Drogas
Qué raro lo de ese ciclista que corría bien hasta que unos laboratorios han demostrado que corría mal. Qué conmovedoras sus declaraciones públicas, asegurando que era inocente de haber ganado un premio. Qué curioso su chándal. ¿Sería correcto, con los mismos argumentos con los que le hemos desposeído del título, sacar a Poe de la historia de la literatura? Después de todo, escribió algunos de sus mejores relatos bajo los efectos del alcohol. ¿Debe gustarme todavía El cuervo? ¿Es lícito que disfrute con un vídeo de Roberto Heras después de lo que hemos descubierto en su orina? ¿Es normal conceder al pis esa capacidad de decisión sobre el gusto?
Sentido único
La Junta de Andalucía ha puesto en marcha un experimento (calificado por algunos medios de revolucionario) que consiste en administrar heroína al heroinómano como se administra insulina al diabético. No sabe uno cómo manejar la estupefacción que le producen esta clase de noticias, si riendo, llorando o escribiendo una carta al director. Algunos comentaristas añaden, como si hubieran descubierto el huevo de Colón, que de este modo el drogadicto no tendrá que delinquir para obtener la dosis y que el narcotráfico sufrirá un golpe al perder clientes. Pues sí que ha costado años alcanzar tales conclusiones. Pero en las conclusiones está precisamente el problema. Si el narcotráfico llegara a sentir en sus bolsillos las consecuencias del experimento, ya se las arreglaría para que las cosas regresaran a su estado anterior.
El horizonte como droga
Continuamos buscando galaxias fuera y genes dentro. Como los extremos se tocan, llegará un momento en que al asomarnos a un gen veamos una galaxia y viceversa. La realidad —no lo digo yo, lo dicen los científicos— tiene forma de gusano enroscado: si consigues llegar a la boca y salir de ella, te metes sin darte cuenta en el culo y vuelves a empezar. La frontera entre el mapa genético y el cósmico es más delgada que una cuchilla de afeitar, aunque tan cortante como ella. Si limamos sus bordes, veremos finalmente que entre un elefante y una hormiga no hay diferencias sustanciales, ni siquiera de tamaño. Al fondo del pasillo, o de la realidad, no hay otra cosa que un espejo que nos multiplica.
Demagogia en vena
Como la droga está prohibida, el gobierno ha habilitado unas salas para que usted se pinche sin temor a ser detenido y con todas las garantías higiénicas. Dado que desde el punto de venta ilegal a la narcosala legal hay setecientos metros, las autoridades están dándole vueltas también a la idea de poner unos todoterrenos a disposición de los usuarios. En las salas de venopunción (así las llaman) habrá además personal especializado en analizar la droga ilegal que usted acaba de adquirir sin problemas, para decirle si está adulterada o no y en qué grado, de modo que usted sepa si corre peligro de muerte al inyectársela. En tal caso, no se la cambiarán por otra, pues se supone que usted ya es mayor para decidir por sí mismo si se la pone y muere o si sale en pleno mono a dar un tirón de mil duros para comprar otra dosis con menos arsénico. A todos nos parece mal que la droga se mezcle con matarratas o con mármol pulverizado, pero de eso no tiene la culpa nadie: es un efecto secundario de la prohibición. El caso es que no se puede medir su calidad hasta después de adquirida porque hacerlo antes significaría vulnerar la ley. No intente usted entenderlo. Se impone el tirón, en fin, o el atraco a punta de navaja, que aunque también están prohibidos son más rápidos que hacer las cosas bien.