En el prólogo a la versión castellana de The Emperor Wears No Clothes. Hemp and the Marijuana Conspiracy (1985), dice Antonio Escohotado que la intervención de Jack Herer “marca un claro hito” en la historia reciente del cannabis1. De hecho, el propio Herer, en su web oficial, reconoce que este libro —con más de 600.000 copias vendidas en inglés, y más de un millón si agregamos su traducción a distintos idiomas— es el que propició lo que él denomina “the hemp revolution”2.
Friederich-Rudolf Stallman nació —según el investigador Jorge Ventura Subirats— en 1867 en la ciudad alemana de Hannover. Otros autores, como el ex comisario de policía Manuel Casal Gómez, sitúan su nacimiento algunos años más tarde, en 1874, y en otro lugar, concretamente en Postdam, estado de Brandeburgo. Parece ser que procedía de una familia honrada de comerciantes o mercaderes. Pero con toda seguridad, a lo largo de su azarosa vida, utilizó varios nombres más o menos ficticios: etcétera; además de autoadjudicarse —previa correspondiente documentación amañada— el pomposo y apócrifo título de barón de König.
Los paraísos artificiales es el título de un libro publicado en 1860, en el que Charles Baudelaire agrupó una serie de artículos sobre sus experiencias con alcohol, opio y derivados del cáñamo. Aunque ha sido —y continúa siendo— un formidable vehículo de propaganda para el hachís, el libro en cuestión se revela —a juicio de Laín Entralgo— como un “verdadero devocionario de ascética”. Pero más allá de eso, Los paraísos artificiales vino a recuperar una preocupación cristiana que había permanecido prácticamente muda desde el fin de la cruzada contra la brujería, y que a partir de entonces se reafirmó en su ancestral rechazo ante cualquier misticismo apoyado sobre bases farmacológicas, es decir, ante la ebriedad divina. En realidad, el libro de Baudelaire encerraba el germen del prohibicionismo moderno, pues recobraba el viejo principio cristiano —tal y como advierte Antonio Escohotado— de que “es traición a la majestad divina suspender con ayuda de una planta el rutinario valle de lágrimas”.
Mariano Antolín Rato entrevistado por Juan Carlos Usó
Hay un proverbio zen que dice: “Ya se sabe, cuando alguien señala la luna, algunos idiotas miran el dedo”. Mariano Antolín Rato, desde luego, no. Asturiano de nacimiento y madrileño de adopción, este “viajero incorregible” ha escrito y publicado, hasta el momento, ocho novelas y dos ensayos. También es autor de más de cien traducciones, básicamente de escritores estadounidenses (William Burroughs, Raymond Carver, William Faulkner, Scott Fitzgerald, Jack Kerouac, Malcolm Lowry y otros), y colaborador habitual en las páginas culturales de los diarios El Mundo y La Vanguardia, así como en las revistas Letra Internacional, Revista de Occidente y Tiempo, entre otras muchas. Asimismo ha sido profesor en cursos especializados organizados por varias universidades españolas y norteamericanas. Apasionado por el cine y la música, sus conocimientos sobre ambos temas pueden abrumar al simple aficionado.
Juan Carlos Usó es uno de los nombres propios que han marcado la reciente historia del activismo antiprohibicionista ibérico. Historiador y sociólogo, es autor de los libros Drogas y cultura de masas y Spanish trip, la aventura psiquedélica en España fruto de sus vastas investigaciones en los archivos históricos y hemerotecas.
“La lucha por legalizar las drogas ni es actual ni sólo de izquierdas”
por PEDRO G. DE VIÑASPRE
pais-11-10-2000
Juan Carlos Usó (Castellón, 40 años) es autor de Drogas y cultura de masas (España, 1855-1995), donde repasa a evolución de la lucha contra la prohibición de las drogas. Su interés es desvelar que los planteamientos actuales sobre la legalización de estas sustancias vienen de lejos y que existen muchos estereotipos que no responden a la realidad.
