimento en origen fallido pasó a incrementar la leyenda negra de la dietilamida del ácido lisérgico.
A pesar de todos los pronunciamientos, las descripciones del periodista, lejos de invitar a la disuasión, podían resultar vagamente sugestivas:
»Normalmente este tóxico se aplica en dosis minúsculas —de 50 a 100 microgramos—, sea por vía bucal o mediante inyecciones, y sus efectos duran de doce a dieciocho horas. A la media hora de la toma, la persona inoculada se siente transportada a las «antípodas de su cerebro»; empieza a sudar, su corazón acelera su ritmo, ve relámpagos de colores brillantes, se siente alternativamente presa de la confusión, de la excitación sexual, exaltado, contemplativo o deprimido…
Las declaraciones de un “drogado” de LSD, entrevistado por el doctor Hammersey, miembro de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, podían despertar aún más si cabe la curiosidad de los lectores de Triunfo por la sustancia:
»No sentía ninguna responsabilidad ni deseaba adoptar ninguna decisión. Alguien me preguntó si quería almorzar; le dije que había dejado de tomar decisiones acerca de esas cosas. Todo me parecía bello, en maravillosos colores, y de una intensidad extraordinaria. Veía una cascada que caía por la ventana y permanecía sentado contemplándola. Durante horas, reía entre dientes. Al día siguiente me sentía terriblemente deprimido…
Goldman también revelaba que algunas “personalidades conocidas” habían sido iniciadas en el consumo de LSD, nombrando expresamente a Cary Grant. Las palabras del famoso actor reproducidas en el artículo de Triunfo también podían ser tomadas como una invitación:
»Uno se convierte en el campo de batalla de las viejas y nuevas creencias. De pesadillas que no se pueden describir… Pasé por mares cambiantes de visiones horripilantes y felices, por una mezcla de intenso odio y amor, por profundidades aterradoras de desesperación sombría, reemplazada [sic] por simbolismos gloriosos, celestiales…
Según apostillaba el periodista, Cary Grant, después de tres matrimonios sin hijos que habían terminado en divorcio, creía estar de nuevo en disposición de enamorarse, de ofrecer a una mujer amor y comprensión «gracias a la LSD».
Para finalizar el artículo, Robert P. Goldman daba cuenta de las primeras andanzas psicodélicas de los “doctores” Timothy Leary y Richard Alpert, a quienes calificaba como los “máximos defensores” de tan controvertida sustancia. Según informaba el periodista, Alpert había sido despedido de la Universidad a finales del curso de 1963 por dar a sus alumnos, “sin aprobación del personal sanitario del centro, drogas alucinógenas”, mientras que Leary había abandonado su plaza de profesor universitario de manera “voluntaria” y en “términos cordiales”. Ambos habían establecido algún tiempo después un “centro para la experimentación de drogas psíquicas” en Zihuatanejo (México), aunque habían sido expulsados poco más tarde por las autoridades mexicanas, con el pretexto de que ambos “habían entrado en el país como turistas y se dedicaban a actividades no autorizadas”.
El artículo de Triunfo presentaba a Leary y Alpert como “figuras destacadas” de la Federación Internacional para la Libertad Interna (IFIF), que justo en esos momentos estaban buscando otro lugar para establecer su centro de investigaciones psicodélicas, “probablemente en alguna zona del Caribe”, tal y como aventuraba Goldman.
Una vez reconocida y admitida la existencia de usos más allá de la práctica clínica, la información publicada en aquel semanario que encarnaba las ideas y la cultura de izquierdas, desvelaba el empleo de LSD con fines militares de cara a una posible “guerra psicoquímica”. Se decía que ya se habían hecho experimentos con grupos de soldados, los cuales se habían mostrado completamente “incapaces de obedecer las órdenes más simples y de cumplir las tareas más rutinarias”. Lejos de cualquier muestra de valor y ardor guerrero, muchos de los soldados en ácido “no podían más que sentarse en el suelo, indiferentes a todo, sacudidos por una risa loca durante horas”. Podemos imaginar la impresión que tales afirmaciones debieron producir en la sociedad española del momento, donde la férrea dictadura militar surgida de una guerra civil daba por supuesto el valor a todos los jóvenes del sexo masculino cuando se incorporaban al ejército.
