Lo infinitamente más dañino
Raro es el fin de semana en el que uno no se encuentre, al hacer un zapeo televisivo, con alguna batería de periodistas gañanes (ellos y ellas, aunque el término sea masculino) rajando de la difunta Carmina Ordóñez y de su también ya difunta adicción a las drogas. Cada vez que el tema de la droga es tratado por la prensa seria o por la chusca, las diferencias entre las dos desaparecen y parecen todos gañanes, mitad escandalizados, mitad complacidos, en todo caso moralizando y sermoneando con improbable hipocresía: porque son demasiados los reporteros, locutores, tertulianos y columnistas que dan la impresión de estar perpetuamente colocados con alguna mezcla explosiva, a tenor de lo que dicen y escriben. Cuando algún personaje famoso es pillado con drogas, se le impone una penitencia ortodoxa como requisito para ser “perdonado”. El personaje en cuestión ha de hacer una autocrítica digna de las purgas de Stalin (“Soy un imbécil, un enfermo, un pusilánime y una piltrafa, he ido con malas compañías que me han corrompido, pero esto va a cambiar, necesito ayuda y no quiero ser un esclavo”, es más o menos la letanía) y a continuación debe encerrarse en un centro de “desintoxicación” durante unas semanas, como prueba fehaciente de que está arrepentido y quiere quitarse de lo que tomara y seguramente seguirá tomando porque le da la gana. La sociedad, entonces, se muestra comprensiva con el pecador; lo ve expuesto, humillado, artificialmente contrito y avergonzado —en suma, lo ve castigado—; se reconforta pensando que los ricos y célebres son unos degenerados y que no vale la pena envidiarlos tanto, y finalmente los readmite al rebaño.