La revolución psiquedélica de los años 60 (s. XX) no fue televisada y menos aún en España a pesar de que, entre los últimos resabios de beatería y militarismo franquistas, también tuvieron lugar algunos escarceos lisérgicos. Ni la historia, ni la sociología se habían dignado hasta ahora [a] recoger las vivencias y los hallazgos del puñado de personas que, con mejores o peores intenciones, se atrevieron a viajar hacia la quinta dimensión desde nuestra dimensión carpetovetónica y mesetaria. Los tiempos cambian incluso en las aulas académicas y Spanish trip (La aventura psiquedélica en España), segundo libro de Juan Carlos Usó, joven doctor en ciencias sociales, redescubre para curiosos, morbosillos e intelectuales un momento histórico peculiar e irrepetible que, como él mismo demuestra, dejó en nuestra sociedad unas huellas más profundas de lo que las apariencias se empeñan en indicar. La abajo firmante, que milita fervientemente en las filas de los curiosos y morbosillos, quiso saber más e hizo llegar a Juan Carlos Usó el siguiente cuestionario. Aquí tienes sus respuestas.
‘Educación y Biblioteca’: Juan Carlos Usó. Bibliotecario, sociólogo y autor de ‘Drogas y cultura de masas (España 1855-1995)’.
por RAMÓN SALABERRIA
Juan Carlos Usó Arnal (Nules, Castellón, 1959) es Licenciado en Geografía e Historia (Contemporánea) por la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia y Doctor en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Desde 1983 ocupa en propiedad la plaza de Bibliotecario municipal del Ayuntamiento de Castellón de la Plana.
Todos los expertos en la materia coinciden en señalar que el comienzo de la etnobotánica moderna tiene nombre propio: Louis Lewin (1850-1929). Este insigne farmacólogo y toxicólogo alemán de origen judío cursó estudios de Medicina en la Universidad de Berlín, alcanzando el grado de doctor en 1876. Pasó los dos años siguientes en Munich, donde trabajó en el laboratorio de Carl von Voit y Max von Pettenkofer, pioneros en la fundamentación de la nutrición sobre bases científicas, antes de regresar a Berlín para ocupar plaza de profesor auxiliar en el instituto farmacológico universitario, puesto al que renunció en 1881. Ese mismo año ingresó en la Facultad de Medicina como privatdozent, hasta que en 1897 fue nombrado profesor numerario.
Presten atención. Spanish trip (La aventura psiquedélica en España), de la Editorial La Liebre de Marzo es el nuevo libro del historiador y sociólogo Juan Carlos Usó, en el que se recoge, a modo de crónica detallada, el recorrido de las sustancias psiquedélicas en nuestro país, desde lo iniciales usos clínicos hasta los psiconautas de última generación. Un viaje en el que hallarás una ocasión excelente para desvelar más de una verdad a medias y recibir buenas dosis de información de la que, para ser francos, tan necesitados estamos.
En calidad de drogoaficionados y amigos del saber, sometimos a Juan Carlos Usó —todo un experto en la prohibición de fármacos placenteros— a un tercer grado en clave de toma y daca electrónico con la sana intención de saciar nuestra sed de conocimiento y, así de paso, disponer de material fresco y novedoso para ofrecerles a ustedes nuestros lectores. Juan Carlos Usó (Castellón, 1959), sociólogo, historiador y bibliotecario, colaborador de la revista Cáñamo y responsable de la web Mundo Antiprohibicionista, contestó gustoso y amablemente a nuestro extenso interrogatorio.
Juan Carlos Usó no necesita presentación. Es el autor de un libro esencial para comprender el fenómeno de las drogas en España Drogas y cultura de masas: España 1855-1995 (Madrid, Taurus, 1996), ampliado en Spanish trip: la aventura psiquedélica en España (Barcelona, La Liebre de Marzo, 2001), y de decenas de artículos donde, siguiendo la estela de los libros citados, el rigor documental se conjuga con un sentido del humor imprescindible a la hora de tratar estos asuntos. Llevábamos mucho tiempo intentando pillarle por banda y a la tercera va la vencida. Más en su web, Mundo Antiprohibicionista.
