Las drogas aliadas
Sé que, en general, estáis en contra; que os hiere que se generalice en este tema más que en otros, y por eso acentuáis vuestra repulsa; que lo que veis y oís os parece una dolorosa evidencia. Y, sin embargo, es necesario puntualizar, necesario informarse y reflexionar antes de volver la espalda al tema; y necesario, sobre todo, comprender. La droga es tan antigua como el hombre; no se trata de un fenómeno de hoy, por mucho que así os lo quieran hacer creer. Las vinculaciones empáticas que algunas provocan, o la evasión que propician otras, o la intensidad vital que todas prometen, han sido desde siempre ansiadas por los seres humanos. Los sabios griegos las consideraban oportunas o inoportunas según los casos, los usuarios y las circunstancias. Todas las culturas las han empleado en una dirección beneficiosa. ¿Qué es, por tanto, lo que hay de nuevo ahora?
Las drogas enemigas
La droga es más un anatema que un concepto. No se la entiende como sustancia productora de determinados efectos sobre el funcionamiento cerebral, a menudo beneficiosos. Su correlato social no lo da su actividad farmacológica, sino su fuerza para simbolizar el mal. Se ha convertido en un ejemplo maniqueo: declararse enemigo suyo, aun sin un previo análisis, es requisito imprescindible para ser considerado buen ciudadano. Es temida como un contagio vergonzoso, como una peste negra. En ella se concretan las aversiones y la encarnación de lo peor que le sucede al hombre. Se la tiene como adversaria de la familia, destructiva de los futuros individuales, propiciadora de delitos y demoledora de toda convivencia. Así las cosas, es difícil opinar con sensatez sobre la droga, cuyo sólo nombre ya aterroriza y mancha.