El autor del artículo, no obstante, iba mucho más allá, pues especulaba con la posibilidad de diseminar ácido en el aire ambiente por medio de aerosoles o cohetes, e incluso de contaminar los depósitos de agua potable de una población. De hecho, aseguraba que dichos supuestos ya habían sido cuidadosamente estudiados y calculadas las dosis necesarias en cada caso: “un saboteador podría transportar, en el bolsillo de su abrigo, suficiente droga como para intoxicar a todos los habitantes de una gran ciudad” y bastaría la que cupiera en una sola maleta para “poner fuera de combate a toda la población de los Estados Unidos”. En el caso de que una ciudad fuera atacada con LSD, concluía la información, sus habitantes quedarían “inmersos en dulces sueños” y, por tanto, a merced del enemigo.
A continuación, el artículo publicado en Triunfo aventuraba las razones por las que esta modalidad de ataque químico habría sido descartado por los propios “pioneros de la guerra psicológica”:
»[…] aunque el ataque se desarrollase simultáneamente por aire y por contaminación del agua, muchos habitantes escaparían a la contaminación […] Otros, por el contrario, recibirían dosis enormes. Aunque solamente el diez por ciento de la población fuera contaminada, se producirían innumerables víctimas. Los menos afectados, sintiéndose simplemente «raros», continuarían normalmente sus actividades sin darse cuenta de que son incapaces y habría miles de accidentes. Muchos de los que hubieran recibido fuertes dosis se suicidarían. Las personas no intoxicadas, ante un delirio general cuyas causas se ignoran, se precipitarían para huir de la ciudad causando fabulosos embotellamientos. Algunas horas después del ataque, el pánico y el caos reinarían por doquier y no precisamente la feliz somnolencia.
Desde la primavera de 1966 hasta el verano de 1967 los medios de comunicación españoles dedicaron una cobertura informativa al ácido lisérgico digna de una estrella de rock.
En abril del 66 el corresponsal en Londres de la agencia de noticias Pyresa enviaba una crónica que el diario Los Sitios se aprestó a publicar bajo los siguientes titulares: “La juventud británica es alarmantemente viciosa. Clubs juveniles convertidos en salas de drogados. Centenares de muchachos organizan orgías trogloditas en pleno corazón de Inglaterra” (15 de abril de 1966). El periódico gerundense, ignorando la información que había ofrecido una década atrás, hablaba del ácido como la droga “de moda” y consideraba su uso como una importante “amenaza social”, mientras se hacía eco de la celebración en cuevas de ceremonias, que “son parodia de matrimonios”, en las cuales se consumían LSD y otras drogas.
Pocos días más tarde, la revista Life (en español) —siguiendo los pasos de la versión original en inglés— contribuyó a catapultar definitivamente al ácido lisérgico a la fama. El conocido reportaje firmado por Albert Rosenfeld, redactor científico de Life, y Barry Farrell, con fotografías de Lawrence Schiller en blanco y negro, que se extendía por ocho páginas interiores, constituía el plato fuerte de aquel número de la revista, cuya portada en color estaba íntegramente dedicada a la polémica criatura de Albert Hofmann. Junto a la cabecera de la revista se anunciaba: “LSD: El explosivo peligro de la droga mental que se escapó del laboratorio”. Un segundo titular, menos llamativo, completaba la información de primera plana: “Torbellino en una cápsula. Una dosis de LSD basta para desatar un tropel de vivos colores y visiones — o terror y convulsiones” (25 de abril de 1966). Un mes más tarde, la primera parte de ese mismo reportaje sería reproducida por el semanario Blanco y Negro, destacando otro titular en portada: “LSD: El tóxico de moda que amenaza a EE. UU.” (28 de mayo de 1966).