Hace dos años nadie hubiera imaginado que Juan Carlos Usó, un historiador valenciano que trabaja en la Biblioteca Municipal de Castellón desde 1983, iba a convertirse en uno de los gurús del antiprohibicionismo en España. El azar le llevó hasta un trabajo de recopilación que, después de pasar por el despacho del profesor Escohotado, acabó en tesis doctoral. Drogas y cultura de masas (España 1855-1995) es hoy una de las obras imprescindibles para entender el por qué y cómo de la despenalización de las drogas. De TODAS las drogas.
«Curs per correspondència de Geografía i Història del País Valencià» (en colaboración con Josep-Emili Castelló Traver y Amor Martín Mateo), València, Eliseu Climent editor, 1982.
«Mapes bàsics de Geografía i Història del País Valencià» (en colaboración con Josep-Emili Castelló Traver y Amor Martín Mateo), València, Eliseu Climent editor, 1982.
«Porros + Ácidos + Schnapps (un cuento real como la vida misma)», en Llum, n.º 5, 1982.
«Dos establecimientos masónicos en Vinaròs: el Capítulo de Caballeros Rosa-Cruz y el Taller Simbólico Padilla, de 1889», en Vinaròs (Setmanari d’Informació Local), año XXV, tercera época, n.º 1.260, 18 de septiembre de 1982, pp. 5-6.
«Católicos y masones en Castelló de la Plana: el juicio promovido por el Gran Oriente Español contra los presbíteros D. Wenceslao Balaguer y D. Andrés Serrano y la constitución de la Liga Antimasónica», en Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura, t. LIX, cuad. 1, enero-marzo de 1983, pp. 91-109.
«La masonería en Nules (I)», en Noulas (Boletín Mensual de Información Municipal), año XV, n.º 160, marzo de 1983, p. 1.
«La masonería en Nules (II)», en Noulas (Boletín Mensual de Información Municipal), año XV, n.º 161, abril de 1983, p. 1.
«La masonería en Nules (III)», en Noulas (Boletín Mensual de Información Municipal), año XV, n.º 162, mayo de 1983, p. 1.
«La masonería: un mito que debe ser historia (I). La persecución y condena ha obstaculizado su conocimiento», en Castellón Diario, año III, n.º 787, 8 de agosto de 1984, p. 4.
«La masonería: un mito que debe ser historia (II). La invasión napoleónica trajo la masonería al Estado español», en Castellón Diario, año III, n.º 795, 16 de agosto de 1984, p. 4.
«La masonería: un mito que debe ser historia (III). La masonería influyó en la sociedad castellonense de los siglos XIX y XX», en Castellón Diario, año III, n.º 796, 17 de agosto de 1984, p. 4.
«La masonería: un mito que debe ser historia (IV). La Razón fue un semanario castellonense sobre masonería», en Castellón Diario, año III, n.º 804, 25 de agosto de 1984, p. 8.
«La masonería: un mito que debe ser historia (V). Vinculación de la masonería de Castellón y el republicanismo», en Castellón Diario, año III, n.º 816, 6 de septiembre de 1984, p. 28.
«La masonería en la ciudad de Alicante» (en colaboración con Vicent Sampedro Ramo), en Canelobre (Revista del Instituto de Estudios Juan Gil-Albert), n.º 10, verano-otoño de 1987, pp. 97-104.
«Problemas, enfrentamientos y escisiones en las potencias masónicas españolas de finales del siglo XIX y sus repercusiones en la masonería alicantina: el caso de la logia Constante Alona», en Ayudas a la Investigación 1984-1985, Alicante, Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, vol. I, 1988, pp. 131-138.
«Una modificación necesaria de la política sobre drogas», en Interdependencias (Alternativas Norte-Sur a la producción, tráfico y consumo de drogas), n.º 18, marzo de 1997, pp. 9-10.
«Drogas en España: un tema derivado en “problema”», en Archipiélago (Cuadernos de crítica de la cultura), n.º 28, primavera de 1997, pp. 51-59.
«Cannabis, aquí y ahora», en El Cogollo (Revista cannábica), n.º 1, primavera de 1997, pp. 37-39.
«Ley Corcuera: una caja de sorpresas», en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 17, mayo de 1999, pp. 8-9.
