Traficantes y toxicómanos
Con los estupefacientes ocurre lo que con todo lo prohibido: cuando mayores son las restricciones opuestas por la moral o la ley para su circulación, mayores son también los métodos ideados para burlar esos convencionalismos. Estos productos eufóricos, perseguidos con la mayor saña por las autoridades de todo el mundo y por las vastas organizaciones represoras de su tráfico, alcanzan precios verdaderamente fantásticos en el comercio clandestino, porque su adquisición legal no es posible más que por medio de una severa autorización sanitaria. El cuerpo médico de todos los países sabe a lo que se exponen sus individuos cuando firman una receta sin que se pueda justificar su necesidad. Hasta tal punto llegan estas medidas que a cualquier ciudadano le es más fácil que al médico —aunque más costoso también— procurarse la droga que necesita su vicio o exige su negocio.