En dicho reportaje, que Life (en español) había titulado en su interior “Una droga de doble filo que afecta a la mente: LSD”, se hablaba —quizá por primera vez en España— de “drogas psicodélicas” como aquellas que “amplían el estado consciente” y, por tanto, “constituyen el instrumento mágico para atravesar las murallas culturales de muchos siglos y lanzarse hacia una vida psíquica libre y plena”. Esa promesa vagamente autoemancipadora aparecía vinculada a Timothy Leary, a quien se suponía iniciador de “la revolución psíquica de la humanidad”, pero al mismo tiempo era presentado como un “hombre muy peligroso” ante los ojos del gobierno estadounidense.
También se mencionaba al banquero y millonario William Hitchcock, mecenas de una fundación de investigaciones psicodélicas, y al capitán John Busby, vinculado al servicio de contraespionaje de la Armada estadounidense, quien había declarado a la revista:
La LSD libera los mecanismos que limitan nuestro cerebro, con lo que surgen formas de percepción enteramente nuevas.
Sin embargo, probablemente lo que más recelos debió despertar entre el estamento científico-terapéutico fue la crítica a la investigación clínica como única experiencia válida con LSD, así como la reivindicación profana de la sustancia, tan abierta como insultante, que emanaba del reportaje:
No hay razón para suponer que los médicos son los únicos capacitados para estudiar la droga con el apoyo oficial […] Es evidente ya que la sola investigación clínica no basta, en parte porque raramente se interesa en cuestiones sociales y en parte porque hay cierto antagonismo entre ella y el punto de vista psicodélico: para quien vive dentro de un terrón de azúcar, el hombre de la bata blanca es como el archipámpano de los tontos.
La publicación de este reportaje provocó una especie de histeria antipsicodélica a la que no fueron ajenos los medios de comunicación. Si el 26 de mayo era el diario Pueblo el que publicaba una crónica de Pilar Narvión, su corresponsal en París, titulada “El LSD-25, fábrica de locos incurables”, dos días después la revista Triunfo, que comenzaba a simbolizar la resistencia intelectual al franquismo, se volvía a ocupar de la polémica sustancia en un reportaje titulado “Viaje al centro del cerebro” y apenas una semana más tarde el diario Ya anunciaba a los lectores en grandes titulares: “Norteamérica declara ilegal el tráfico de una nueva y revolucionaria droga. El ácido lisérgico, el más pequeño pero terrible estupefaciente hasta ahora conocido. El pasado año se distribuyeron más de un millón de dosis de esta droga en los Estados Unidos” (4 de junio de 1966). Incluso el profesor Juan José López Ibor (1908-1991), el psiquiatra con más prestigio durante el franquismo, compareció en un programa de televisión y previno a la audiencia ante la sustitución de los que definió como “viejos tóxicos” (opio, morfina, cocaína) por otros “nuevos” (marihuana, ácido lisérgico), lo que daría lugar a una supuesta “toxicomanía ye-ye”, que a su juicio constituía “uno de los problemas más graves del mundo occidental” en aquellos momentos (19 de julio de 1966). Casi con toda seguridad fue la primera vez que se habló de drogas en Televisión Española (TVE) y, confirmando el proceso de retroalimentación característico de los medios de comunicación, al día siguiente gran parte de la prensa de referencia —ABC, Arriba, La Vanguardia, Ya, etcétera— se hizo eco de estas declaraciones amplificando todavía más tan funesto vaticinio en grandes titulares.