«Trash ibérico & drogas», en Las Perdices Vuelan Solas, n.º 4 abril, junio de 1999, pp. 47-51.
«Leyes, “enfermedad” y drogas: Pasado, presente y perspectivas de futuro», en Claves de Razón Práctica, n.º 95, septiembre de 1999, pp. 65-69.
«¿Enfermos?», en El Cogollo (Revista cannábica), n.º 3, otoño de 1999, pp. 15-19.
«Ley y cannabis. Comentarios sobre la aplicación del art.º 25 de la ley Corcuera (1994-95)», en El Cogollo (Revista cannábica), n.º 3, otoño de 1999, pp. 39-43.
«Señales de humo», en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), especial 2000, n.º 25, pp. 23-37.
«Rastros lisérgicos literarios», en Cretino (Comix flotantes), n.º 4, [febrero de 2000], pp. 50-53.
«Psiquedelia y creatividad. Algunas consideraciones sobre la influencia de la experiencia psiquedélica en el proceso creativo», en Ulises (Revista de viajes interiores), n.º 3, primavera de 2000, pp. 28-37.
«Sobre el uso clínico de psiquedélicos en España», en El Idiota (Revista monográfica de ideas), Visionarios. Ebriedad, sustancias y plantas de poder: reflexión y creatividad, n.º 1, 2000, pp. 104-116.
«¡Marihuana, para usos medicinales, ya!», en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 39, marzo de 2001, pp. 26-30.
«Éxtasis», en Cretino (Comix de barrio), n.º 6, [marzo] de 2001, p. 6.
«Un poeta psiquedélico. Miguel Ángel Velasco entrevistado por Juan Carlos Usó», en Ulises (Revista de viajes interiores), n.º 4, primavera de 2001, pp. 62-69.
«El uso del cannabis en España: un hábito cultural centenario», en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 47, noviembre de 2001, pp. 12-16.
«Actos y efemérides de las Juntas. 2ª época (1965-2001)» (en colaboración con Luis Miralles Conesa, Santiago Fortuño Llorens y Manuel Irún Revest, bajo la coordinación de José María Trullén Llatse), en Ateneo de Castellón, anuario 2001-2002, n.º 11, febrero de 2002, pp. 57-68.
«El “colocón” del marqués de Bradomín. Valle-Inclán y el cannabis», en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 53, mayo de 2002, pp. 64-65.
«La cuestión del cannabis», en De Domingo (suplemento dominical de «Heraldo de Castellón»), n.º 88, 16 de octubre de 2005, p. 13.
«LSD, el poder de unas siglas», en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis)-Ulises (Revista de viajes interiores), n.º especial monográfico Albert Hofmann-LSD, enero de 2006, pp. 199-202.
«Drogues i comunicació mediàtica», en L’Avanç (Informació lliure del País Valencià), n.º 96, 20 de gener de 2006, p. 10.
«Los papeles del cannabis», en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 100, abril de 2006, pp. 36-38.
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«Prefacio», en PIÑEIRO, Juanjo: Psiconautas. Exploradores de la conciencia, Barcelona, Los Libros de la Liebre de Marzo, 2000, ISBN: 84-874-0348-4, pp. 9-13.
«Prólogo», en HELLINGA, Gerben y PLOMP, Hans: Flipando, Madrid/Amsterdam, Chaos Entropy Publishing (inédito).
«Notas y apéndices a la edición española», en MATTHEWS, Patrick: La cultura del cannabis. Viaje por un territorio disputado, Madrid, Alianza, 2002, ISBN: 84-206-7986-0.
«Prólogo», en HIDALGO DOWNING, Eduardo: «Ketamina», 2.ª, Madrid, Amargord Ediciones, 2008, ISBN: 978-84-87302-71-8, pp. 17-20.
En la primera parte de este trabajo, publicada en el número 11 de ULISES, tuvimos la oportunidad de analizar el papel desempeñado por los medios de comunicación en general y la prensa de masas en particular en la activación del interés profano por el ácido lisérgico y en la consecuente diseminación de la sustancia al margen de usos clínicos.
