El régimen de Franco (I)
Años de autarquía (1939-1965)
Después de la guerra civil (1936-1939), y tras la victoria del autoproclamado Glorioso Alzamiento Nacional, España pasó a convertirse en “reserva espiritual de Occidente”. Obviamente, en semejante paraíso natural ya no tenían cabida los paraísos artificiales, y el “problema de drogas” fue oficialmente desterrado, abriéndose paso a un largo período denominado por algunos historiadores de paz farmacrática, caracterizado por la difusión del terapeutismo y de unas peculiares pautas de consumo de drogas (tanto lícitas como ilegales). Hubo intentos de instrumentalizar política e ideológicamente la cuestión, ensayando la fusión de la cruzada contra las drogas con el antisemitismo y el anticomunismo (con especial atención a la ecuación China = opio), pero en última instancia el “problema” quedaba lejos y volvía a contemplarse como algo exótico y foráneo, ajeno a la España de Franco.
Curiosamente, así como la atención de la prensa por los paraísos artificiales decreció notablemente durante este período, el cine de la época, en cambio, explotó la temática hasta la saciedad. Incluso la filmografía española, sometida a una férrea censura previa, está plagada de títulos que recogen distintos aspectos del tráfico y consumo de drogas: Domingo de Carnaval (1945) y La ironía del dinero (1954), de Edgar Neville; Apartado de Correos 1001 (1950), de Julio Salvador; María Dolores (1952), de José Mª Elorrieta; Ha desaparecido un pasajero (1953), de Alejandro Perla; Sitiados en la ciudad (1954), de Miguel Lluch; Miedo (1955-56), de León Klimovsky; Sendas marcadas (1957), de Juan Bosch; Un hombre en la red (1957), de Lelio Luttazzi; La ruta de los narcóticos (1962), de José Mª Forn; El salario del crimen (1964), de Julio Buchs…
En realidad, hasta mediada la década de los 60, el consumo de drogas en España reuniría unas características muy distintas a las de los países de su entorno, e incluso al modelo y pautas de uso que presentaba el propio Estado español antes de la guerra civil. El aislamiento político y cultural, así como el atraso socioeconómico, en combinación con el ideario del nacionalcatolicismo triunfante, configuraron durante todo el período autárquico del Régimen una eficaz barrera contra cierto tipo de sustancias y algunos hábitos de consumo, al tiempo que otras drogas y otros hábitos tomaron carta de naturaleza entre los españoles.
Aparte del café, tabaco y alcohol —considerado y promocionado como “cosa de hombres”—, los principales autores que han estudiado las distintas manifestaciones de ebriedad durante el franquismo destacan tres fenómenos típicos y característicos del modelo español:
Un empleo masivo y generalizado de anfetaminas (Centramina, Paliatin, Maxiton, Simpatina) y barbitúricos (Nembutal, Fanodormo, Isoamitil, Dormileno, Luminal), lo que daría lugar en el foro internacional a la denominación “droga española” para designar genéricamente a este tipo de psicofármacos.
Un importante consumo de derivados cannábicos (kif, griffa, hachís) en ambientes marginales, entre los estratos inferiores e ignorados de la sociedad: legionarios, ex legionarios y otros africanistas, marineros, clientes del Barrio chino, asiduos de bailes populares, prostitutas, chulos, carteristas y otros delincuentes de poca monta, etcétera.
Un considerable número de morfinómanos, más o menos tolerados e institucionalizados, que contaban con carnet de “extradosis” o “dosis extraterapéutica”. Junto a estos tres fenómenos, también debe consignarse un uso de cocaína bastante extendido —y en algunos casos francamente inmoderado— entre los privilegiados del Régimen, es decir, aquel segmento social que no se veía sometido a privaciones económicas y podía divertirse: aristócratas, diplomáticos, tonadilleros y artistas de flamenco, gigolós, toreros, juerguistas de doble moral, famosos del mundillo del cine, del teatro y del espectáculo en general, estraperlistas de altos vuelos, algún que otro jerarca y capitoste del Movimiento, etcétera.