El giro de ciento ochenta grados dado por la misma psiquiatría oficial que diez años antes había realizado experimentos con LSD sólo puede entenderse como una reacción ante la pérdida del monopolio de la sustancia y la publicación de informaciones como las aparecidas la revista Life. Ante todo, el hecho de presentar positivamente a alguien como Leary que, actuando como un verdadero apóstol según unos o como un burdo propagandista según otros, exhortaba a la gente a iniciarse en el consumo de LSD por su cuenta y riesgo, no podía aspirar a contar con el beneplácito de muchos médicos. Pero es que además, la propuesta farmacológica del gurú de la psicodelia trascendía el ámbito meramente lúdico, pues en cierto modo invitaba a la renuncia de las obligaciones impuestas por el principio de realidad, a rechazar la doble moral imperante y a desligarse de la lucha por el poder, la riqueza y el estatus social. Naturalmente, en una sociedad como la española, en cuya memoria colectiva aún era reciente el recuerdo de las cartillas y las colas de racionamiento, y justo por esos años comenzaba a vislumbrar cierto nivel de bienestar, semejantes valores no podían ser bien recibidos, al menos entre la sociedad adulta. Por último, podemos intuir que cualquier “revolución” —aunque en este caso fuera “psíquica”— irritara a cualquier persona afecta al Movimiento. Que Leary se refiriera a la dietilamida del ácido lisérgico como una “sustancia bioquímica sagrada”, capaz de “abrir el camino a la revelación mística”, y que en el reportaje de Albert Rosenfeld y Barry Farell se anunciara la aparición en EE. UU. de “dos o tres iglesias psicodélicas”, también debió de crear cierto sentimiento de prevención en el seno de un Régimen que asumía como propios los principios rectores de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
Entre las informaciones publicadas que más contribuyeron a avivar la histeria antipsicodélica destacan las que daban cuenta de jóvenes de ambos sexos que, bajo los efectos de LSD, creían poder volar y se lanzaban desde balcones y azoteas con trágicas consecuencias. Por el contraste que representa con su propio pasado, citaremos el caso del periódico Los Sitios que se ocupó del asunto el 4 de agosto de 1966 (“La pobre quería volar. Y se arrojó desde un cuarto piso”), el 19 de enero de 1967 (“Fatales efectos de una droga. Los afectados creen poder volar”) y 29 de ese mismo mes (“Los maravillosos efectos del LSD-25. ¡Quién fuera pájaro! Los indios y los alucinógenos. Paz entre carcajadas. Viajando hacia la ilusión. La liberación del yo. Un final trágico”). El ácido lisérgico había dejado de ser la llave que daba paso al lugar donde “residen los arcanos del pensamiento”, y el diario gerundense se refería a la sustancia en términos de “fácil y barata solución contra las penas y preocupaciones diarias” o “sencilla evasión” productora de “ilusiones paradisíacas”, pero capaz de “arrastrar al caos a cuantos caen en la tentación de convertirse en dioses”. Poco o nada que ver con lo que el mismo periódico había publicado diez años antes.
De poco serviría que Antonio Martín Martínez se ocupara de otros aspectos de la psicodelia, como “El arte «LSD»”, desde las páginas del diario Arriba (15 de enero de 1967), que un joven Antonio Escohotado analizara las implicaciones del uso de drogas visionarias desde un punto de vista filosófico en la prestigiosa Revista de Occidente (abril de 1967) o que Mabel, una fotonovela completa para jóvenes, de publicación quincenal, recogiera unas declaraciones del beatle Paul McCartney en las que reconocía haber realizado varios viajes de LSD (7 de julio de 1967). La suerte del ácido estaba decidida a imagen y semejanza de lo acontecido en EE. UU., y poco tiempo después de que el Diario de Ibiza diera cuenta de la detención en la isla de un súbdito estadounidense y una súbdita británica con varias dosis de la “poderosa droga alucinógena denominada LSD-25” (16 de abril de 1967), el Ministerio de la Gobernación insertó en el Boletín Oficial del Estado una Orden fechada el 31 de julio de 1967 por la que quedaron sometidos al “régimen de control de estupefacientes los productos alucinógenos en general y con carácter especial los denominados L.S.D.-25, mescalina y psilocibina”.
Según datos de la Dirección General de Seguridad dados a conocer por el entonces Fiscal del Tribunal Supremo, Antonio José García Rodríguez-Acosta, a lo largo del año 1974 fueron detenidas en España un total de 2.732 personas por tráfico y tenencia de drogas, 1.820 de nacionalidad española y 912 de otras nacionalidades. De todas ellas, tan sólo un 17 % manifestaron haber probado LSD. A tenor de estas cifras oficiales, no puede decirse que el empleo de dietilamida del ácido lisérgico hubiera alcanzado en España proporciones alarmantes. Sin embargo, lejos de rebajar la histeria, los medios de comunicación de masas seguirían alimentando pánicos morales en torno a su consumo. Una tendencia que, con mayor o menor encono, ha seguido manifestándose hasta la fecha.