En un par de trabajos publicados hace tiempo ya analizamos la importancia del uso de cannabis en la zona del Protectorado español en Marruecos entre 1912 y 1956, y su posterior influencia en el marco peninsular1. Efectivamente, el hábito de fumar derivados cannábicos en España fue “importado” desde sus posesiones norteafricanas. Este hecho determinó que en principio el kif, la grifa y el hachís que se consumían llegaran directamente de las zonas productoras marroquíes de la mano de numerosas personas ―especialmente legionarios― en tránsito desde el Protectorado a la Península.
Según cuenta el químico suizo Albert Hofmann en su libro LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo, sus alegrías y satisfacciones por la paternidad de tan increíble sustancia psicoactiva se vieron empañadas, después de más de diez años de investigación científica y aplicación médica no turbada, por la “poderosa ola de toxicomanía que comenzó a extenderse hacia fines de la década [de los 40] en el mundo occidental y sobre todo en los EE. UU.”. A pesar de sus características farmacológicas, que tanto la alejan del concepto “toxicomanía”, la dietilamida del ácido lisérgico no se vio libre del embate de aquel tsunami.
Pont-Saint-Esprit es un pueblo francés del departamento de Gard situado a orillas del Ródano, en la región Gard Provençal, entre el Languedoc y la Provenza. Actualmente cuenta con unos 9.500 habitantes, la mayoría de los cuales se sienten orgullosos del patrimonio histórico que enriquece y embellece el paisaje urbano de la villa: el monasterio de San Pedro (ss. XII-XVIII), la Maison des Chevaliers (s. XII), la Colegiata y la Ciudadela (ss. XIV-XVIII), la Iglesia de San Saturnino (s. XV), el Museo Departamental de Arte Sacro, el Museo Municipal “Paul Raymond” y muy especialmente del puente del Espíritu Santo, construido entre los años 1265 y 1309 para poder cruzar el Ródano, y que muchos equiparan al legendario puente de Avignon, a unos 40 kilómetros al sur, río abajo. Entre los productos típicos del pueblo destacan el aceite de oliva, el caviar de berenjena, el condimento a base de aceitunas conocido como “tapenade” y los jabones perfumados. Los caracoles al gusto provenzal, el chocolate “Esprit de Pont St. Esprit” y los vinos de la región constituyen otras de sus especialidades. Sin embargo, si en su día Pont-Saint-Esprit saltó a un primer plano de actualidad no fue por la calidad de su patrimonio artístico y arquitectónico, ni por sus excelencias gastronómicas, sino porque durante un tiempo se convirtió en foco de una extraña epidemia.
El pasado mes de septiembre la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) insertó en TODOS los suplementos dominicales de los diarios españoles un encarte dirigido a padres y madres, bajo el título “Algunas realidades sobre los consumos de drogas”, cuyo contenido informativo está supeditado a una rotunda afirmación preliminar: “En la actualidad, los consumos de drogas (sustancias, formas de consumo, etc.), nada tienen que ver con las imágenes y percepciones del pasado”. La mayoría de las personas darán por válida esa aseveración; sin embargo, una premisa tan categórica como inconcreta merece una reflexión. La referencia a la “actualidad” no tiene mayores complicaciones, pues se limita a centrar la cuestión en el presente. En cambio, la invocación al “pasado”, aunque parezca igualmente diáfana, suscita algunas dudas, y no debería, pues como decía Polibio “la humanidad no posee regla mejor de conducta que el conocimiento del pasado”. ¿A qué momento nos remite ese “pasado”, cuyas “imágenes y percepciones”, según la FAD, no se corresponden ya con las actuales? ¿Al mundo antes de internet? ¿A los bailongos años 90, con sus raves y rutas del bakalao saturadas de rayas de coca y pastillas de éxtasis? ¿A los años de la Transición y la Movida, ensombrecidos por el caballo? ¿A la época de los hippies, impregnada de quimeras lisérgicas? ¿Al período de la autarquía franquista, caracterizado por un uso masivo de drogas legales, la presencia de toxicómanos institucionalizados, un empleo a veces inmoderado de caviar blanco en determinados círculos de privilegiados del Régimen y un uso muy extendido kif y grifa entre los estratos más ignorados de la sociedad? ¿A la II República, cuando la prensa llegó a considerar que Barcelona actuaba como “central del tráfico clandestino de estupefacientes para toda Europa”? ¿A los felices o locos años 20, cuando el empleo de cocaína, morfina, opio y éter estaba a la orden del día? ¿A la denominada belle époque, cuando esas sustancias que hoy consideramos tan peligrosas se vendían libremente en todas las farmacias?…
Cuando se publicó en España la primera autobiografía de Timothy Leary, la sociedad española todavía pugnaba seriamente por sacudirse de encima el lastre de la dictadura franquista. Muchos lectores del libro nos sorprendimos entonces al saber que el Sumo Sacerdote del ácido había hecho escala en Madrid, en septiembre de 1970, tras su huida de los EE. UU. y antes de recalar en Argelia, donde permanecería un tiempo bajo la protección del propio gobierno argelino y de los Black Panthers, brazo armado del autoproclamado black-power. Así narraba el episodio el propio Leary:
La primera vez que tuve en mis manos un número de la revista The High Times fue en casa de Antonio Escohotado. Es difícil que olvide aquel primer contacto físico con la mítica publicación cannábica estadounidense porque tuvo lugar durante un intenso fin de semana a principios de los 90, en que bajo efectos de la ketamina a punto estuvimos de dejar que se prendiera fuego la casa. Pero dejando de lado esta historia, que ahora mismo no viene a cuento, y retomando el hilo de la cuestión, recuerdo la emoción que me embargó al poder hojear aquel ejemplar de una revista que sabía venía publicándose ininterrumpidamente desde 1974 y con la que algunos empezamos a soñar antes de que muriera Franco.
Lyserg-Säure-Diäthylamid es el nombre original con el cual se identificó la sustancia que descubrió en 1938 el químico suizo Albert Hofmann (n. 1906) a partir de sus experimentos con muestras de cornezuelo de centeno (Claviceps purpurea). Durante algunos años se ignoró qué aplicaciones podía tener. En 1943, fue el propio Hofmann el primero en sentir sus poderosos y sorprendentes efectos psicoactivos durante una jornada gloriosa que ya forma parte de los anales —y hasta de la iconografía— de la psiquedelia, gracias en parte a un celebrado viaje en bicicleta. Aunque ya habían sonado los clarines, todavía no había llegado la hora de la sustancia: contaba a su favor con la proverbial neutralidad de Suiza, pero la II Guerra Mundial estaba en pleno apogeo. No sería hasta los años 60 cuando sus intensos efectos sobre la conciencia revolucionaron el acervo cultural y espiritual de Occidente en su conjunto. Aunque inicialmente el producto fue lanzado al mercado por la casa Sandoz con el nombre comercial de Delysid, el apelativo que finalmente gozó de mayor fortuna entre la estirpe de psiconautas que fue forjándose en su uso sería el conformado por las siglas que conformaba su designación en alemán.
El científico y filósofo Blaise Pascal solía advertir que “todos los infortunios de los hombres derivan de no saber quedarse tranquilos en sus casas”. Hay personas, sin embargo, que no sólo han pasado años sin salir de casa, sino que durante todo ese tiempo, y estando aparentemente sanas, ni siquiera han dejado el lecho. Hay quien se refiere a ellos como tumbados, otros los denominan acostados y los franceses inventaron el término encamado para designar a estos sujetos.
Prácticamente coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona'92 la Real Academia Española (RAE) incorporó en la 21ª edición del Diccionario de la lengua española una nueva acepción del término “camello”, que hasta entonces sólo había designado —oficialmente— a ese rumiante artiodáctilo y giboso que cobra especial protagonismo todos los años el 6 de enero, con motivo de la festividad de los Reyes Magos (aunque cada vez lo pierda más en favor de los renos de Santa Claus). Con cierto retraso, como nos tiene acostumbrados en estos casos, el alto organismo que tiene como divisa limpiar, fijar y dar esplendor al idioma castellano legitimó el significado popular y coloquial que venía atribuyéndosele desde hacía años en la calle a la palabra “camello”, es decir, el de “persona que vende drogas tóxicas al por menor”.
Las aspiraciones españolas en el Norte de África, que se fueron gestando a lo largo del siglo XIX, recibieron luz verde en la Conferencia de Algeciras (1906), al legitimarse la protección europea sobre Marruecos y concretarse un marco exterior favorable a su expansión colonialista en la zona. Aunque su viabilidad estuvo seriamente comprometida desde antes de que se viera materializado, tanto por la resistencia de los marroquíes a aceptar el dominio español como por la de los sectores sociales españoles más perjudicados por la aventura colonialista (recuérdese, por ejemplo, el desastre del barranco del Lobo y la rebelión popular de la Semana Trágica, acaecidos en 1909), finalmente el Protectorado español en Marruecos fue establecido en 1912.
Si hemos de dar crédito a los datos aportados durante los últimos años por distintos organismos oficiales, tanto estatales como internacionales1, y difundidos puntual pero insistentemente por los medios de comunicación, necesariamente habremos de concluir afirmando que el empleo de cannabis en el Estado español está experimentando un notable incremento entre la población juvenil. En concreto, este aumento tendría una especial incidencia entre las poblaciones escolares de Euskadi2 y Catalunya3. Además, según las encuestas oficiales, la edad de inicio en su consumo ha descendido perceptiblemente4.
Por si no hubiera bastante con las del Plan Nacional sobre Drogas (PND), ya podemos ver en nuestras calles la última campaña de la FAD… y con ésta son ya veintidós desde su fundación en 1988. Según los responsables de la FAD, el eslogan de la campaña es el siguiente: “Todos somos responsables. La Educación lo es todo”. Aparentemente pues, la campaña gira en torno a la Educación (con mayúscula) y hace un llamamiento a la responsabilidad colectiva. Y aunque va dirigida a la sociedad en su conjunto, parece que sus mentores apuntan hacia un sector más específico: “educadores, padres, medios de comunicación, publicitarios, deportistas, políticos” (es decir, líderes de opinión)… Desde luego, no cabe mejor propósito, ni más loable.
Los estudios denominados de “expectativas” llevados a cabo por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) a finales de los últimos tres años han venido a poner de manifiesto cierto pesimismo social ante la evolución del “problema de las drogas”1. Según estos sondeos, el porcentaje de personas que opinan que “dentro de 5 años” el consumo de drogas prohibidas en el Estado español será menor ha ido disminuyendo progresivamente: 22 % (1999), 14 % (2000) y 13,4 % (2001). Obviamente, y al mismo tiempo, el porcentaje de los ciudadanos que piensan que será mayor ha aumentado: 50,3 % (1999) y 58 % (2000-2001).
Las consecuencias políticas y socioeconómicas derivadas de la neutralidad observada por el Estado español ante los dos grandes conflictos bélicos que asolaron Europa durante el s. XX han sido estudiadas y analizadas prácticamente en todas sus repercusiones. Por lo demás, y dejando aparte la pugna entre aliadófilos y germanófilos, lo cierto es que la inmensa mayoría de españoles que vivieron directamente ambas conflagraciones acogieron con indisimulado pero sordo beneplácito esa política de no beligerancia: unos porque todavía recordaban los desastres de la guerra librada contra EE. UU. a finales del s. XIX y sufrían una sangría permanente en Marruecos; otros porque tenían muy recientes las heridas abiertas por la guerra civil.
Hace dos años, justo cuando acababa de publicarse el libro Spanish trip (La aventura psiquedélica en España), un rumor insistente tenía alarmados a los profesores y padres de alumnos de los centros escolares de Guipúzkoa: en los colegios se estaban distribuyendo entre los niños calcomanías impregnadas con LSD.
Señoras, señores, buenas tardes a todas y a todos:
PATIM
Ante todo, quisiera comenzar pidiendo disculpas por no haber podido asistir el año pasado a recibir personalmente el premio “Paco Pascual” a la “difusión social en drogodependencias” con que tuvo la generosidad de distinguirme la asociación PATIM. También quiero agradecer a la asociación la confianza y amabilidad demostradas al haberme invitado para que actuara hoy como mantenedor de este acto.
Algunas consideraciones sobre el abordaje tradicional de los riesgos y daños asociados al uso de drogas
La prevención suele presentarse como la única solución posible al denominado problema de las drogas. Partiendo del hecho de que no se trata de una idea nueva y de que, en la actualidad, está prácticamente institucionalizada, en este trabajo se critica la ambigüedad del concepto y se propone su superación mediante políticas de reducción de riesgos y daños como paso previo hacia una inevitable normalización del consumo y tráfico de drogas.
A finales de los años 60 la sociedad española estaba aletargada por el franquismo. Algunos jóvenes, sin embargo, espoleados por el movimiento contracultural que había puesto en jaque a la sociedad adulta de Occidente, adoptaron nuevas formas de vida al margen de las establecidas, dando origen a una actitud “underground” de marcados rasgos autóctonos. En Sevilla, por ejemplo, se creó un pequeño reducto de libertad en torno al grupo Smash, pionero de la llamada “música progresiva”. A parte de unos cuantos discos memorables, el grupo sevillano dejó para posteridad un documento en el que se planteaba hacer música como algo unido indisolublemente a una visión del mundo y una forma de vida totalmente ajenas a los convencionalismos sociales de la época. No se trata de un texto expresamente antiprohibicionista, pero recoge claramente las ansias de libertad de toda una generación.
A las puertas del siglo XXI, décadas de creciente prohibicionismo no han conseguido erradicar —ni siquiera frenar— el consumo de substancias psicoactivas, sino todo lo contrario, es decir, promocionar indirectamente lo reprimido. Aquéllo que comenzó considerado vicio de unos pocos —a medida que ha ido incrementándose el prohibicionismo—, ha acabado por convertirse en problema de todos. Y, aunque el Estado español es uno de los lugares más permisivos de todo el mundo en cuanto al uso de drogas, los costes generados por el mantenimiento de una política prohibicionista son bien visibles. Un goteo constante de intoxicaciones y muertes —afortunadamente en claro retroceso desde 1992—, y un deterioro generalizado de la salud de muchos usuarios como consecuencia de frecuente adulteraciones, por no hablar del fuerte impacto del sida, son las secuelas más dramáticas en el terreno sanitario. En el orden económico, de los más de 63 billones de pesetas que anualmente genera el tráfico mundial de drogas1 y que, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), amenazan las bases de la sociedad2, unos 500.000 millones son blanqueados en España3. Con destino a la lucha contra las drogas en todos sus frentes, los distintos organismos públicos españoles competentes ya se enfrentaban a principios de la década de los noventa con un presupuesto superior a 14.000 millones4. A estas cantidades astronómicas podemos agregar el resultado de la incautación de bienes de las personas condenadas por tráfico de drogas, que algún año ha llegado a reportar al Estado hasta 2.400 millones de pesetas5, así como el importe de las sanciones ejecutadas en aplicación de la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana o “ley Corcuera”, que solamente en 1996 ascendió a casi 2.500 millones de pesetas6.
Es posible que, desde la aprobación de la normativa que dio origen al llamado «motín de Esquilache», ninguna otra haya suscitado tanta polémica en España en materia de seguridad pública como la Ley Orgánica 1/1992, de 21 de febrero, sobre Protección de la Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Corcuera.
Descubierta en 1874 por el químico inglés C. R. Wright1, el año que viene la diacetilmorfina o heroína cumplirá un siglo desde que comenzara a ser empleada. En 1898 Heinrich Dreser, de la casa Bayer, la presentó en un congreso de médicos y naturalistas como un nuevo narcótico y analgésico, absolutamente inofensivo2. El Dr. Strube, de la Clínica Médica de Berlín, fue el primero en hacer notar que la heroína podía originar hábito. En 1902 Jean Jarrige defendió en la Universidad de París su tesis doctoral, titulada precisamente Heroinomanía, en la que analizaba la adicción creada por la diacetilmorfina, observada en algunos pacientes, y a la cual consideraba más esclavizadora que la morfinomanía3. Después, otros médicos, como el estadounidense Pettey, el italiano Montagnini y los franceses Morel-Lavallée y Sollier, advirtieron sobre los efectos indeseados de la nueva droga.
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